El supuesto alemán del atropello de Mannheim: anatomía de un bulo racial
Un atropello masivo en Mannheim y un supuesto autor de nacionalidad alemana. Suficiente para que se desate la tormenta perfecta: la discusión sobre el aspecto físico del detenido ha ocupado más espacio que el propio atropello. La pregunta que planea sobre todo el asunto es incómoda: ¿por qué nos empeñamos en clasificar a las personas por su cara? El caso, aún sin resolución judicial firme, ha servido para que afloren viejos prejuicios sobre lo que significa ser alemán, ser ario o, simplemente, tener un apellido que suene a una cosa u otra.
El aspecto físico como prueba de cargo
La primera reacción ante la noticia fue la de siempre: buscar en el rostro del detenido una explicación.
«Tiene pinta de turco», «parece de la cuerda de ultrapaco», «es un mil leches». Los comentarios sobre su fenotipo se multiplicaron antes de que se conociera un solo dato oficial sobre su biografía. La genética, esa ciencia que tanto se invoca y tan poco se consulta, se convirtió en el deporte nacional de sobremesa.
Hay quien sostiene que su apellido es inequívocamente alemán, lo que no impide que su madre pueda proceder de cualquier otro lugar. Otros apuntan a un origen anatólico, con nombre y apellido turcos, y especulan con su asistencia a la mezquita. La realidad es que, a la fecha de esta discusión, no hay confirmación oficial sobre su origen familiar. Lo único claro es que el debate sobre su aspecto ha superado en intensidad al debate sobre los hechos.
¿Qué es ser ario? La trampa de los estereotipos raciales
El término «ario» ha sido el gran protagonista involuntario.
«La aria no existe», zanja un análisis. «Ario sería de indoeuropeos, en ese caso hay inmensa cantidad de pueblos europeos arios». La confusión entre un concepto lingüístico y una categoría racial es el corazón del malentendido. Los alemanes, se argumenta, no son nórdicos puros: tienen una base centroeuropea influenciada por eslavos, pueblos latinos y demás. Son, en palabras de un participante, «mil leches europeas».
La discusión deriva hacia la genética de la península ibérica.
«No he visto más gente con pinta de moros que los gallegos y asturianos», suelta alguien. El argumento, con toda su carga provocadora, apunta a que el ADN norteafricano es más frecuente en el noroeste español que en el Mediterráneo. La ironía es evidente: los mismos que presumen de pureza racial serían, según este razonamiento, los más mestizos.
El apellido como coartada
Uno de los momentos más lúcidos del intercambio llega cuando se desmonta la falacia del apellido.
«¿Desde cuándo un apellido significa algo en temas de ascendencia o genotipo?», pregunta alguien. En América hay millones de nativos americanos que se apellidan Pacheco, Jaramillo o Rodríguez. En Estados Unidos, millones de personas se apellidan John, Carroll o Duncan sin que ninguno de sus ascendientes proceda de Europa. La conclusión es obvia: el apellido es una convención administrativa, no un certificado de pureza étnica.
El caso de Mannheim, con todas sus aristas, deja un reguero de preguntas sin respuesta. ¿Era el detenido un alemán de pura cepa? ¿Un turco nacionalizado? ¿Un ciudadano con doble nacionalidad? La respuesta, a día de hoy, sigue siendo un misterio. Lo que sí sabemos es que el debate sobre su cara ha servido para algo: para recordarnos que la obsesión por clasificar a las personas por su aspecto dice más de quien clasifica que de quien es clasificado.
El atropello de Mannheim sigue sin una explicación oficial completa. El autor, sea quien sea, tiene un nombre, un apellido y una biografía que la justicia, con suerte, terminará por aclarar. Mientras tanto, la discusión sobre si parece turco, alemán o marciano seguirá ocupando titulares. Es lo que tiene reducir a las personas a un estereotipo: que la realidad siempre acaba por desmentirlo.