España, bicampeona mundial: el triunfo que nadie quiere celebrar del todo
El pasado domingo, un país entero saltó al unísono. El gol que sellaba el segundo título mundial de la historia de España desató la euforia. Pero en las redes, en los bares, en las conversaciones de WhatsApp, el tono era otro: escepticismo, ironía, hartazgo. «Mañana seguirá todo igual de mal», resumía un mensaje que se viralizó. La victoria, para muchos, no fue un éxito colectivo, sino una pieza más del relato oficial.
La cortina de humo perfecta
La coincidencia no pasó desapercibida. En el mismo momento en que la selección levantaba la copa, la economía española seguía atenazada por la inflación y la precariedad. «Es la cortina de humo perfecta que necesitaba Pedro y el PSOE», se repetía en los análisis. El gobierno, según esta corriente, aprovechó el éxito deportivo para desviar la atención de la crisis. La ausencia de la familia real en las imágenes –nunca se enfocó la grada presidencial– añadió leña al fuego: ¿por qué no mostraron a los reyes y a los políticos?
La brecha que no se cierra con un gol
Frente a la alegría, la otra cara. Un mensaje que circulaba con fuerza comparaba la vida de las élites con la del ciudadano medio: «Ellos, 400 mil en el banco. Tú, mañana a las 8 a remar». La desigualdad se coló en la celebración. La sensación de que el fútbol, una vez más, servía para adormecer conciencias, mientras los problemas de fondo –vivienda, trabajo, futuro– seguían sin resolverse. Incluso la rivalidad con Argentina asomó con pullas: «Che, pero cuántas copas tenés?», como si el orgullo nacional se midiera en títulos.
El dato que descoloca es que, pese al triunfo, el país no se sintió unido. La victoria fue real, pero la confianza en las instituciones, no. Y esa es la derrota que ningún marcador refleja.