La inteligencia muere en el circo del trauma
En los espacios donde se supone que el pensamiento crítico se refugia, el trauma se ha convertido en la moneda de cambio. Un panfleto inflado, una herida bien contada, rinde más que un argumento. La muestra está en la reciente discusión sobre un libro autopublicado que presume de su propio ego como fuente de creatividad: una obra que su autor define como «una película en páginas», con ilustraciones y tapa dura, que costó veinte euros imprimir y que dedicó tres meses a pulir. No es la excepción; es el síntoma.
El trauma como divisa: la moneda de la atención
En estos entornos, la exhibición de vulnerabilidad se premia. Quien más sufre, más likes. Quien más se queja, más visibilidad. La lógica perversa convierte el dolor en producto, y el espectador se convierte en consumidor de tragedias ajenas. No es casualidad que el término «entropía mental» haya resonado: cuando el desorden interno se convierte en marca personal, la inteligencia queda relegada a un segundo plano, ahogada por el ruido de los egos.
El ego sideral: cuando el narcisismo se disfraza de arte
El caso del autor autopublicado es ilustrativo. Su obra, que autodenomina «única» y «no comercial», está basada en sus experiencias personales, desde «subir a una desconocida autoestopista» hasta «andar entre marismas de flamencos». Pero el aspecto más revelador es su afirmación: «Sin ego no se crea nada». Esta defensa del narcisismo creativo choca con la realidad; el ego no es la fuente, sino el sabotaje. La obra se vuelve aséptica, porque el autor se mira a sí mismo en lugar de mirar al mundo. El resultado es un monólogo, no un diálogo. Y cuando las críticas llegan, la respuesta es más ego: «Yo no soy tu problema, es tu cerebro». Un círculo vicioso que no admite salida.
La libertad de gritar: ¿un valor o un ruido?
No todo es unánime. Hay quien defiende estos espacios como un lugar de libertad, donde se puede hablar sin censura, aunque sea a costa del caos. Pero esa libertad sin marco de respeto se convierte en una jungla de egos, donde el más gritón tiene la razón. La libertad no es el problema; el problema es la ausencia de inteligencia colectiva para usarla. Como se argumenta en estos entornos, la mayor parte de las conversaciones son puro ruido, pero siempre hay excepciones. El equilibrio, sin embargo, parece lejano.
¿Hasta cuándo podrá sostenerse el circo? La pregunta queda abierta, porque mientras haya audiencia sedienta de trauma, habrá quien ofrezca su miseria como espectáculo. La inteligencia, mientras tanto, buscará refugio en otra parte.