Alerta de desplome: el IBEX podría perder los 7.500 puntos
La bolsa española iba a desplomarse. El pronóstico se lanzó a finales de julio de 2013 y se mantuvo durante días con un argumento incómodo: las divergencias bajistas son pronunciadas, los índices suben igualmente, y cuando llegue la corrección será «muy fuerte». Faltaba el detalle que lo cambia todo. Ni quien lo firmaba sabía cuándo.
Porque la previsión nunca habló de un solo día de pánico. Hablaba de un goteo: caídas superiores al
2% en el IBEX y el Nasdaq que se irían acumulando, no un batacazo de una sesión. El nivel de referencia era explícito. El IBEX perdería los
7.500 puntos «seguro», con la posibilidad de romper ese suelo y seguir bajando. Y junto a la renta variable, según el mismo análisis, tenían que caer también los metales preciosos. Ahí empezó la grieta.
¿Hasta dónde puede caer el IBEX?
El escenario más afinado que puso sobre la mesa otro participante situaba un primer toque en los
8.550 puntos y, desde ahí, una caída hasta los
7.250 para mediados de septiembre, en cualquier caso antes de las elecciones alemanas. La condición era tan honesta como inútil: todo valía salvo que los responsables de los bancos centrales la liaran hablando de más. Y eso, admitía su autor, difícilmente se puede predecir.
El optimismo tenía sus razones. Los datos de desempleo y las cifras de nóminas estadounidenses que llegaban esos días, según un participante, no apuntaban a ninguna sorpresa capaz de descalabrar los mercados, y quien acumulaba entre el
5% y el
7% de rentabilidad en el mercado americano ese mes no encontraba motivo para salir corriendo.
Si se hunden las bolsas, ¿tiene que caer la plata?
No hay consenso. El pronóstico unía dos ideas que a mucha gente le chirriaban: desplome bursátil y metales preciosos cayendo a la vez. El razonamiento contrario es intuitivo. Si los mercados se desangran, parte de ese dinero busca refugio en el oro y la plata, así que la caída simultánea de ambos resulta contradictoria. La respuesta no convenció a todos: los metales caerían primero y luego llegaría la compra.
Ahí apareció la primera precisión práctica. Plata
física, no papel. La distinción no es menor: el mercado de papel permite posiciones que multiplican la exposición sin que exista metal detrás de cada contrato.
Qué pasa en el COMEX con el papel plata
El argumento que circulaba era demoledor sobre el papel y frágil en la verificación. Se negocian cantidades ingentes de contratos que no se podrían honrar, porque no hay subyacente suficiente para hacer frente a todas las entregas. Se atribuía a un gran banco estadounidense en torno al
80% del interés corto en el futuro de la plata, es decir, la mayor parte de las apuestas a que el precio caiga concentradas en una sola entidad. Y se recordaba que algunas entidades y fondos cotizados ya no permiten a sus clientes obtener oro físico y liquidan solo por diferencias.
Son afirmaciones que se daban por buenas sin contraste independiente. La conclusión práctica, en cambio, era sencilla: si se quiere metal, que sea metal.
Del IBEX al mercado continuo: por qué Campofrio se salvaría
La recomendación concreta era comprar Campofrio por debajo de
5,25 euros, con subida inmediata hasta los
5,50. Y venía con una explicación que descolocó a más de uno: las compañías recomendadas no pertenecen al IBEX, cotizan en el mercado continuo, así que una corrección del índice no tendría por qué afectarles.
La objeción es razonable. Las 35 empresas del IBEX cotizan en el mercado continuo; el índice es solo una selección. Cuando el índice cae con fuerza, la mayoría de sus componentes cae con él, aunque no todas. En la corrección de julio de 2012 hubo valores que siguieron su camino con normalidad mientras se golpeaba a bancos y constructoras. Hay además una distorsión estructural: cinco compañías pesan muchísimo más que el resto, de modo que dos bancos cediendo un
2% arrastran el índice aunque las demás suban.
El estudio de los barrenderos que batió a los catedráticos
Según se relató en el hilo, a principios de los 90 se hizo un experimento curioso. A un lado, catedráticos de Economía de una universidad española de prestigio; al otro, barrenderos. La pregunta era la misma para todos: ¿la bolsa española subiría o bajaría ese año? Acertaron los barrenderos.
La anécdota sirvió para discutir por qué. La explicación más socorrida es el azar: en competiciones parecidas entre gestores y monos, han ganado los monos. La más sugerente es que el barrendero lee el consumo mejor que un modelo econométrico, porque si en Navidad aumenta la basura de envoltorios alguien tiene expectativas. Ninguna de las dos explica por qué los intermediarios se llevaron la pasta igual.
El 'tapering' que nadie se paró a definir
En medio de todo esto apareció una palabra que se repetía sin que muchos supieran qué significaba: el
taper, el tapering. Se intuía que tenía que ver con un descanso en las compras de deuda de la Reserva Federal, pero nadie se detuvo a explicarlo.
Al cierre de la jornada el IBEX recuperó terreno, y la previsión se tambaleó. Quien la había lanzado lo admitió sin dramatizar: hay bastantes posibilidades de fallar y de que la caída no se produzca. Se marchaba de vacaciones con el mismo diagnóstico bajo el brazo —divergencias bajistas muy pronunciadas, índices que siguen subiendo— y una frase que resume el problema: cuando se produzca la caída será muy fuerte, pero a saber cuándo. Si acierta, el IBEX busca los 7.500. Si no, quedará otra vez eso de
«escrito queda».