EEUU bombardea las instalaciones nucleares de Irán con 14 bombas GBU-57
El ataque se dirigió contra tres enclaves vinculados al programa nuclear iraní: Natanz, Fordow y un tercero que el material no detalla. No eran centrales de generación eléctrica, sino
plantas de enriquecimiento de uranio, con centrifugadoras y equipos de experimentación. La distinción importa: una central produce electricidad; una planta de enriquecimiento produce material fisible. El matiz separa el sabotaje industrial del escenario radiológico.
Qué se bombardeó exactamente en Fordow y Natanz
En Fordow las instalaciones estaban excavadas a
80-90 metros de profundidad en roca sólida, según el desglose técnico que circula. Sobre ese objetivo se lanzaron
12 bombas GBU-57, con capacidad de penetración declarada de 91 metros. En Natanz cayeron 2 más. El coste de cada una de esas bombas es una de las cifras que el material maneja sin cerrar del todo.
El cálculo de lo destruido tampoco es pacífico. Una estimación sostiene que las instalaciones absorbieron
20 años de construcción y entre 2.000 y 3.000 millones de dólares en coste directo e indirecto, más que el PIB anual de España. Otra lectura rebaja el daño: si los edificios cuelgan de una montaña con cientos de metros de granito encima, lo alcanzable son las entradas y poco más. El precedente que se cita es el de la superbomba lanzada en Afganistán, que acabó en las puertas.
¿Estaban vacías las instalaciones antes del ataque?
Irán sostiene que el material crítico se había retirado. La respuesta lógica que se plantea es incómoda: si Estados Unidos mantiene una constelación de satélites militares capaces de leer matrículas,
una mudanza de cientos de camiones no pasa desapercibida. O no había nada que sacar, o había y no se quiso impedir. Las dos hipótesis dejan mal a alguien.
El cierre del Golfo Pérsico y el precio del crudo
La reacción iraní se tradujo en una andanada de misiles balísticos hacia Tel Aviv y Haifa, con las alarmas activadas en el centro y el norte de Israel y las defensas antiaéreas trabajando sin garantía de éxito. En paralelo,
cincuenta petroleros de distintas banderas intentaban salir del Golfo Pérsico a toda máquina. Con un solo buque hundido en el estrecho de Ormuz, la circulación marítima quedaría cortada durante meses. Ahí está el verdadero precio de esta operación, y no lo paga ninguna de las partes que se disparan.
Quién decide y quién paga la factura
El eje del desacuerdo no es militar, es de soberanía. Una corriente sostiene que Estados Unidos actúa sin respetar la legalidad internacional y que nadie puede impedírselo: ni Rusia, ni la ONU, ni los organismos que emitieron condenas. La otra responde con un argumento de doble rasero: si bombardear plantas de enriquecimiento es legítimo, también lo sería hacerlo en los países que ya tienen la bomba. Y una tercera línea, más incómoda, apunta a que el interés español no está en el Golfo sino en el flanco sur: la proliferación descontrolada convierte cada vecindario en una ruleta.
El precedente que nadie quiere citar
La comparación que recorre el análisis es la de Almaraz, Ascó y Cofrentes. Si el criterio es válido para Irán, es válido para cualquiera. Ese es el problema de fondo:
no existe una autoridad superior que dicte qué está permitido, solo bandos midiéndose. Y cuando el criterio es la fuerza, el criterio cambia con quien la tenga.
El asunto queda exactamente donde estaba: Irán prometió represalias, Israel activó defensas, los petroleros siguen intentando salir y nadie ha explicado todavía qué había dentro de Fordow cuando entraron las bombas.