La Alhóndiga de Bilbao y el pulso por la identidad vasca
«Ir a la Alhóndiga es teletransportarse a Marruecos. Ya no es San Francisco ni Zabalburu. Se oye más árabe que español», resumía el mensaje que abrió el hilo. La frase resume un malestar que en Euskadi ya no se susurra. Lo que nació como una queja de barrio ha terminado en un pulso con tres frentes: la seguridad, la lengua y el destino del dinero público.
Qué se ve en la Alhóndiga y en el entorno de San Francisco
El área de la Alhóndiga y la calle San Francisco, en pleno centro de Bilbao, acumulan buena parte de los testimonios. Se describe como una zona
muy cosmopolita y se añade que el fenómeno se extiende a Indautxu, donde se citan viviendas de
600.000 euros. Otros relatos salen del casco urbano: según un forero, en Otxandiano, un pueblo del interior de Vizcaya, había mujeres con velo en la plaza y un padre jugando al críquet en el frontón. Hay también quien menciona el paso por San Francisco durante el Camino de Santiago.
La respuesta más templada no niega el cambio, pero le quita excepcionalidad. La Alhóndiga
siempre ha sido una zona regular, y lo llamativo, dicen, es que el mismo paisaje aparece ya en plazas acomodadas de Bilbao. La discusión se desplaza así del asombro a la
demografía.
¿Se está dejando de hablar euskera en la sanidad vasca?
El relato más detallado no es sobre el idioma de la calle, sino sobre el de las consultas. Un participante sostiene que, entre médicos, especialistas, enfermeras y auxiliares, solo escuchó hablar en euskera a una persona; el resto era, dice, una antología de acentos del español de ultramar. De ahí salta una tesis más dura, que sostiene otro participante: al PNV la lengua le importaría cada vez menos y su verdadera prioridad sería conservar cuota de poder en un territorio de unos
dos millones de habitantes.
Frente a eso se alza un argumento distinto. La barrera lingüística es una herramienta de criba administrativa, y también de cohesión interna, que sostiene el sistema. Si se diluye, se diluye la ventaja. La pregunta de fondo es incómoda: si el euskera dejara de discriminar, ¿qué quedaría del hecho diferencial?
Los datos que sostienen la alarma: asilo, natalidad y ayudas
Las cifras han entrado tarde, pero han entrado. Euskadi alcanzó su récord de solicitudes de asilo tras dispararse un
50% en apenas un año. Hay quien sostiene que en septiembre Álava registró un
41% de nacimientos de madre extranjera, el dato que más se repite para hablar de cambio estructural. Y la Policía Nacional detuvo a dos ciudadanos argelinos acusados de cobrar
140.281 euros en ayudas vascas —RGI, IMV y vivienda— mientras residían en Francia desde 2014. Es la cifra que más indignación genera, porque toca el bolsillo.
A eso se suma el frente de la seguridad. El aumento de delitos llevó al Ayuntamiento de Donostia a reunir con urgencia a policías, jueces y fiscales para abordar los focos de inseguridad y la multirreincidencia. Y hay titulares que funcionan como eslóganes: familias de Algorta que reconocen querer marcharse por miedo.
La respuesta política: «vascos de nueva generación»
El plano institucional ha subido el tono. El PNV ha llamado a dar «cobertura y espacio vital» a los migrantes porque serán «vascos de nueva generación», mientras un portavoz del partido bromeaba con que no sabe si su sucesor se apellidará Aguirregomezcorta o Hasán. Solo VOX ha alertado del peligro de islamización, en un eje que se ha convertido en marca propia. En el otro extremo del recuerdo, la frase atribuida a Xabier Arzalluz sobre preferir a un migrante aprendiendo euskera antes que a un español sigue funcionando como gasolina cada vez que alguien la rescata.
La acusación más repetida no va contra los recién llegados, sino contra quien gobierna: se sostiene que las élites vascas habrían destruido su propio pueblo igual que las españolas destruyeron el suyo.
El contraargumento: Bilbao funciona
No todo el mundo firma el diagnóstico. Hay relatos que defienden Bilbao como ciudad habitable y bien pagada: una hija que trabaja allí y no piensa volver, veraneantes sorprendidos en Donosti, contratos que compensan la lluvia. La contraoferta es tajante: Bilbao sería un lugar del que huye quien puede permitírselo, y la prueba estaría en los precios de Indautxu, más propios de una ciudad que se encarece que de una que se hunde.
Dos relatos, un mismo territorio. Ninguno cede.
La discusión empezó preguntando si Bilbao está perdida. El acuerdo no llega ni sobre qué significa perderse: si es dejar de oír euskera en la consulta, si es pagar 140.281 euros de ayudas desde el otro lado de la frontera o si es ver desaparecer la ciudad que uno creía recordar. El único punto incontestado es el más simple: el paisaje humano del centro de Bilbao ha cambiado.