950 millones por 8 helicópteros: el lote que España compra a EE.UU.
El Departamento de Estado aprobó la venta a España de
ocho helicópteros MH-60R y su paquete de sostenimiento por
950 millones de dólares. La cifra se entiende mejor al leer la letra pequeña del lote: 20 motores T-700-GE-401C, 32 misiles AGM-114R(N) Hellfire, 2 Hellfire II Captive Air Training Missiles, 100 secciones de guiado WGU-59/B APKWS II, 8 sistemas de radio MIDS JTRS y numerosos extras de los que no se indica cantidad.
Veinte motores para ocho aparatos. Dos y medio por helicóptero. Puede parecer una excentricidad contable, pero condensa bastante bien la lógica de estas operaciones.
Qué incluye el paquete de 950 millones de dólares
El núcleo de la compra son ocho aparatos de misión múltiple, la versión naval del H-60 estadounidense, pensados para operar desde las fragatas de la Armada. A su alrededor viaja lo que de verdad sostiene el sistema: motores de repuesto, armamento aire-superficie, munición de entrenamiento, kits de guiado para cohetes y el equipamiento de comunicaciones que permite al helicóptero integrarse en una red táctica.
No todo el desembolso se reparte entre los ocho fuselajes. Buena parte se va en
32 misiles Hellfire, 100 secciones de guiado APKWS II y ocho radios MIDS JTRS, es decir, en el software y la electrónica que convierten un helicóptero en un nodo de la flota. Esa proporción es la que suele quedar fuera de las comparaciones de precio unitario.
Por qué la Armada necesita el MH-60R y no el NH-90
El argumento técnico que más peso tiene en este asunto es la interoperabilidad. El helicóptero embarcado tiene que hablar con los sensores de la fragata y con los de otras fragatas aliadas; si no lo hace, la capacidad antisubmarina del buque se desploma. El sistema de radio MIDS JTRS incluido en el lote apunta exactamente a eso.
Existe una versión naval de guerra antisubmarina del
NH-90, y en la planta de Airbus Helicopters en Albacete se ensambló ese modelo. El problema es el calendario: esa variante naval seguía en desarrollo y con años por delante, mientras los aparatos en servicio acumulaban horas y años. Cuando no hay presupuesto para acelerar un programa propio, el fabricante no corre.
Hay quien describe el NH-90 como un fracaso rotundo y extiende la crítica al Tigre, del que España y Francia acordaron desarrollar una nueva versión, el Tiger MkIII. Frente a esa lectura, otros sostienen que el MH-60R es sencillamente la plataforma que existe hoy para lo que se necesita hoy. La discusión no es técnica. Es de plazos.
¿Se podrán usar los helicópteros si hay conflicto con Marruecos?
El escenario que recorre toda la compra es el sur.
Ceuta y Melilla no forman parte del paraguas de la OTAN; Canarias sí. Una propuesta para incorporar las dos ciudades autónomas a esa cobertura fue rechazada en el Congreso, según un participante en el hilo, lo que deja en el aire la pregunta incómoda: para qué se compra el material y contra quién se podría emplear.
Sobre las restricciones de uso hay dos relatos enfrentados. Uno sostiene que el armamento comprado no lleva condiciones y que la limitación solo existe cuando el material se cede, no cuando se paga. El otro rescata el episodio de Ifni: los cazas Sabre eran cedidos por Estados Unidos y no comprados, y hubo que combatir con material de la Segunda Guerra Mundial.
En medio queda un temor que ningún contrato resuelve: que un sistema de armas identifique como amigo a un tercero con acceso a los mismos códigos que el comprador. No es un dato, es un recelo. Y en defensa, los recelos también cuentan.
El 2% del PIB, el ejemplo turco y la vía de los drones
La crítica de fondo no va contra estos ocho aparatos, sino contra el modelo. Se argumenta que fabricar en casa, aunque salga más caro al principio, acaba repercutiendo en la calidad de las fuerzas armadas, y se cita el caso de Navantia, que ha colocado en el exterior proyectos nacidos de encargos de la Armada. El contraargumento es que el dinero no da para todo.
El cálculo presupuestario que circula es crudo: llegar al
2% del PIB en defensa, otro 2% en investigación, los intereses de la deuda llevándose en torno a un cuarto de los ingresos públicos y un PIB que algunos sitúan hasta un 20% por debajo de lo oficial. De ahí salen las tijeras: según un participante, las F-100 tendrían que haber sido seis y de las F-110 solo se planean cinco.
Turquía aparece una y otra vez como prueba de que no hace falta ser Estados Unidos o Israel para colocar drones y munición guiada en un frente. La conclusión que se extrae es que un dron barato y reemplazable manda al desguace a un carro caro, y que España llega tarde a esa carrera. La puntilla la pone el contraste entre gasto militar y gasto en dependencia energética o de suministros.
El motor que delata la dependencia europea
Aquí llega el detalle que menos se comenta. Según se apunta en el hilo, el T-700-GE-401C del lote español no es un motor exclusivo de este helicóptero: lo comparten el UH-60, el Cobra, el Apache y también los europeos EH-101 y NH-90. Es decir, los programas europeos que se presentan como alternativa al material estadounidense llevan dentro el mismo corazón que aparatos norteamericanos más antiguos.
Y luego está el precio. Circula una comparación, extraída de una ficha de enciclopedia, que sitúa un SH-60 en torno a 40 millones y un Ka-27 ruso en millón y medio. La electrónica, señalan, es el grueso del coste de un helicóptero militar. Esa cifra no explica la compra por sí sola, pero sí explica por qué la discusión nunca termina en el aparato.
Veinte motores para ocho helicópteros. Cien kits de guiado para cohetes y 32 misiles. Lo que se paga no vuela: se conecta, se guía y se mantiene. Y eso no viene en el fuselaje.