La IA no barrerá los oficios manuales, pero sí los cuellos blancos
Un electricista de barrio, un peluquero, un conductor de autobús. Ese es el empleo que sobrevive al vendaval de los modelos de lenguaje, según la tesis que abre la discusión: la
inteligencia artificial solo se llevará por delante empleos administrativos, contables e informáticos. El resto, la economía de los garbanzos y la calefacción, sigue igual. La primera grieta aparece ahí mismo: si el conocimiento y el trabajo intelectual mandan en la economía real, automatizar esa capa no es un detalle menor.
Qué empleos desaparecen y cuáles aguantan
El punto de partida es que la IA afectará a ciertos empleos del sector servicios, principalmente administrativos, contables e informáticos. Jardineros, albañiles, pintores, peluqueros, electricistas, enfermeros, conductores de autobús y barrenderos seguirían siendo necesarios. La discusión se encona cuando alguien responde que los diseñadores gráficos han sido casi barridos y que los que quedan ganan la mitad, y que la profesión de copywriter ha desaparecido.
Hay quien sostiene que la economía real no se basa en oficios de base, sino que el conocimiento y los trabajos de tipo intelectual mandan. El lenguaje, se argumenta, es la gran herramienta humana, el origen de todo, lo que ha permitido crear un modelo del mundo y manipularlo. Si eso se automatiza, aunque sea en parte, el golpe es mayor de lo que sugiere la lista de oficios manuales.
En el lado contrario pesa un argumento material: la
ley de Moore está muerta. Los avances en software no pueden seguir sin avances en hardware, y estamos ante un estancamiento tecnológico, no ante el auge de la superinteligencia. La IA progresa, pero no va de la mano de avances equivalentes en robótica, fuentes de energía o baterías. Se podrán doblar vídeos, hacer animación con menos gente o programar con instrucciones verbales, pero seguiremos dependiendo de la agricultura y los fertilizantes para comer.
El programador que se convierte en supervisor de código generado
El cálculo más repetido es el del entorno de desarrollo asistido por IA: se selecciona el tipo de aplicación y la base de datos, se describe brevemente el programa y el IDE lo genera. Si resulta más seguro, rápido y eficiente, se impone. Donde antes trabajaban
10 programadores, ahora trabajan 2. La conclusión que se extrae es doble: aprender un oficio o meterse a la pública.
La programación se movería al no code, y el perfil del programador pasaría a ser el de un informático reconvertido en supervisor, o directamente el de alguien con conocimientos en otro campo. La mayoría competiría por supervisar y hacer collage de código hecho con IA, con el añadido de que es un trabajo deslocalizable y sin barreras de idioma. El diseño gráfico, se insiste, es el precedente: siempre hará falta un diseñador, pero cada vez a más cuenco de arroz salvo estrellas y enchufados.
La burbuja: Graphcore y el nuevo grafeno
No todo el mundo compra el relato. Se recuerda que
Graphcore, especializada en chips de IA y llamada a revolucionar el mercado, está en quiebra, y se sostiene que la burbuja ha empezado a estallar. Otra comparación que circula: es el nuevo grafeno. Mucha promesa, mucha inversión y aplicaciones prácticas que no terminan de llegar al ritmo que se prometió.
El balance de lo más reciente se lee con escepticismo. Las dos aplicaciones más destacadas estarían censuradas hasta las trancas y no servirían para gran cosa, y todo lo demás —image to video, text to video, text to audio— serían gimmicks inservibles que ningún profesional usa en su estado actual. La contrarréplica es que el despliegue real va por otro camino: mil empresas de software en la nube usando la IA para tareas concretas con ahorro brutal de tiempo, no un prompt que resuelve la vida.
Oficina pública, oficina privada y el trabajo que no se automatiza
La discusión deriva hacia el empleo administrativo real. En una multinacional de retail, se cuenta, cada vez hay más personal de oficina y menos personal de tienda, y el que queda asume una carga de trabajo brutal. La informática debería haber automatizado procesos de gestión, pero la percepción es la contraria: más puestos de oficina, algunos dedicados a tareas difíciles de justificar, y funciones desdobladas que antes hacía una sola persona.
El pronóstico que se maneja es que, cuando una oficina de retail invierta en IA, la mayoría de esos puestos se irán al paro. La inercia del caos administrativo retrasa la implantación, pero en cuanto uno lo haga y obtenga ventaja, los demás seguirán. La distinción entre sector público y privado recorre todo el análisis: los cuellos blancos de la privada son los expuestos; los de la pública, se afirma, son intocables.
El dato que descoloca
La conversación no se cierra. Unos ven una revolución de alcance histórico y otros, un negocio inflado con aplicaciones que aún no sostienen el hype. Lo que nadie discute es el punto de partida: la IA no va a sustituir al electricista que te arregla el cuadro de la luz. La duda es cuántos trabajos de oficina aguantan hasta que alguien conecte la IA al programa de contabilidad, a la gestión de pedidos y al correo electrónico.