El voto de quien cobra del Estado, a examen
¿Tiene el mismo peso el voto de quien paga impuestos que el de quien vive de ellos? La pregunta, que suena a provocación de sobremesa, lleva 169 respuestas coleando en un foro de economía y ha derivado en algo más incómodo: la sospecha de que el sistema electoral premia a quien menos aporta. El detonante fue un mensaje que pedía retirar el derecho a voto a «las personas que viven del estado», y a partir de ahí el debate se partió en dos trincheras que no se escuchan.
Quién cobra del Estado y quién lo financia
La primera línea argumental sostiene que existe un conflicto de interés estructural: quien recibe un sueldo público vota, en la práctica, sobre cómo se reparte el dinero que él mismo cobra. Un participante lo resume con una analogía doméstica: es como si un hijo decidiera su propia paga. Otro va más allá y propone que el voto de los perceptores del Estado se pondere a la baja, con un valor inversamente proporcional al porcentaje de ingresos que reciben de las administraciones. El caso extremo sería el 100% de ingresos públicos, cuyo voto valdría cero.
La respuesta más repetida a ese planteamiento es contable: los
funcionarios pagan IRPF e IVA como cualquier hijo de vecino. Un interviniente lo plantea con un ejemplo de caja: si el Estado tiene 200 euros, paga 100 de sueldo y recupera 30 en impuestos, quedan 130; si sube el sueldo a 120 y los impuestos a 50, siguen quedando 130. La conclusión que extrae es que el bruto y el neto son un artificio contable y que lo relevante es el coste neto para las arcas.
El fraude fiscal como contraargumento
Buena parte del hilo gira hacia otro sitio cuando alguien introduce el fraude. El argumento es que los grandes defraudadores —y se apunta a las grandes corporaciones y a tramas vinculadas a hidrocarburos— también votan, y que nadie les cuestiona el derecho. La comparación se extiende a los autónomos que facturan en negro y a los políticos con causas pendientes. La conclusión implícita: si se aplicara el criterio de «quien no aporta limpio, no vota», el censo se quedaría en cuadro.
El sufragio universal y su origen
Aparece entonces el argumento histórico. Se recuerda que en la Atenas clásica solo votaban, a mano alzada y a la vista de todos, los varones que habían cumplido el servicio militar; quedaban fuera mujeres, esclavos, siervos y extranjeros. De ahí se desliza una tesis más amplia: el voto universal tenía sentido cuando la ciudadanía se pagaba con sangre, no cuando se regala. Y una variante economicista: si el sufragio se limita a quienes no dependen del erario, el Estado tiende a adelgazar por sí solo.
Pensiones, ayudas y el efecto dominó
El paso siguiente es ampliar la lista de excluidos: pensionistas, perceptores de ayudas, parados, empleados de contratas públicas. Un mensaje llega a proponer que nadie que haya recibido un solo euro del erario en los últimos diez años vote, y que la regla se aplique en cadena a las empresas que contratan con la administración. La respuesta desde el otro lado es que esa lógica convierte el censo en un club de propietarios y que, llevada al extremo, dejaría sin voto a la mayoría del país.
El gasto público que nadie audita
Hacia el final, el foco se mueve del votante al gasto. Se sostiene que el problema no es quién vota, sino cómo se pierde el dinero: si de 5.000 millones invertidos en infraestructura solo llega a obra el 10%, el debate sobre el voto es una cortina de humo. La réplica es que España tiene la segunda red de alta velocidad del mundo y la mayor red de autovías de Europa, lo que invita a preguntarse si el problema es el gasto o su factura. Y una nota de color: los aeropuertos en mitad de la nada.
Ponderar el voto: de la ocurrencia al problema técnico
La propuesta más sofisticada que aparece es la del voto ponderado: que valga más el de quien crea empleo o cotiza al máximo, y menos el de quien cobra el salario mínimo. El propio autor del planteamiento admite el problema: alguien tendría que fijar los criterios, y ese alguien tendría su propia idea de lo razonable. Ahí se acaba la discusión, como casi siempre, en quién decide.
Al final, la pregunta del titular sigue sin respuesta y con una ironía de propina: si solo votaran los que no cobran del Estado, el censo quedaría tan reducido que el resultado lo decidirían cuatro. Y esos cuatro, probablemente, también cobrarían algo.