Estamos ante un nuevo 1929?

Traigo un vídeo a colación del tema del hilo;


Resumen: Aquí hay un lliutuver explicando la tesis de Burry de que el SP500 habrá de bajar en un 77%, citando los paralelismos con 1929. La explicación principal que da es una supuesta burbuja de inversión pasiva, que estallaría debido a la gran jubilación de los boomers, (pasan de ahorradores netos a desahorradores fuertes). Asimismo, afirma que si el desempleo usano llega a aprox. el 5,5%, también estallaría dicha burbuja, al pasar a ser desahorradores netos el conjunto de trabajadores.

Mi opinión al respecto: vídeo muy interesante. Igualmente pienso que la "impresora" va a pesar más que todo eso, y que por tanto falta mucho para un crash de envergadura.
 
Traigo un vídeo a colación del tema del hilo;


Resumen: Aquí hay un lliutuver explicando la tesis de Burry de que el SP500 habrá de bajar en un 77%, citando los paralelismos con 1929. La explicación principal que da es una supuesta burbuja de inversión pasiva, que estallaría debido a la gran jubilación de los boomers, (pasan de ahorradores netos a desahorradores fuertes). Asimismo, afirma que si el desempleo usano llega a aprox. el 5,5%, también estallaría dicha burbuja, al pasar a ser desahorradores netos el conjunto de trabajadores.

Mi opinión al respecto: vídeo muy interesante. Igualmente pienso que la "impresora" va a pesar más que todo eso, y que por tanto falta mucho para un crash de envergadura.
Y sin supuesta.
 
A mi me da hace tiempo que lo tienen previsto para 2030, falta que lo expliquen con cartelitos. Bueno, en realidad no falta.

Y la del 29 fue muy apropiada para machacar a la población y ponerse a preparar el despliegue de la WW2. Puede pasar perfectamente algo análogo teniendo en cuenta como pueden ser las guerras ahora. No declaradas, muy automáticas, tropa muy desechable que casi no pinta nada, no desescalan pronto y se dejan ahí hasta que no les hacen caso ni los mass media.
 
Todo es muy diferente a 1.929.
Ahora no hay donde huir, a nadie le interesa que pint. Solo eso ya mantiene el globo hinchado. La deuda es global, el dolar es global, el embolado es global. Solo cabe imprimir y rezar.

Coando les parezca oportuno, recogeran carrete y provocaran una caida para embuchacar ganancias y socializar pérdidas.

Pero esto no cae por que no tiene para donde caer.
Por su puesto que caera, unos ganaran y otros palmaran guita, potencias en ascenso y potencias en declive, en 1929 nada de esto ocurria.
 
Jorobar , pensaba que hablabas del 31 , cuando los republicanos masacraron a la población con un pucherazo , los milicianos de la CNT entrando en los colegios electorales y a punta de fusil exigiendo las papeletas y las urnas para imponer la más absoluta anarkia.
Y el Indalecio prieto a punta de pistola en el congreso y Largo Caballero llevándose el oro...A QUIEN ME RECUERDA ESO DE TANTO ORO????
No se olvide del "aspirino" Zain.
 
¿Y respecto a la frase final del forero?:
Yo creo que la gente asume que un "crash" va a afectar a todo lo que ellos quieran, y por la cantidad que ellos quieran.

Obviamente crash va a haber, porque esta implantado en la mecánica actual del dinero. Es parte del ciclo económico. Pero ni yo ni nadie podemos saber exáctamente cuando, mucho menos como.

Personalmente sigo en mis trece: La fiesta debería empezar en la horquilla verano 2026 - finales del 2027. Primero tendremos máxima locura hacia arriba, seguida de un hostión "inesperado por causas que no se saben" hacia abajo (las comillas las pongo para mostrar ironía). Aunque la caida tambien puede ser poco a poco, osea, perder un 40% del SP500 en 12 meses.

Esto no me lo saco de la chorba. Son datos ya publicados en 2020.

Lo bueno es que en esa máxima locura te puedes forrar como nunca, acumular un pastón, y luego lanzarlo a las que caigan mas tarde. Esa fue exáctamente mi estrategia en 2020: Puse órdenes de venta desde Septiembre hasta Noviembre del 2019, me senté a esperar, saltó todo en 2020, y allí compré todas las empresas "básicas" que sabía que no se iban a ninguna parte (fabricantes de aviones como Airbus, Telecomunicaciones como Deutsche Telekom, Farmacéuticas clásicas como GSK, Infraestructuras como National Grid, empresas de soporte de redes como Cisco, industriales como Norsk Hydro...). El 100% de esas (que aún mantengo en cartera) me han hecho mas de un +100%, y todas me han dado dividendos.

¿Que podría haber ganado infinítamente mas de haber "acertado" que las siguientes mejores iban a ser Nvidia, Meta, y nosequé? SI. ¿Que de no haber acertado me habría comido toda mi inversión? También. Así que la pregunta es,

¿Qué opción prefieres?
A) "Una manola en mano": Comprar 10-20 empresas buenas, cojinudas, imprescindibles, garantizarte mínimo 100% revalorización, y sin tener que vender nada, todos los años mínimo 4% neto tras pagar impuestos en dividendos. Y si por desgracia tienes que vender algo pues has doblado tu inversión y los dividendos no te los quita nadie.

B) "Ciento volando": Comprar las empresas que hagan mas ruido. "Ojalá" aciertes. Si aciertas harás un +1000%, pero luego tienes que vender porque casi ninguna da dividendos, y encima como la enjuagues...lo pierdes todo.

Pues llámame simple pero yo me quedo con "A".
 
En los años 20 la bolsa estaba totalmente separada de las empresas. La gente compraba acciones de empresas con prestamos porque las acciones "siempre suben", sin importar si la empresa ganaba dinero o no.
Y eso subido a que parte de la subida es por la devaluación de los papeles de colores que imprimen en cantidades industriales.
 
Por su puesto que caera, unos ganaran y otros palmaran guita, potencias en ascenso y potencias en declive, en 1929 nada de esto ocurria.
A mi me parece la USA emergente de entonces completamente paralela a la China emergente de principios del siglo XXI. O pensais que en China se lo han pasado bien haciendo eléctronica barata en 996. No creo que poner pernos en Boeing o Pittsburg fuera tampoco la caña.
 
En los años 20 la bolsa estaba totalmente separada de las empresas. La gente compraba acciones de empresas con prestamos porque las acciones "siempre suben", sin importar si la empresa ganaba dinero o no.
Y eso subido a que parte de la subida es por la devaluación de los papeles de colores que imprimen en cantidades industriales.

en el 1929 la costumbre era comprar a credito, el 90% aportando solo el 10% del precio. Porque se suponia que la bolsa nunca bajaba.


Esa ultima frase me suena muy familiar, de cuando la gente compraba pisos aportando solo el 10% del valor del piso y resto con un prestamo (o ni eso si quiera).
 
Un signo de que estamos en el final de la burbuja, será el optimismo desatado de los mass media con noticias de tipo: todo es maravilloso, ábrete una cuenta de valores y hazte rico, hemos llegado a un virtuosismo bursátil, ...
Mezclado con noticias irreales en torno a la IA, como las compañías española que a principios del 2000 querían instalar internet en los ascensores, o edificar en un páramo en medio de la nada en 2007.

Ellos nos lo van a decir, es como tener un barómetro del revés.
 
Cuantos más influncers y vídeos de YouTube pronosticando un crash más seguro estoy que aún no va a pasar.
Bueno llevamos así desde 2020 post covic y aún parece no llegar el catacroc. Da verdadero miedo ver las gráficas de bolsa ahora mismo, no tiene puro sentido lo que estamos viviendo.
 
En plan superfácil hay teorías económicas, así con cuenta fuerte, que hablan de ciclos económicos de unos 10-11 años. El catacroc de 2020 principios fue obvio, sumas, y en 2030 queda super redondo, y super elegante como que ya se venía avisando. Supongo que habrá otras subtracas anteriores, igual lo de la IA, y en 2030 una mas épica. Un dinero fiat obsoleto a paseo, un golpe al tecnofeudalismo, irónicas guerras raras que ni estará permitido llamar guerras... cosas así.
 
Tienes a toda la poblacion con un movil en la mano y a un click de meter sus ahorros en cualquier momento en un chicharro y hacer un x2 en dos o tres dias. Todas las bajadas son compradas. Creo que imperara alta volatilidad durante años, con bajadas y subidas proporcionadas pero nada escandaloso. Porque... cual es la alternativa? los billetitos de colorines del monopoly? Jej.
 
En los años 20 la bolsa estaba totalmente separada de las empresas. La gente compraba acciones de empresas con prestamos porque las acciones "siempre suben", sin importar si la empresa ganaba dinero o no.
Y eso subido a que parte de la subida es por la devaluación de los papeles de colores que imprimen en cantidades industriales.

He leído el artículo de Groucho sobre el 29, a ver si lo pego después, creo recordar que el compraba a préstamo del 25% yo lo he hecho últimamente al 33% (3X) y todavía tenía margen para apalancarme algo más por un precio irrisorio, así que no veo que haya tanta diferencia.

Ahora ya estoy a 1X, es decir, sin apalancamiento y he ido recortando en acciones como Micron, de tal manera que tendría que bajar más de un 80% para tener pérdidas .

Poco a poco voy disminuyendo el riesgo, y aún así sigo ganando (ayer, hoy en rojo, pero menos). Solo digo como el policía viejo de Hill Street blues: "Tengan cuidado ahí afuera"

 
«…Muy pronto un negocio mucho más atractivo que el teatral atrajo mi atención y la del país. Era un asuntillo llamado mercado de valores. Lo conocí por primera vez hacia 1926. Constituyó una sorpresa muy agradable descubrir que era un negociante muy astuto. O por lo menos eso parecía, porque todo lo que compraba aumentaba de valor. No tenía asesor financiero ¿Quién lo necesitaba? Podías cerrar los ojos, apoyar el dedo en cualquier punto del enorme tablero mural y la acción que acababas de comprar empezaba inmediatamente a subir. Nunca obtuve beneficios. Parecía absurdo vender una acción a treinta cuando se sabía que dentro del año doblaría o triplicaría su valor.
Mi sueldo semanal era de unos dos mil, pero esto era calderilla en comparación con la pasta que ganaba teóricamente en Wall Street. Disfrutaba trabajando en la revista pero el salario me interesaba muy poco. Aceptaba de todo el mundo confidencias sobre el mercado de valores. Ahora cuesta creerlo pero incidentes como el que sigue eran corrientes en aquellos días.

Subí a un ascensor del hotel Copley Plaza, en Boston. El ascensorista me reconoció y dijo: – Hace un ratito han subido dos individuos,, señor Marx, ¿sabe? Peces rellenitos, de verdad. Vestían americanas cruzadas y llevaban claveles en las solapas. Hablaban del mercado de valores y, créame, amigo, tenían aspecto de saber lo que decían. No se han figurado que yo estaba escuchándoles, pero cuando manejo el ascensor siempre tengo el oído atento. ¡No voy a pasarme toda la vida haciendo subir y bajar uno de estos cajones! El caso es que oí que uno de los individuos decía al otro: «Ponga todo el dinero que pueda obtener en United Corporation» […]

Le di cinco dólares y corrí hacia la habitación de Harpo. Le informé inmediatamente acerca de esta mina de oro en potencia con que me había tropezado en el ascensor. Harpo acababa de desayunar y todavía iba en batín. -En el vestíbulo de este hotel están las officinas de un agente de Bolsa -dijo-. Espera a que me vista y correremos a comprar estas acciones antes de que se esparza la noticia. -Harpo -dije-, ¿estás orate? ¡Si esperamos hhasta que te hayas vestido, estas acciones pueden subir diez enteros! De modo que con mis ropas de calle y Harpo con su batín, corrimos hacia el vestíbulo, entramos en el despacho del agente y en un santiamén compramos acciones de United Corporation por valor de ciento sesenta mil dólares, con una garantía del veinticinco por ciento. Para los pocos afortunados que no se arruinaron en 1929 y que no estén familiarizados con Wall Street, permítanme explicar lo que significa esa garantía del veinticinco por ciento. Por ejemplo, si uno compraba ochenta mil dólares de acciones, sólo tenía que pagar en efectivo veinte mil. El resto se le quedaba a deber al agente. Era como robar dinero.

El miércoles por la tarde, en Broadway, Chico encontró a un habitual de Wall Street, quien le dijo en un susurro: -Chico, ahora vengo de Wall Street y allí nno se habla de otra cosa que del Cobre Anaconda. Se vende a ciento treinta y ocho dólares la acción y se rumorea que llegará hasta los quinientos. ¡Cómpralas antes de que sea demasiado tarde! Lo sé de muy buena tinta. Chico corrió inmediatamente hacia el teatro, con la noticia de esta oportunidad. Era una función de tarde y retrat treinta minutos el alzamiento del telón hasta que nuestro agente nos aseguró que habíamos tenido la fortuna de conseguir seiscientas acciones. ¡Estábamos entusiasmados! Chico, Harpo y yo éramos cada uno propietarios de doscientas acciones de estos valores que rezumaban oro. El agente incluso nos felicitó. Dijo: – No ocurre a menudo que alguien entre con tan buen pie en una Compañía como la Anaconda.

El mercado siguió subiendo y subiendo. Cuando estábamos de gira, Max Relleniton, el productor teatral, solía ponerme una conferencia telefónica cada mañana desde Nueva York, sólo para informarme de la cotización del mercado y de sus predicciones para el día. Dichos augurios nunca variaban. Siempre eran «arriba, arriba, arriba». Hasta entonces yo no había imaginado que uno pudiera hacerse rico sin trabajar. Max me llamó una mañana y me aconsejó que comprara unos valores llamados Auburn. Eran de una compañía de automóviles, ahora inexistente. -Marx -dijo- es una gran oportunidad. Pegarrá más saltos que un canguro. Cómpralo ahora, antes de que sea demasiado tarde. Luego añadió: -¿Por qué no abandonas el teatro y olvidas esos perversos dos mil semanales que ganas? Son calderilla. Tal como manejas tus finanzas, aseguraría que puedes ganar más dinero en una hora, instalado en el despacho de un agente de valores, que los que puedes obtener haciendo ocho representaciones semanales en Broadway. -Max -contesté-, no hay duda de que tu conssejo es sensacional. Pero al fin y al cabo tengo ciertas obligaciones con Kaufman, Ryskind, Irving Berlin y con mi productor Sam Harris. Los que por entonces no sabía era que Kaufman, Ruskind, Berlin y Harris también compraban a crédito y que, finalmente, iban a ser aniquilados por sus asesores financieros. Sin embargo, por consejo de Max, llamé inmediatamente a mi agente y le instruí para que me comprara quinientas acciones de la Auburn Motor Company.

Pocas semanas más tarde, me encontraba paseando por los terrenos de un club de campo, con el señor Relleniton […] El día anterior, las Auburn habían pegado un salto de treinta y ocho enteros. Me volví hacia mi compañero de golf y dije: -Max, ¿cuanto tiempo durará esto? Max repuso, utilizando una frase de Al Jolson. -Hermano, ¡todavía no has visto nada!

Lo más sorprendente del mercado, en 1929, era que nadie vendía una sola acción. La gente compraba sin cesar. Un día, con cierta timidez, hablé a mi agente acerca de este fenómeno especulativo. – No sé gran cosa sobre Wall Street – empeccé a decir en son de disculpa- pero, ¿qué es lo que hace que esas acciones sigan ascendiendo? ¿No debiera haber alguna relación entre las ganancias de una compañía, sus dividendos y el precio de venta de sus acciones? Por encima de mi cabeza, miró a una nueva víctima que acababa de entrar en su despacho y dijo: – Señor Marx, tiene mucho que aprender acerrca del mercado de valores. Lo que usted no sabe respecto a las acciones serviría para llenar un libro. – Oiga, buen hombre -repliqué-. He venido aaquí en busca de consejo. Si no sabe usted hablar con cortesía, hay otros que tendrán mucho gusto en encargarse de mis asuntos. Y ahora ¿qué estaba usted diciendo? Adecuadamente castigado y amansado, respondió: – Señor Marx, tal vez no se dé cuenta, peroo éste ha cesado de ser un mercado nacional. Ahora somos un mercado mundial. Recibimos órdenes de compra de todos los países de Europa, de América del Sur e incluso de Oriente. Esta mañana hemos recibido de la India un encargo para comprar mil acciones de Tuberías Crane. Con cierto cansancio pregunté: -¿Cree que es una buena compra? -No hay otra mejor -me contestó-. Si hay allgo que todos hemos de usar son las tuberías. (Se me ocurrieron otras cuantas cosas más, pero no estaba seguro de que apareciesen en las listas de cotizaciones.) -Eso es ridículo -dije-. Tengo varios amigoos pieles rojas en Dakota del Sur y no utilizan las tuberías. -Solté una carcajada para celebrar mi salida, pero él permaneció muy serio, de modo que proseguí-. ¿Dice usted que desde la India le envían órdenes de compra de Tuberías Crane? Si en la lejana India piden tuberías, deben de saber algo sensacional. Apúnteme para doscientas acciones; no, mejor aún, que sean trescientas

Mientras el mercado seguía ascendiendo hacia el firmamento, empecé a sentirme cada vez más nervioso. El poco juicio que tenía me aconsejaba vender, pero, al igual que todos los demás primos, era avaricioso. Lamentaba desprenderme de cualquier acción, pues estaba seguro de que iba doblar su valor en pocos meses.

En los periódicos actuales leo con frecuencia artículos relativos a espectadores que se quejan de haber pagado hasta un centenar de dólares por dos entradas para ver My Fair Lady (1) (Personalmente opino que vale esos dólares.) Bueno, una vez pague treinta y ocho mil por ver a Eddie Cantor en el Palace […] Cantor era vecino mío en Great Neek. Como era viejo amigo suyo cuando terminó la representación fue a verle en su camerino. […] Encanto -prosiguió Cantor-, ¿qué te ha parecido mi espectáculo? Miré hacia atrás, suponiendo que habría entrado alguna muchacha. Desdichadamente no era así, y comprendí que se dirigía a mí. Eddie, cariño – contesté con entusiasmo verdadero-, ¡has estado soberbio! Me disponía a lanzarle unos cuantos piropos más cuando me miró afectuosamente con aquellos ojos grandes y brillantes, apoyó las manos en mis hombros y dijo: -Precioso, ¿tienes algunas Goldman Sachs? -Dulzura -respondí (a este juego pueden juggar dos)-, no sólo no tengo ninguna, sino que nunca he oído hablar de ellas ¿Qué es Goldman Sachs? ¿Una marca de harinas? Me cogió por ambas solapas y me atrajo hacia mí. Por un momento pensé que iba a besarme. -¡No me digas que nunca has oído hablar de las Goldman Sachs! -exclamó incrédulamente-. Es la compañía de inversiones más sensacional de todo el mercado de valores . Luego consultó su reloj y dijo: -Hoy es demasiado tarde. La Bolsa está ya ccerrada. Pero, mañana por la mañana, nene, lo primero que tienes que hacer es coger el sombrero y correr al despacho de tu agente para comprar doscientas acciones de Goldman Sachs. Creo que hoy ha cerrado a 156… ¡y a 156 es un robo! Luego Eddie me palmoteó una mejilla, yo le palmoteé la suya y nos separamos. ¡Amigo! ¡Qué contento estaba de haber ido a ver a Cantor a su camerino! Figurese, si no llego a ir aquella tarde al Teatro Palace, no hubiese tenido aquella confidencia. A la mañana siguiente, antes del desayuno, corrí al despacho del agente en el momento en que se abría la Bolsa. Aflojé el veinticinco por ciento de treinta y ocho mil dólares y me convertí en afortunado propietario de doscientas acciones de la Goldman Sachs, la mejor compañía de inversiones de América

Entonces empecé a pasarme las mañanas instalado en el despacho de un agente de Bolsa, contemplando un gran cuadro mural lleno de signos que no entendía. A no ser que llegara temprano, ni siquiera me era posible entrar. Muchas de las agencias de Bolsa tenían más público que la mayoría de los teatros de Broadway. Parecía que casi todos mis conocidos se interesaran por el mercado de valores. La mayoría de las conversaciones se limitaban a la cantidad que tal y tal valor habían subido la semana pasada, o cosas similares. El fontanero, el carnicero, el panadero, el hombre del hielo, todos anhelantes de hacerse ricos, arrojaban sus mezquinos salarios -y en muchos casos sus ahorros de toda la vida- en Wall Street. Ocasionalmente, el mercado flaqueaba, pero muy pronto se liberaba la resistencia que ofrecían los prudentes y sensatos, y proseguía su continua ascensión.

De vez en cuando algún profeta financiero publicaba un artículo sombrío advirtiendo al público que los precios no guardaban ninguna proporción con los verdaderos valores y recordando que todo lo que sube debe bajar. Pero apenas si nadie prestaba atención a estos conservadores simple y a sus palabras petulantes de cautela. Incluso Barney Baruch, el Sócrates de Central Park y mago financiero americano, lanzó una llamada de advertencia. No recuerdo su frase exacta, pero venía a ser así: «Cuando el mercado de valores se convierte en noticia de primera página, ha sonado la hora de retirarse.»

Yo no estaba presente cuando la Fiebre del Oro del cuarenta y nueve. Me refiero a 1849. Pero imagino que esa fiebre fue muy parecida a la que ahora infectaba al todo el país. El presidente Hoover estaba pescando y el resto del gobierno federal parecía completamente ajeno a lo que sucedía. No estoy seguro de que hubiesen conseguido algo aunque lo hubieran intentado, pero en todo caso el mercado se deslizó alegremente hacia su perdición.

Un día concreto, el mercado comenzó a vacilar. Unos cuantos de los clientes más nerviosos fueron presos del pánico y empezaron a descargarse. Eso ocurrió hace casi treinta años y no recuerdo las diversas fases de la catástrofe que caía sobre nosotros, pero así como al principio del auge todo el mundo quería comprar, al empezar el pánico todo el mundo quiso vender. Al principio las ventas se hacían ordenadamente, pero pronto el pánico echó a un lado el buen juicio y todos empezaron a lanzar al ruedo sus valores que por entonces solo tenían el nombre de tales. Luego el pánico alcanzó a los agentes de Bolsa, quienes empezaron a chillar reclamando garantías adicionales. Esta era una broma pesada, porque la mayor parte de los accionistas se habían quedado sin dinero, y los agentes empezaron a vender acciones a cualquier precio. Yo fui uno de los afectados. Desdichadamente, todavía me quedaba dinero en el Banco. Para evitar que vendieran mi papel empecé a firmar cheques febrilmente para cubrir las garantías que desaparecían rápidamente.

Luego, un martes espectacular, Wall Street lanzó la toalla y sencillamente se derrumbó. Eso de la toalla es una frase adecuada, porque por entonces todo el país estaba llorando. Algunos de mis conocidos perdieron millones. Yo tuve más suerte. Lo único que perdí fueron doscientos cuarenta mil dólares (o ciento veinte semanas de trabajo, a dos mil por semana). Hubiese perdido más pero era todo el dinero que tenía. El día del hundimiento final, mi amigo, antaño asesor financiero y astuto comerciante, Max Relleniton, me telefoneó desde Nueva York. […] Todo lo que dijo fue: «¡la broma ha terminado!» Antes de que yo pudiese contestar el teléfono se había quedado mudo…se suicidó.

En toda la desperdicio escrita por los analistas del mercado, me parece que nadie hizo un resumen de la situación de una manera tan sucinta como mi amigo el señor Relleniton. En aquellas palabras lo dijo todo. Desde luego, la broma había terminado. Creo que el único motivo por el que seguí viviendo fue el convencimiento consolador de que todos mis amigos estaban en la misma situación. Incluso la desdicha financiera, al igual que la de cualquier otra especie, prefiere la compañía. Si mi agente hubiese empezado a vender mis acciones cuando empezaron a tambalearse, hubiese salvado una verdadera fortuna. Pero como no me era posible imaginar que pudiesen bajar más, empecé a pedir prestado dinero del Banco para cubrir las garantías. Las acciones de Cobre Anaconda se fundieron como las nieves del Kilimanjaro (no creas que no he leído a Hemingway), y finalmente se estabilizaron a 2 7/8. La confidencia del ascensorista de Boston respecto a United Corporation se saldó a 3,50. Las habíamos comprado a 60. La función de Cantor en el Palace fue magnífica ¿Goldman-Sachs a 156 dólares? Cuando la máxima depresión del mercado, podía comprárselas a un dólar por acción.

El ir al desahucio financiero no constituyó una pérdida total. A cambio de mis doscientos cuarenta mil dólares obtuve un insomnio galopante, y en mi círculo social el desvelamiento empezó a sustituir al mercado de valores como principal tema de conversación…»

Groucho y yo (Groucho Marx)
 

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