El malestar español: cocaína, ansiolíticos y una calle más agresiva
No es solo la economía. El malestar social en España se mide ya en otras unidades: drogas a ritmos de récord, ansiolíticos, agresividad en la calle y una desconfianza creciente hacia el conciudadano. El deterioro, según esta lectura, no aparece en el PIB sino en el ambiente de cada barrio. Y el ambiente, dicen, está degradado.
España en el ranking mundial de consumo de cocaína
La primera prueba que se esgrime es química. Según los datos atribuidos a Naciones Unidas, España registra un
2,2 % de consumo de cocaína y ocupa el quinto puesto mundial. Por delante quedan Albania (2,5 %), Escocia (2,34 %), Estados Unidos (2,3 %) e Inglaterra y País de Gales (2,25 %). Detrás, Australia (2,1 %), Uruguay (1,8 %), Chile (1,73 %), Países Bajos (1,6 %), Irlanda (1,5 %) y Canadá (1,46 %).
La lectura de la tabla no es la del liderazgo —España no encabeza la lista— sino la de la normalización. El consumo aparece fundido con el ocio nocturno, con la vida laboral y con la calle. Hay relatos de sobres abiertos a plena luz del día sin que nadie se inmute, y la duda de fondo es cuánto de esa escena es anécdota y cuánto se ha convertido en paisaje.
¿Por qué se habla de un país medicado?
Porque los psicofármacos se han colado en la rutina doméstica. En la conversación aparecen los ansiolíticos y las benzodiacepinas —los
benzos del argot— como termómetro de una ansiedad que no se trata, se anestesia. La afirmación que circula es contundente:
más de media España estaría medicada. Es una estimación sin fuente verificable, pero el relato que la acompaña describe algo reconocible: consultas desbordadas, recetas fáciles y la pastilla como solución de urgencia.
A eso se suma el alcohol, socialmente aceptado, y la sensación difusa de que el malestar psicológico ha dejado de ser un problema individual para convertirse en un rasgo de época. Sobre el terreno de la
salud mental, conviene recordar que ningún dato de este tipo sustituye a un diagnóstico profesional.
La tesis política: cuarenta años, Europa y la deuda
El salto al terreno político es inmediato. Una corriente del análisis sostiene que el origen está en
cuarenta años de gestión socialista con una alternancia de derecha que considera cobarde, y añade que sin los fondos europeos la factura sería impagable. La respuesta desde el otro lado es que Europa no regala nada: contabiliza lo que aquí se derrocha y convierte ese dinero en dependencia futura.
Anotado queda, viene a decirse, con la vista puesta en las próximas generaciones.
Otra línea, minoritaria y sin datos que la respalden en este contexto, señala a la inmigración como factor del malestar. Se lanza como opinión, no como hallazgo.
La calle: agresividad y salud mental tras la pandemia
El escenario que más se repite es cotidiano y no necesita estadística. Una compra en el supermercado, una bocina, un viandante que responde a gritos. Testimonios de ese tipo sirven para ilustrar la tesis de que el umbral de la paciencia colectiva ha bajado. La explicación más repetida apunta a la pandemia: el encierro, los controles en las calles y la vuelta a la normalidad habrían dejado a una parte de la población con menos tolerancia y más tensión acumulada.
La interpretación psicológica se cruza aquí con la económica. La precariedad, los salarios bajos y el precio de la vivienda alimentan una irritabilidad que no se explica solo por un mal día.
Cuándo empezó el polvorín
La mayoría de las lecturas coinciden en una fecha de arranque:
2008. La crisis financiera, el paro y los recortes posteriores habrían dejado una herida que nunca cerró del todo, y sobre ella se fueron apilando capas: precariedad laboral, encarecimiento de la vivienda y desconfianza hacia las instituciones. La pandemia, años después, funcionó como acelerador más que como causa.
El desacuerdo de fondo
No todos compran el diagnóstico. Frente al cuadro sombrío se alza el argumento de que España figura entre los quince mejores países del mundo en casi todos los rankings y que la negatividad es, en sí misma, parte del problema. La réplica es que la comparación internacional mide medias y no humores, y que un país puede tener buenos indicadores y una convivencia deteriorada al mismo tiempo.
En medio del choque aparece un tema que sí admite números: la baja natalidad. La hipótesis es que una sociedad que ha dejado de creer en el otro no se reproduce, y que a eso se suman condiciones laborales que complican la conciliación.
Con esos mimbres, el análisis se atasca. Nadie discute que exista malestar; el desacuerdo está en si España se está rompiendo o si, simplemente, lleva años quejándose en voz demasiado alta. Queda sin responder la única pregunta que importaría: si esto toca fondo o si el fondo aún está por llegar.