Ni 140 ni 130: el pronóstico que se cumplió
La noche electoral dejó una certeza incómoda para el Partido Popular: el optimismo de las encuestas previas no se tradujo en escaños suficientes. Un análisis que circulaba antes del escrutinio sostenía que la formación de Alberto Núñez Feijóo no alcanzaría los 140 diputados «ni de coña», y apostaba incluso a que se quedaría por debajo de los 130. Con el recuento avanzado, los datos de la derecha en conjunto —PP, Vox y UPN— sumaban 160 escaños en el 24% escrutado, un subidón de ocho respecto al tramo anterior, pero insuficiente para las expectativas que se habían instalado en la campaña.
El problema no era solo el número. Era el relato. Durante semanas se vendió que el «que viene la ultraderecha» funcionaría como movilizador del voto útil hacia el PP. Funcionó, pero no en la dirección esperada: activó también al electorado de izquierda que llevaba tiempo desmovilizado.
El miedo como herramienta de movilización tiene doble filo, y esa noche se comprobó.
El voto útil que se comió a Vox
La predicción más repetida en los análisis previos apuntaba a una caída severa de Vox. Se hablaba de que pasaría de los 52 escaños de 2019 a un rango de 30-35, víctima del voto útil que migraría hacia el PP. Los datos provisionales confirmaron esa tendencia: la formación de Santiago Abascal se dejaba por el camino una parte sustancial de su representación, mientras el PP absorbía ese trasvase sin llegar a compensar la pérdida total del bloque.
Hay quien sostiene que ese movimiento era inevitable. El votante de derechas que quería echar a Sánchez optó por el partido con más posibilidades, y Vox pagó la factura. El cálculo más optimista para los populares asumía que ese trasvase les daría la mayoría; el escenario pesimista, que se quedarían cortos. Ganó el pesimista.
El descontento que no se tradujo en escaños
La participación alta fue uno de los datos que más se repitió durante la jornada. Se interpretó como señal de descontento, de ganas de cambio. Pero el descontento no tiene dueño único. Una parte del electorado que no votaba habitualmente se movilizó, y no precisamente para castigar al Gobierno. El fenómeno de los votantes tardíos, esos que llevaban años absteniéndose y que esta vez acudieron a las urnas, desequilibró las cuentas que se habían hecho con el censo habitual.
El análisis más repetido tras el escrutinio apunta a que el PSOE supo rentabilizar el miedo a la ultraderecha mejor que el PP supo capitalizar el descontento. La izquierda, fragmentada en múltiples candidaturas, no necesitó unidad para frenar el avance de la derecha: le bastó con que su electorado se sintiera amenazado.
¿Por qué fallaron las encuestas que daban mayoría a la derecha?
Porque midieron intención de voto, no intensidad de movilización. Las encuestas detectaron el trasvase de Vox al PP, pero no captaron el regreso a las urnas de votantes de izquierda que habían desertado. El «que viene la ultraderecha» funcionó como un reloj, pero para el lado contrario al que muchos esperaban. La suma PP+Vox+UPN se quedó en 160 escaños con el 24% escrutado, lejos de la mayoría absoluta que algunas proyecciones anticipaban.
El cálculo completo, desglosado provincia a provincia, da una diferencia que sorprende: hay circunscripciones donde un puñado de votos cambió el signo de un escaño entero. Ese detalle, que no aparece en los titulares, explica por qué el optimismo previo se desinfló tan rápido.
El futuro de Feijóo y el desgaste de Vox
La pregunta que sobrevuela ahora es qué pasa con el liderazgo del PP. Feijóo había repetido que no quería pasar por el mal trago de pactar con Vox para gobernar, que prefería que siguiera el «psicópata» antes que asumir ese coste. Su deseo se cumplió, pero no como él quería. El partido se queda sin el botín que justificaba su estrategia de moderación.
En el otro lado, Vox afronta un desgaste que algunos análisis sitúan en 20-25 escaños si se repiten elecciones. No es el hundimiento de Ciudadanos, que cayó a 10, pero sí una tendencia que preocupa en la formación. La pregunta que nadie responde con datos es si ese suelo aguanta o si el voto útil seguirá erosionando su base.
Con estos números, la gobernabilidad queda en el aire. La derecha no suma, la izquierda tampoco tiene mayoría clara, y el escenario de repetición electoral gana enteros. El análisis se atasca exactamente ahí: en el escaño que falta, en el pacto que no llega, en la aritmética que no cierra.