La bolsa sube en V mientras el petróleo toca precios de hace 25 años
Un inversor sin experiencia mete
60.000 euros en el mercado y en unos días se encuentra con 70.000. La escena se repite y se comenta como anécdota y como advertencia, y resume bien el desconcierto de un ciclo que arrancó con la economía global en cuidados intensivos y ha terminado con el Nasdaq otra vez en zona de máximos. La
burbuja de la que todo el mundo habla se sostiene sobre una contradicción que nadie ha resuelto: los índices suben como si la recesión nunca hubiera existido.
El punto de partida es conocido. Venimos de un enfriamiento de las ventas en todos los sectores, del industrial al turístico, que ya se barruntaba desde 2019. Encima, países en conflicto y una escalada geopolítica inquietante. Después llegó el virus, el parón de la industria, el consumo reducido a la mínima expresión y datos macro que nadie había visto nunca. El
petróleo se hundió a
precios de hace 25 años, con los depósitos llenos y sin compradores. Y en paralelo, revueltas sociales y un registro de
40 millones de parados que marca un récord histórico.
Con ese cuadro, la bolsa debería estar en el suelo. Está en el cielo.
La subida en V del Nasdaq y el dinero que no se ve
El índice tecnológico completó la vuelta en V: volvió al mismo nivel que tenía antes de que el coronavirus cerrara medio mundo. En términos de PIB y de empleo, la recuperación no existe; en términos de cotización, es un hecho consumado. La explicación más repetida apunta a los bancos centrales, que no se han limitado a inyectar billetes: han entrado directamente en los valores. El diagnóstico que circula lo describe sin paños calientes: el mercado se ha distorsionado de tal forma que ya no sirve para saber si una empresa está cara o barata, porque el comprador de última instancia siempre aparece.
A eso se suma una masa de dinero nuevo en manos poco curtidas. Hay quien sostiene que parte de los cheques de ayuda repartidos en Estados Unidos ha acabado en órdenes de compra, y que un ejército de recién llegados mueve el mercado con la misma lógica con la que compraría entradas para un estreno. La imagen que se repite es la de una euforia que muchos comparan con la antesala de 1929, cuando también parecía imposible perder.
¿Burbuja bursátil o simple devaluación del dinero?
Aquí el diagnóstico se parte en dos. Una corriente sostiene que las acciones no han subido tanto como parece: lo que ha subido es su valor nominal medido en unas monedas que se imprimen sin freno. Si el euro y el dólar valen menos, cualquier activo cotizado en ellos parece más caro sin que nada real haya cambiado. Bajo esa lectura, la bolsa no sería el globo, sino el termómetro de una devaluación global coordinada.
La otra corriente responde con el argumento contrario y más incómodo: si todos los bancos centrales hacen lo mismo a la vez, todas las monedas se devalúan en la misma proporción y el efecto se anula. Solo el oro y las acciones conservarían valor relativo, en un proceso que se parecería más a una inflación contenida que a una burbuja clásica. Ahí encaja la pregunta de qué respaldo real tiene una compañía cuando su capitalización supera todo lo que posee. El camino intermedio pasa por el oro, que en un escenario de reinicio vuelve a ser el refugio de siempre, aunque nadie garantiza que su precio se comporte como un cohete.
Un mercado a dos velocidades: tecnología contra aerolíneas y banca
Mientras eso se discute, el mercado se ha partido en dos. Los sectores castigados cotizan como si el fin del mundo fuera mañana: distribución, petróleo, gas, bancos, aseguradoras, telecos, infraestructuras y buena parte de las plazas asiáticas, con Rusia, Japón y Corea del Sur entre las más golpeadas. En el otro extremo, tecnología, consumo defensivo, alcohol y marihuana cotizan a precios de récord. Cíclicos valorados como defensivos y defensivos valorados como si no existiera mañana.
Ese desequilibrio explica operaciones difíciles de justificar por fundamentales. Hay compañías que se han revalorizado más del 100% en cartera y otras que arrastran caídas durante meses sin que nadie mueva ficha. En medio, el inversor particular se pregunta si está comprando una oportunidad o un problema.
La fecha del pinchazo: agosto, septiembre o después de las elecciones
La obsesión recurrente es el calendario. Un sector amplio da por hecho que el chiringuito aguantará hasta después de las elecciones en Estados Unidos. Otros sitúan el punto de giro en octubre y una tercera lectura, más agresiva, apunta al corazón del verano, con correcciones severas antes de septiembre. El pronóstico más extendido sobre el alcance no habla de un desplome del calibre del de primavera, sino de una caída seria con rebotes intermedios.
Hay quien traza bandas concretas: el S&P por encima de 3.250 sería zona de vender y por debajo de 2.950, de comprar, con la idea de que no lo sacarán de ahí en meses. Los escenarios más duros hablan de un S&P entre 2.800 y 2.300 y de un Nasdaq en torno a 8.000. Y sobrevuela la advertencia clásica: cuando todo el mundo da por hecho una fecha, esa fecha deja de servir.
El crash que no fue crash
La estampa más desconcertante la dejó un repaso a los precios de dos gigantes tecnológicos. En enero de 2019, una de ellas cotizaba a 1.018 dólares; durante el supuesto gran desplome de marzo llegó a 1.100. La otra pasaba de 100 a 135 en el mismo tramo. Es decir, el pánico vendedor dejó a esas compañías más caras que un año antes.
Los más veteranos recurren a una vieja parábola bursátil: la economía es un hombre que pasea a paso firme y la bolsa es su perro, que corretea alrededor del dueño. A veces se adelanta mucho y vuelve cuando lo llaman; a veces se queda atrás y también regresa. El problema de esta historia es que nadie sabe cuándo tira de la correa. Mientras tanto, para muchos el S&P sigue siendo el nuevo tulipán.