Estudiar programación: la salida laboral que divide a los veteranos
Un programador con tres décadas de oficio lo admite sin trampa: responde «sí» a todas las preguntas con las que otro colega desaconseja meterse en esto —le agotan los problemas que no deberían producirse, le incomoda que nadie sepa explicarle cómo funciona un sistema— y ahí sigue. Esa paradoja resume el estado de la cuestión para quien se plantea estudiar programación en España. La carrera que se vendió durante años como salida garantizada recibe hoy respuestas que van del
ni se te ocurra a una hoja de ruta detallada de estudios, lenguajes y certificaciones. El consenso se ha roto.
Qué estudiar para ser programador: FP, ingeniería o cursos
La vía más repetida no es la universidad. Quien ya vive de esto suele recomendar plataformas de cursos online, o bien un Grado Superior de Desarrollo de Aplicaciones Web (DAW) o de Desarrollo de Aplicaciones Multiplataforma (DAM), cursables los dos en tres años. La ingeniería queda para quien tenga tiempo y ganas. El argumento que más se escucha es que ir a la universidad para acabar haciendo desarrollo web es un desperdicio.
Sin embargo, hay matices. El desarrollo web se aprende sin pisar una facultad, pero quien quiera programar software de ingeniería —se pone el ejemplo de herramientas tipo AutoCAD— necesita los fundamentos matemáticos que solo da la carrera. La distinción importa: no es lo mismo montar un sitio que escribir el motor de un programa técnico. Ahí la
vía rápida no sirve.
El recorrido que describen los más veteranos es escalonado: primero fundamentos, después un lenguaje de front (JavaScript, TypeScript) y otro de back (PHP, Go, C#), luego un framework, más tarde despliegues automáticos, contenedores y nube, y sin olvidar las bases de datos. HTML y CSS son el saber leer y escribir del oficio, no una profesión.
¿Va la IA a eliminar el empleo de programador?
Aquí chocan dos relatos. Uno sostiene que la automatización ya está recortando puestos. Un profesional cuenta que con asistente de código y un chatbot hace sus tareas en
una cuarta o quinta parte del tiempo que necesitaba antes, y afirma que un proyecto de chatbot en una empresa grande hizo que se ventilasen al
90% de los helpdesk. Su pronóstico es que lo mismo llegará a operaciones y a buena parte del soporte.
El otro relato desmonta la urgencia. Las consultoras no venden chatbots para eliminar cinco puestos, sino que venden los cinco puestos y, si el proyecto se prorroga, argumentan que ha subido el volumen de incidencias y piden más. Aunque un chatbot filtre las llamadas, los usuarios no saben resolver nada por sí mismos y el técnico sigue siendo necesario, defiende quien trabaja en soporte. La conclusión compartida, eso sí, es que los primeros en caer serían los juniors.
El muro de los 45 años y las consultoras
La conversación deriva hacia la edad. Varios reconocen que a partir de los 40 o 50 cuesta más asimilar conceptos nuevos y que cada cual se acomoda a lo que ya domina. Se recuerda que en España hubo una época en que, pasados los 45, o se pasaba a gestionar o se estaba en la calle. Frente a eso, otra corriente lo considera un tópico: un electricista de 60 años sigue teniendo trabajo y no hay razón para que un programador no.
El problema real que se señalaba para quien empieza era otro: encontrar el primer empleo. Formarse mientras se trabaja y se forma una familia, con la perspectiva de terminar la carrera cerca de los 43 o 44 años, es el reto que varios apuntan. A eso se suma la exigencia horaria y la recomendación de no regalar horas ni coger el teléfono fuera de jornada.
Oficios que se recomiendan antes que programar
No faltan voces que mandan a otra cosa. Fontanería, electricidad, albañilería, agricultura o incluso opositar aparecen como alternativas más seguras al desarrollo de software. El razonamiento es que el oficio técnico se ha devaluado y que llegan tiempos en los que compensa dominar lo esencial. Hay quien sostiene que un programador mediocre tiene el futuro complicado, porque exige estudio y concentración constantes.
Aun así, la nómina tira. Un asalariado del sector admite el síndrome del impostor cada vez que mira lo que cobra y asegura que ningún otro trabajo paga tanto por el esfuerzo invertido, aunque matiza que no vive en España. Ese contraste —buen sueldo arriba, competencia feroz abajo— explica por qué la pregunta inicial no tiene una respuesta limpia. Con la IA acelerando y la puerta de entrada cada vez más estrecha para el junior, ¿seguirá mereciendo la pena estudiar programación dentro de cinco años?