Las sagas que todos adoran y tú no soportas
¿Cuál es esa película que a todo el mundo le encanta y a ti se te hace un coñazo insufrible? La pregunta, aparentemente inocente, desata una de las discusiones más reveladoras sobre el gusto cinematográfico: la brecha entre lo que la industria vende como obra maestra y lo que un espectador concreto aguanta sentado en la butaca. En el centro del ring, las sagas que dominan la taquilla desde hace décadas:
Star Wars,
James Bond,
Harry Potter y
El Señor de los Anillos.
El arranque del asunto es una declaración sin anestesia: las películas de 007 resultan «un coñazo inaguantable», Harry Potter es cosa de «un niño repelente», Star Wars solo se toleraría por causas de fuerza mayor y El Señor de los Anillos deja «un mareo» al salir del cine. La queja no es de gusto exquisito: es agotamiento ante un producto que se repite, se estira y se vende como experiencia imprescindible.
El Padrino, Tarantino y el cansancio de las obras maestras
La lista de intocables que caen no se queda en la ciencia ficción.
El Padrino aparece señalada como «insoportable a más no poder», y hay quien directamente califica de «basura» cualquier película de Tarantino. La coincidencia es llamativa: no se ataca el entretenimiento palomitero, se ataca el canon. Cuanto más alto está una película en el ranking de la crítica, más ganas hay de bajarla.
El patrón se repite con
Nolan.
Origen se describe como un bodrio de sueños mal resueltos, e
Interstellar recibe el golpe más técnico: un grupo de astronautas que no aguantarían cinco minutos en un ascensor averiado, luchando contra singularidades imposibles a esa escala y con un entrecruzamiento temporal que parece diseñado por un niño que acaba de aprender a leer las agujas de un reloj. La crítica no es al género, es a la pretenciosidad.
Por qué el camino del héroe cansa a partir de los treinta
Hay una respuesta que se repite con retintín: el problema no es la película, es la edad. «Creo que ya me pillaron muy mayor», resume un mensaje que añade a la lista
Pozos de ambición, El Señor de los Anillos y Harry Potter. La estructura del viaje del héroe, esa que funciona desde Gilgamesh, se percibe como un trámite previsible cuando ya has visto demasiadas veces cómo termina.
La defensa del canon también tiene su hueco. Se argumenta que rechazar todas las sagas clásicas equivale a estar muerto por dentro, y se pregunta si el detractor es más de cine iraní. La respuesta implícita es que no: se puede admirar
2001: Una odisea en el espacio —hay quien la considera una de las mejores de la historia y recuerda que Kubrick la rodó en 1968 con efectos que parecen del siglo XXI— y a la vez considerar que Star Wars no le llega ni a la altura de los zapatos.
Musicales, superhéroes y el cine español que nadie defiende
El rechazo se extiende por géneros enteros. Los musicales aburren «soberanamente» a una parte, con
La La Land como ejemplo de película premiada que nunca se llega a ver. Los superhéroes se califican de infumables, con la excepción de los títulos antiguos y algún caso aislado como
Venom o el
Joker de Joaquin Phoenix, salvado por su interpretación. Y el cine español de humor, con sus cómicos habituales, genera un rechazo que va más allá del gusto: «ni gratis por la tele».
La animadversión hacia lo sobrevalorado también alcanza a
Gladiator, descrita como una medianía que se pasa la historia por el forro, con un villano caricaturesco y un protagonista con menos expresividad que una piedra. El único consuelo serían los actores británicos de la vieja escuela. Y en el cine bélico,
1917 y
Dunkerque reciben el calificativo de pestiños.
El club de los poetas muertos y el profesor demasiado molón
Una de las críticas más elaboradas apunta a
El club de los poetas muertos. El argumento es una reducción al absurdo: imaginemos un profesor de Física tan carismático que, con cinco minutos de clase, convierta a una clase entera de tarugos en catedráticos de Física Molecular. Esa película no existe porque no cuela. ¿Por qué entonces se traga la del profesor de literatura que inspira a sus alumnos? La conclusión es que el profesor molón está interpretado por un actor sin atractivo ni gracia.
El desprecio por el relato oficial también tiene su versión histórica.
Casablanca es reivindicada como obra maestra incluso siendo propaganda, no por la historia de amor sino por el retrato de dos hombres que representan el sacrificio y el idealismo revolucionario, con un Bogart nihilista que se come la pantalla. Frente a eso,
Drácula de Tod Browning se queda en el estatus legendario sin merecerlo: lenta, teatral, con actores mediocres y un guion a trozos. Al año siguiente,
Frankenstein de James Whale se la lleva por delante.
La pregunta que nadie responde: ¿es el público o es la película?
La discusión deriva hacia un terreno más incómodo. Se sostiene que las comedias actuales han degenerado y que hace décadas que no hay una que haga reír de verdad, con
Austin Powers como último ejemplo. Se acusa a una parte del público de hipervalorar las películas de gánsteres por falta de respeto, y se defiende que respeto es llamar cretino a un cretino perdiendo los papeles, pero también reconocer a un genio aunque te caiga mal.
La respuesta a esa acusación llega con guasa: menuda soberbia usar plurales como si se conociera a alguien de algo. El intercambio deja claro que el desacuerdo no es solo sobre películas, es sobre quién tiene derecho a decidir qué es una obra maestra. Y ahí, como en el cine, cada uno sale del cine con su propio mareo.