«Estudia y serás un hombre de provecho»: 34 años para cobrar 1.200€
«Hijo, estudia y serás un hombre de provecho. Haz carrera. No seas como Yonatan, que es un vago repetidor». Quien nació en los ochenta reconoce el mantra. Repetido en la cocina, en el coche, en la sobremesa. Ese consejo sostiene el relato que reaparece cada pocos meses: la fábula del empollón al que le fue mal y del malote al que le fue bien. Dos perfiles de EGB, Pitagorín y Yonatan, seguidos durante tres décadas, y una pregunta de fondo que nadie cierra: cuánto vale de verdad el esfuerzo académico cuando el mercado laboral cambió y el consejo no.
El planteamiento es casi un guion. Pitagorín lleva gafas, raya al lado y matrícula de honor en todo menos gimnasia; es hijo de un directivo de banca o de un perito con esa profesión que antaño se llamaba «de prestigio». Yonatan repite curso, es chulesco, alto de tanto jugar al fútbol en la calle, y su padre es un obrero que pasa las tardes en el bar. A los primeros se les promete un despacho. A los segundos, nada.
Pitagorín: varias becas, 34 años y 600 euros al mes
La cronología del aplicado es un manual de formación perpetua. A los 18 entra en una universidad de prestigio con un 9 de media y encadena una doble licenciatura de seis años. A los 24, dos másteres y posgrados. A los 26, prácticas en un despacho o consultora de primer nivel:
500 euros al mes por doce horas diarias actualizando hojas de cálculo. Al año le comunican que buscaban un perfil «más dinámico».
A los 27 descubre que descuidó los idiomas y se va dos años a una academia en Yorkshire. Vuelve sin amigos nuevos y con la habitación llena de partidas de ordenador. A los 29 acumula becas internacionales, de esas que suenan muy bien en un currículum: parlamento europeo, organismos multilaterales, embajadas. Traje correcto, banderas al fondo,
600 euros mensuales. Sigue siendo becario.
A los 34 regresa y se topa con la pared.
No llega a dos años cotizados, se le cierra la edad máxima para seguir becándose y las empresas grandes lo descartan: para perfiles junior quieren veinteañeros recién titulados. A los 35 ficha en una empresa pequeña por recomendación de un amigo de su padre.
1.200 euros, jornada de 8 a 18 horas, soltero y de vuelta a la habitación adolescente, con los diplomas enmarcados en la pared.
Yonatan: 900 euros con 16 años y el rey del mambo
El otro perfil arranca antes y cobra antes. A los 16 deja el colegio, se coloca en un taller mecánico del barrio y su jefe le paga
900 euros al mes. Para un chaval de esa edad es el rey del mambo: moto, fiesta y vida social multiplicada. A los 18 ya domina el oficio. La ventaja no es el dinero, es el tiempo: entra en el mercado cuando el mercado aún repartía, no cuando ya seleccionaba.
Ahí empieza el problema del relato. La misma historia que ensalza al espabilado suele olvidar el resto del censo. Hay quien recuerda que los perfiles de ese tipo que se metieron en la construcción se reconvirtieron en otros sectores o abrieron bares con lo ahorrado, y hay quien responde que en 2008 se quedaron en la cuneta. También aparecen casos de personas sin estudios que acabaron en la calle y de aplicados que, tras una oposición o una terapia a tiempo, se colocaron muy bien. La moraleja única no existe.
¿Qué decidió de verdad el resultado: el esfuerzo o los contactos?
Aquí el análisis se parte. Una corriente sostiene que el factor determinante nunca fue el expediente, sino la red familiar: hay aplicados mediocres con sueldos altos gracias a contactos, y espabilados sin estudios que medran porque su tío es concejal. Otra responde que eso es seleccionar la excepción y que la mayoría de quien tiene buen nivel de vida pasó por la universidad o montó su propio negocio. Y una tercera apunta a un factor que no sale en las estadísticas: la crisis de 2007, que pilló a toda una generación con treinta años, sin cotización y con la mochila llena de títulos.
El detalle que descoloca, según el repaso que hace uno de los participantes, es el perfil del que triunfa joven en la empresa privada. Ni matrícula ni desastre: media de 8, muchos amigos, deporte, asociaciones, círculos sociales amplios. Ni el genio antisocial ni el vago. El término medio con habilidades.
Formación profesional frente a carrera: la cuenta que sí sale
La comparación más citada es la sanitaria. Un ciclo formativo es gratis y permite trabajar desde los 18; una carrera de salud exige pagar la universidad, esperar al MIR y no empezar antes de los 25. Otro ejemplo repetido: chicas con un ciclo medio de farmacia colocadas al lado de casa desde los 18, sin deudas. Frente a eso, el argumento clásico: dentro del mismo sector, la carrera gana, sobre todo con especialización o práctica privada. Las dos cosas son verdad a la vez, y de ahí la bronca.
Dónde se atasca la discusión
La fábula tiene un defecto de fábrica: convierte dos biografías en dos destinos colectivos. Lo que muestran los casos es más modesto y más incómodo. El aplicado no cobra por saber, cobra por lo que el mercado pague a su saber, y eso depende de la edad de entrada, del sector y de a quién conozca. El espabilado no cobra por serlo, cobra por haber entrado antes en una economía que después se cerró. Con esos mimbres, la frase del comedor sigue sin resolverse: quién acaba mejor no se decide en la mesa de la cocina, sino en el año en que a cada uno le tocó salir a buscar trabajo.