Aznar y el 11M: dos décadas sin rectificar la autoría de ETA
Veinte años después de los atentados del 11M, la exigencia de una rectificación pública a José María Aznar sigue sin respuesta. La tesis que sostuvo su gobierno —que ETA estaba detrás de la masacre— nunca fue corregida por el expresidente, y esa negativa a reconocer el error se ha convertido en el eje de un agravio que atraviesa legislaturas. El dato es tozudo: ni una sola disculpa. Ni un solo «me equivoqué». Solo silencio, mientras el relato oficial se desmoronaba en los tribunales y en las hemerotecas.
La mentira que sostuvo un gobierno durante tres días
Entre el 11 y el 13 de marzo de 2004, el Ejecutivo del PP atribuyó los atentados a ETA de forma insistente. La presión sobre los medios y la opinión pública fue tal que, según se recuerda en el análisis posterior,
hasta el lendakari de entonces lo dijo aquella mañana. El problema no fue solo la hipótesis, sino la obstinación: cuando las evidencias apuntaban a otra dirección, el Gobierno siguió aferrado a la versión etarra. Esa terquedad, sostienen quienes han estudiado el caso, fue el detonante del vuelco electoral del 14M.
La pregunta que sobrevuela dos décadas después no es qué pasó —los tribunales concluyeron que fue el yihadismo—, sino por qué nadie ha asumido la responsabilidad política de haber mentido.
La desaparición de muestras de explosivos durante la investigación, denunciada por el autor de
La cuarta trama, añade un capítulo de opacidad que nunca se cerró. Los TEDAX recogieron muestras minuciosamente; casi todas se esfumaron. ¿Error o estrategia? La fiscal del caso llegó a decir que daba igual el explosivo utilizado, una frase que aún resuena.
¿Por qué se sigue pidiendo perdón a Aznar y no a Zapatero?
La exigencia de disculpas no es simétrica. Mientras una parte del arco mediático reclama a Aznar que reconozca que ETA no fue la autora, otra corriente exige lo mismo a José Luis Rodríguez Zapatero por haber ganado unas elecciones que, según esta tesis, se basaron en la mentira contraria: la de que fueron los islamistas.
El intercambio de acusaciones ha convertido el 11M en un campo de batalla donde cada bando tiene su propia versión de los hechos y su propio culpable.
El argumento más repetido es que Zapatero nunca pidió perdón por haber capitalizado electoralmente la tragedia. Quienes defienden esta postura citan la reivindicación de Al Qaeda, que llegó tres años después y dirigida a Estados Unidos, no a España. Para los críticos, esa reivindicación fue una prueba plantada. Para los defensores de la versión oficial, la autoría yihadista está fuera de duda. En medio,
200 muertos y una pregunta incómoda: ¿alguien ha pagado políticamente por las mentiras?
El legado del 11M: de la masacre al negocio editorial
Dos décadas después, el 11M ha generado una industria propia. Libros, documentales, programas de televisión y plataformas de verificación han convertido la tragedia en un producto.
Mr Calzoncillos y Lady Abanderada —así se refieren en el debate a dos conocidos periodistas— tienen hoy programas, cadenas y una agencia globalizadora de opiniones. La paradoja es que quienes construyeron su carrera sobre el relato del 11M siguen cobrando por contarlo, mientras los muertos no tienen quien les pida perdón.
La conversación deriva hacia el desgaste del propio espacio de discusión.
El foro se va a pique, se lamenta un participante, mientras otro responde que el problema no es el foro, sino la política.
La polarización ha hecho que cualquier hilo sobre el 11M acabe en insultos y descalificaciones. Los moderadores tienen trabajo extra. Los lectores, indigestión.
¿Qué pasó realmente en el 11M? Las teorías que nunca mueren
La teoría de la conspiración sigue viva. Hay quien sostiene que
Marruecos y Francia estuvieron detrás, en la línea de lo que ha defendido el excomisario Villarejo. Otros apuntan a la CIA y a sociedades secretas como Skull and Bones. Ninguna de estas hipótesis ha sido respaldada por pruebas judiciales, pero eso no impide que circulen con profusión. La desinformación, en este caso, no es un fenómeno nuevo: lleva dos décadas alimentándose de la falta de transparencia.
El resultado es un país dividido entre quienes creen que la verdad oficial es una mentira más y quienes consideran que dudar de ella es reescribir la historia.
La justicia nunca cerró todas las incógnitas, y ese vacío lo han ocupado las teorías más dispares. Desde el papel de los servicios secretos hasta la destrucción de pruebas, cada cabo suelto se ha convertido en una novela.
Con estos mimbres, es previsible que el 11M siga dando titulares otros veinte años. La diferencia es que, para entonces, los protagonistas ya no estarán. Y las disculpas, si alguna vez llegan, sonarán a epitafio.