Sandra Bravo: «Los hombres llevan siendo no monógamos toda la vida»
La escritora y comunicadora Sandra Bravo publica su segundo libro,
Si te he amado, no me acuerdo. Cuaderno de vulnerabilidad compartida, donde enlaza su experiencia como mujer bisexual, no monógama y promiscua con un diagnóstico incómodo: romper con la exclusividad sexual no es revolucionario porque los hombres llevan haciéndolo toda la vida. Lo verdaderamente revolucionario, sostiene, es cuidarse en una sociedad que precariza, agota y pluriemplea. La autora, conocida por su comunidad virtual
Hablemos de poliamor y por su primer ensayo
Todo eso que no sé cómo explicarle a mi madre, que va por la quinta edición, ha elegido esta vez una editorial independiente para dar forma a un libro híbrido que mezcla diario íntimo, entrevistas a amigas, tests, relatos y hasta una página en blanco para que la lectora dibuje la parte de su cuerpo que quiera.
Qué propone el libro más allá del poliamor
El eje del volumen no es tanto el modelo relacional como la materialidad de la vida. Un accidente que la dejó un mes sin poder caminar —vive en un quinto sin ascensor— la obligó a comerse con patatas los discursos sobre la interdependencia y a comprobar que necesitaba ayuda para lo más básico. De ahí nace su tesis central: la revolución no está en cuántas parejas tienes, sino en cambiar dinámicas de convivencia, consumo y cuidados. Cita a la filósofa Marina Garcés para recordar que los planteamientos anarquistas y feministas de hace 150 años sobre el amor libre no contaban con dos factores: un malestar social que no decae y un capitalismo emocional que se acentúa.
La autora se desmarca así de la lógica identitaria poliamorosa. «Ya no estoy en una lógica de quién soy, sino de qué necesito», plantea, y traslada el foco a las manifestaciones por salarios y alquileres dignos. Las lógicas LGTBIfóbicas duras, añade, también atentan contra los derechos básicos. El libro recoge el concepto de la «vaina de los cuidados», desarrollado en San Francisco para denominar a grupos de personas con un objetivo común y concreto de cuidados que se organizan con nuevas tecnologías. En su caso, un grupo de Telegram coordinó tareas como comprarle comida, bajarle la basura o hacerle compañía. La versión moderna, dice, de lo que hacían las abuelas en los pueblos.
Las amigas como fuente de conocimiento frente a la academia
La segunda mitad del libro son entrevistas a amigas. Bravo reivindica ese saber popular frente al señor de la universidad de turno que dice cosas porque su título lo avala. Sus amigas aparecen sin apellido y sin detallar a qué se dedican, porque no es la academia quien les da valor. Quería recuperar lo que no hace tanto permitió a las mujeres sobrevivir: contarse la vida, las violencias y las alegrías en el lavadero. Contarnos la vida, sostiene, es un gesto revolucionario.
La recepción: del respeto al escarnio
La reacción al libro y a la entrevista ha sido un campo de batalla. Hay quien defiende que la autora va de frente, sin mentiras, y que tiene derecho a hacer con su vida lo que quiera. En el extremo opuesto, una parte del público la acusa de vender una vida que no es tan excitante como la pinta, de buscar atención cuando el físico ya no le sirve como reclamo o de hacer apología de la promiscuidad. Varios mensajes comparan su discurso con el de los hippies y las feministas de los sesenta, o con la Movida de los ochenta, y sostienen que si hay que insistir tanto en el tema es porque la gente, por instinto, tiende a volver a lo tradicional.
Otra corriente, más incómoda para el relato de la autora, apunta a una contradicción práctica: el amor libre falla a la hora de cubrir necesidades básicas cuando llega una crisis. El accidente que ella misma narra —verse sola y depender de una red de apoyo— es la prueba que esgrimen quienes defienden que la familia y los amigos de siempre siguen siendo el colchón real. Hay quien va más allá y afirma que los modelos tradicionales no hacen aguas, sino la falta de moral que los ha sustituido.
El choque de fondo: materialidad frente a identidad
El libro deja una paradoja sin resolver. Bravo renuncia a la etiqueta poliamorosa para centrarse en las condiciones materiales, pero su promoción sigue girando en torno a la etiqueta sexual. Y el público que la lee se divide entre quienes ven en su propuesta un paso hacia una sociedad más solidaria y quienes la leen como una coartada para justificar una vida que, sospechan, terminará en soledad. La autora lo tiene claro: cuando cuesta sostener la vida, cuesta sostener el resto. Si esa tesis se sostiene o no, es lo que el libro deja abierto.