Dos portaaviones y 44 buques aliados: algo más que una respuesta a Hamás
¿Cuántos portaaviones hacen falta para que un despliegue naval deje de parecer una demostración y empiece a parecer un preparativo? A finales de octubre de 2023, con el foco de la prensa clavado en Gaza, la US Navy y las flotillas aliadas sumaban
44 buques grandes entre el Mediterráneo y el mar Rojo: dos portaaviones nucleares, un LHD y un Mistral, más los buques logísticos de flota que nunca salen en los titulares y que son, precisamente, los que delatan una operación larga. El USS Hershel «Woody» Williams, una base móvil expedicionaria, cruzó el estrecho de Gibraltar rumbo al este el
28 de octubre; ese mismo día lo hacía el grupo de combate del Dwight D. Eisenhower. La potencia de fuego reunida es, según el cálculo que maneja quien sigue estos movimientos, la mayor desde la invasión de Kuwait por Irak.
¿Cuántos barcos ha movido EEUU hasta Oriente Próximo?
No todos los buques están en el mismo sitio ni hacen lo mismo. Los dos grupos de combate con portaaviones —el Gerald R. Ford y el Dwight D. Eisenhower, uno a cada lado del Mediterráneo según el seguimiento de posiciones que circula— aportan el grueso de la capacidad aérea. El buque anfibio y el Mistral añaden la proyección sobre tierra, la pieza que convierte una flota en una amenaza creíble. Por debajo, escoltas y aprovisionamientos permiten sostener el ritmo durante meses. En
apenas dos semanas se movió una mole de barcos y soldados a la zona, y en esa cuenta no entran las unidades nacionales de países aliados que no están encuadradas en una operación común.
El Hershel «Woody» Williams tampoco es un desconocido en aguas españolas: ya había hecho escala en Rota y Las Palmas, con Margarita Robles a bordo en un lunch durante una de aquellas visitas.
Un barco de estos no se mueve por casualidad.¿Es disuasión o es cambio de régimen en Teherán?
Aquí es donde el relato se parte. Una lectura sostiene que Washington no pretende repetir la invasión de Irak: la doctrina ha cambiado y lo que se ve en Ucrania —drones baratos, fuerzas especiales, golpes quirúrgicos— anticipa el método. Bastaría con descabezar el Gobierno iraní, aprovechando una contestación interna que el régimen reprime con un ejército propio. Otra lectura recuerda que bombardear desde el aire no cambia gran cosa:
en unos años el petróleo vuelve a pagar la reconstrucción. Y añade un obstáculo que ningún plan de operaciones resuelve: la población civil iraní no va a recibir a nadie con flores y pan, entre otras cosas porque el país, con un régimen detestable, sigue siendo suyo.
Yemen, Siria y el frente que no sale en los mapas
Mientras la atención iba a Gaza, el tablero se llenaba por los bordes. Yemen declaró oficialmente la guerra a Israel —con el país dividido entre el sector del presidente Rashad al-Alimi y el control hutí— y los hutíes reivindicaron el lanzamiento de misiles y drones. Israel aseguró haber interceptado las amenazas aéreas procedentes del mar Rojo. La precisión, en cambio, dejó que desear: un misil lanzado desde Yemen acabó impactando en Jordania, y el misil de crucero Quds-3 sobrevoló Arabia Saudita antes de caer al otro lado de la frontera. En paralelo, la base de Al-Tanaf, usada por fuerzas estadounidenses en el sur de Siria, recibió el que se describió como
cuarto ataque con drones en doce horas. La Armada israelí respondió moviendo barcos de misiles al mar Rojo.
El motivo de tanto nervio con Yemen es logístico: los hutíes controlan territorio junto a la ruta del canal de Suez, por donde pasan
2,6 millones de barriles de crudo diarios y el 12% del comercio mundial.
El problema de la moral y de las tropas que no están
Para quitar a Irán del escenario haría falta movilizar una cantidad ingente de tropas que ya no están desplegadas en la región. Lo demás son cuentas de salón. Irán y sus milicias en Líbano, Yemen, Irak, Siria y Afganistán lucharían en su casa por sobrevivir; una potencia que actúa a miles de kilómetros lo hace por mantener una hegemonía en retroceso. La moral, en una guerra larga, pesa más que el catálogo. Y hay un detalle que se cita poco: según los rumores nunca confirmados que circularon esos días, el comandante de la Fuerza Quds de la Guardia Revolucionaria, el general Esmail Qaani, habría viajado al Líbano para reunirse con responsables políticos y militares de Hezbolá.
Rusia, China y el comodín nuclear
El escenario catastrofista tiene dos piezas: que China entre en Taiwán y que Moscú recurra al arma nuclear en Ucrania. La respuesta a lo primero es que Pekín prefiere la presión a la sangre. A lo segundo, un estudio sobre disponibilidad y calidad del arsenal ruso que se citó en la discusión y que rebajaba a un
7% el material con cierta fiabilidad —mantener ojivas cuesta dinero, y Rusia no lo pone—. Quien defiende esta tesis añade que Moscú actúa como pieza subordinada de Pekín, que no quiere escalada nuclear. Del otro lado de la balanza, la caricatura inversa: Rusia se quedó sin misiles y con tres días de gasolina.
Los grafitis de Isfahán y la carta que nadie juega
En Isfahán aparecieron pintadas que decían «muerte a Jamenei» y «los soldados israelíes vengarán el ojo que cegaste», en referencia a los disparos al rostro de manifestantes. De ahí se extrae la tesis más ambiciosa del despliegue:
el pueblo iraní y el israelí serían el mismo pueblo frente al régimen y sus representantes. Es una consigna, no un dato, pero explica por qué algunos ven en todo esto menos una reacción a Hamás que un movimiento de piezas mayor.
La paz, decía uno de los mensajes más repetidos, ya llegó a Oriente Medio, y se llama bombardero B-2 Spirit. Con ese nivel de ironía, la pregunta sigue sin respuesta: si el objetivo era solo disuadir, ¿por qué se han movido también los buques de aprovisionamiento?
Voces del despliegue: quien sostiene que la flota busca descabezar Teherán se apoya en la contestación interna y en la represión; quien lo niega mira el mapa de milicias y las ganas de pelear en casa. El detalle completo del despliegue, buque a buque, está en el seguimiento original del estrecho de Gibraltar.