Lágrimas de cuernos: el negocio de la humillación viral
Una mujer española llora en un vídeo porque su marido la engañó. El vídeo se hace viral. Las críticas no tardan: tatuajes, piercings, aspecto físico. La historia no es nueva: cuando una mujer expone su dolor en redes, el linchamiento es automático. Pero hay un trasfondo económico que suele pasar desapercibido.
La economía de la atención premia el drama. Cuanto más cruda la humillación, más clics. Los perfiles que suben estos vídeos suelen monetizar después con publicidad, colaboraciones o cuentas en plataformas de contenido adulto. No es casualidad que el formato “llorando por infidelidad” se haya convertido en un subgénero recurrente.
Las reacciones, sin embargo, revelan una doble vara de medir. Cuando es el hombre el engañado, la compasión es menor o inexistente. Se argumenta que nadie se solidariza con él. El debate sobre la desigualdad en el trato a las víctimas de infidelidad según el género tiene también un ángulo económico: la capacidad de convertir el dolor en ingresos.