El vector de todo esto nunca fue la Gestapo. Es el bedel con nómina, y ahora el funcionario con acceso a bases interoperables.
Lo que ya está montado, sin que a nadie le suene la palabra "registro":
- Catastro digital: cada metro cuadrado con ficha, dueño y uso. De los más completos de Europa.
- Registro de cuentas bancarias. Cruzable con residencia fiscal y con Catastro.
- Fichero de arrendamientos: quién cobra, quién paga, con DNI y dirección. Vendido como "transparencia".
- Padrón cruzado con censo, tarjeta sanitaria y centro de salud asignado.
- Registro de viajeros obligatorio en hoteles y alquileres. Quién duerme dónde, por días.
- Certificado digital, DNI electrónico, Cl@ve. Todo firmado, todo con metadatos.
Cada uno, por separado, es "administración moderna". Sumados son el bevolkingsregister holandés, pero con sellos de tiempo y sin comillas.
El error del ciudadano medio es creer que el salto necesita un régimen nuevo. No. Necesita que la infraestructura ya esté —está— y una excusa muy potente, que siempre llega: violencia extremista, esa época en el 2020 de la que yo le hablo, embeleco, vivienda, emergencia climática.
Y lo hacen los mismos que dicen que "eso" es impensable. Al loro: rellenan la casilla, firman el contrato con el fichero, suben el DNI al hotel, tramitan el certificado energético.
En Holanda no se empezó a punta de fusil. Se empezó apuntando la religión en la cuota de la iglesia.