Bombones Lindor a granel a 60 euros el kilo: un comprador denuncia el salto de precio
¿Cuánto estás dispuesto a pagar por un bombón que, en el fondo, es azúcar con un baño de cacao? La respuesta, en los puestos navideños de algunas tiendas, es 60 euros por kilo, según un comprador que recordaba haberlos visto a 32-33 euros no hace tanto y a 28 hace tres o cuatro años. El salto no es una anécdota: es el mismo patrón que ya se vio con las barras de Suchard, y que ahora convierte a los Lindor a granel en el ejemplo perfecto de la inflación selectiva que castiga a la gama media.
La queja original no tardó en encontrar eco. El cacao ha subido en los mercados internacionales, cierto, pero como recordaba el propio autor del mensaje,
el ingrediente principal de estos bombones es el azúcar, y un kilo de azúcar no llega al euro. La cuenta la hizo otro participante sin rodeos: si compras un kilo de bombones, la mitad es azúcar, con cacao y otras cosas. Medio kilo de azúcar no cuesta ni un euro. El resto es manteca, leche, aroma y, según ese mismo participante, margen comercial.
De 28 a 60 euros: la escalada que nadie vigila
La comparación temporal es el dato más demoledor. Los precios que se manejan en la conversación dibujan una escalada de más del doble en apenas tres o cuatro años: de 28 euros el kilo a 60. En el tramo intermedio, alguien recuerda haberlos comprado a 20-24 euros. No es inflación general: es una subida muy por encima del IPC que se ceba con un producto de consumo ocasional y regalo.
La estrategia de las tiendas agrava la sensación de timo. En lugar de subir el precio del paquete, se reduce la cantidad y se mantiene el desembolso psicológico. Un participante lo describe con precisión:
cada vez te van poniendo menos cantidad en el producto para que el consumidor pueda seguir comprando gracias a la filosofía del «yo siempre le echo 20 euros». Luego miras el precio por kilo y descubres el porcentaje real. En el Alcampo, según otro mensaje, los ponen a 6 euros los 100 gramos, es decir, los mismos 60 euros por kilo, pero en un formato que no acojona tanto.
El chocolate como termómetro de la cesta de la compra
El fenómeno no se limita a los Lindor. En la misma conversación aparecen turrones a 16 euros en el Alcampo, tabletas de Valor al 82% con almendras a 7,50 euros cuando hace poco se encontraban por menos de 4, y cajas de chocolate de 40 gramos a casi 6 euros en el Hipercor. La conclusión que se repite es incómoda:
parece que se están inflando más los precios de los alimentos en gama baja y media que en alta, lo que golpea justo a quien menos margen tiene para sustituir.
La respuesta de una parte de los compradores es el boicot silencioso. Varios mensajes coinciden en lo mismo: este año no entra en casa ningún producto navideño, ni bombones, ni mantecados, ni turrón. No es una postura organizada, es una retirada individual que, sumada, vacía estanterías. Y tiene una lógica económica elemental: si el precio sube, guarda tu dinero.
Alternativas: del obrador casero a la marca blanca
La conversación deriva pronto hacia qué hacer en lugar de pagar. La opción más repetida es la fabricación casera: fundir tabletas, usar moldes y seguir una receta que, según un cálculo que circula, deja el kilo en unos 4 euros. Otros apuntan a los bombones de marca blanca de Lidl, una bolsa de 180 gramos al 70% de cacao por algo más de 2 euros, lo que sale a poco más de 10 euros el kilo. La conclusión es lógica: a 60 euros el kilo,
ya no tiene sentido comprarlo en un supermercado sino en una pastelería.
También hay quien recuerda que el producto no es lo que parece. Los bombones rojos de Lindt, señalan, son en realidad una candy bar: manteca y azúcar con muy poca cocoa. Si no supera el 50% de cacao, no debería llamarse chocolate; si no llega al 70%, difícilmente vale la pena. A ese precio, el envoltorio cuesta más que el contenido.
Al final, la subida de los Lindor a granel no es más que la punta visible de un fenómeno más amplio: la gama media de la alimentación se está convirtiendo en un lujo silencioso. Y mientras unos dejan de comprar y otros aprenden a fundir tabletas en casa, las tiendas siguen poniendo el puesto de Navidad. Alguien tendrá que comprarlo. O no.