Abstencionistas y voto por correo: el recuento que no cerró nada
¿De quién es la culpa cuando el resultado electoral no gusta? Tras las generales de julio, una parte del electorado ha encontrado su chivo expiatorio en quienes decidieron no votar. La acusación se repite con insistencia: que la abstención entregó el Gobierno a la izquierda y que los abstencionistas estaban muy tranquilos mientras creían que ganaría la derecha. El enfado ha derivado en un ajuste de cuentas entre votantes y no votantes, con reproches, bloqueos mutuos y bastantes menos datos que consignas.
¿Ganó la izquierda o ganó la derecha?
La respuesta depende de cómo se repartan los escaños. Un cálculo que circula en el hilo sostiene que el bloque de derechas sumó mayoría: PP, VOX, Junts, PNV, UPN y Coalición Canaria alcanzarían
183 escaños, suficientes para gobernar. Frente a esa aritmética, la lectura que dominó la noche electoral atribuía la victoria al bloque de la izquierda. Dos relatos para un mismo recuento. Sobre ese desacuerdo inicial se montó todo lo demás: si el resultado parecía reversible, alguien tenía que haber fallado.
Los números dejaron, en cualquier caso, un escenario sin mayorías claras y con la gobernabilidad en el aire. La consecuencia más repetida no es quién ganó, sino si habrá que repetir los comicios. «Casi seguro que nos vamos a la repetición en navidades», resume un mensaje. Otros dan por hecho un bloqueo prolongado y, lejos de temerlo, lo celebran.
Voto por correo y sospechas sin pruebas
Aquí aparece la teoría más extendida: que el adelanto electoral a julio iba a disparar el voto por correo y que eso facilitaría manipular los resultados. Se mencionan Correos, se menciona Indra y se afirma que existía una red de seguridad para falsear el escrutinio si lo anterior fallaba. Conviene decirlo sin adornos:
ninguna de esas afirmaciones está respaldada por pruebas. Circulan como sospecha, como enfado o como consigna, no como hecho verificado.
El único dato cuantificable que se cruza en la conversación apunta en otra dirección y tampoco es concluyente. Una parte habla de una participación que
bajó cuatro puntos hasta el 54%; otra advierte de que las cifras bailan según la fuente y de que la estadística se cocina a conveniencia. Con esa base, sostener que la abstención tuvo un efecto medible en el resultado es, como mínimo, arriesgado.
La movilización del votante propio
Compite con la del fraude una explicación más prosaica: la izquierda movilizó a los suyos. El argumento es que la campaña apeló al electorado propio que pensaba quedarse en casa, con el miedo a Vox como palanca. Vuelve a aparecer, en televisión y en mítines, un expresidente con oficio para arrastrar al votante rezagado. Si ese votante se hubiera quedado en casa, sostiene esta versión, habría ganado la derecha. La abstención, entonces, no fue decisiva: lo fue su opuesto, la movilización selectiva.
Lo que responden quienes no votaron
Lejos de asumir el papel de culpables, los abstencionistas contraatacan. Argumentan que su decisión es
previa a la existencia de formaciones como Vox o Podemos, esto es, que no votan contra nadie en concreto. Varios relatan que dejaron de votar cuando entendieron «cómo funcionaba el tinglado». Y otros defienden que su postura no es pasiva: pagan impuestos, cumplen con Hacienda y, aun así, se reservan el derecho a quejarse.
Las posturas van del desdén a la militancia. Hay quien dice vivir al margen de la política y encontrar la felicidad en el trabajo y la familia; hay quien asegura que un bloqueo institucional largo le beneficia, «sobre todo para los que queremos vivir en paz». Y hay quien firma su abstención como una forma de no dar consentimiento explícito a lo que considera una farsa: no votaré, viene a decir, pero seguiré quejándome porque para eso pago impuestos.
¿Por qué se culpa al que no vota?
La lógica del reproche tiene una trampa que varios señalan: durante años se repitió que abstenerse no servía para nada, y ahora resulta que la abstención habría decidido los comicios. Las dos cosas no caben en el mismo discurso. Si el voto propio apenas mueve nada, no puede ser a la vez el gran culpable cuando el resultado decepciona.
Subyace un problema de fondo: la desafección. Una parte del electorado ha concluido que cambiar un partido por otro cada cuatro años no altera gran cosa y no encuentra en las urnas un instrumento útil. Culpar a esa gente de un resultado adverso es cómodo, pero no explica por qué crece el desapego, ni responde a la pregunta incómoda de qué se ofrece a quien ya no espera nada.
Al final, entre reproches cruzados, bloques de texto y alguien quejándose del metacrilato de las urnas, la conclusión más razonable es la más aburrida: votar o no votar no libra a nadie de tener que leer los resultados. Lo demás, con perdón, es echarle la culpa al que no fue a la fiesta.