Por qué la España que se vacía ya no se reconoce a sí misma
¿Se muere España? La pregunta no se responde con un censo. Se responde en el local de referencia de un pueblo de 3.000 habitantes donde, una tarde cualquiera, hay cuatro madres de origen latinoamericano y una española, y los niños juegan juntos mientras los adultos hacen cuentas sobre lo que ya no vuelve.
El malestar demográfico no es una estadística: es una suma de escenas cotidianas. En aulas de municipios que hace una década perdían alumnos hoy se incorporan niños venezolanos, argentinos y ucranianos. Esa mezcla se vive como normalidad por unos y como pérdida irreversible por otros. El país cambia de acento y la conversación pública no ha encontrado un lenguaje que no sea la queja o el silencio.
El alquiler que explica media discusión
Hay una cifra que ordena el resto. En Viveiro, señalado como uno de los municipios más caros de
Galicia, se habla de habitaciones que no bajan de 1.000 euros. Cuando el suelo de la vivienda compartida se sitúa en esos niveles, cualquier llegada nueva deja de ser solo un asunto cultural y se convierte en una cuestión de nóminas: quién puede pagar, con qué salario y en qué condiciones. La pregunta que se repite —«y esto, ¿quién lo paga? usted, señora»— no distingue nacionalidades. Distingue sueldos.
Después está el marco. Se argumenta que lo que ocurre aquí ocurre también en Francia, en Reino Unido o en Alemania, y que España no sería una excepción sino una versión más acelerada de un fenómeno común. La objeción es razonable: en municipios pequeños la velocidad del cambio no admite comparación y la política sólo ofrece consignas. Entre esas dos posiciones, la única certeza es que la demografía no va a esperar a que alguien se aclare.
España se muere, dicen. Lleva muriéndose desde que alguien descubrió que el futuro era un buen titular. Y los titulares no pagan alquileres.