Un FP de informática a los 36 años: el título no abre la puerta del remoto
Tiene 36 años, una carrera de ADE, un sueldo de 2.600 euros netos al mes y un colchón que le daría para vivir cuatro o cinco años sin trabajar. Vive en Baleares, donde el alquiler se le come 1.000 euros, y su empleo es estacional: seis meses a tope, seis meses casi parado. En esos meses muertos siempre le ronda lo mismo. El plan que pone sobre la mesa es concreto: sacarse un FP Superior de Informática en doce meses —los ciclos online permiten matricularse de todas las asignaturas de golpe— y encontrar trabajo en remoto para instalarse en Tailandia, Vietnam, Malasia o Filipinas. Acepta bajar de sueldo. Le bastan 20.000 o 25.000 euros brutos al año.
La respuesta que recibe se resume en una frase: la primera mitad del plan es difícil; la segunda, casi imposible.
Qué busca exactamente: el título como llave, no la programación como vocación
No hay pulsión vocacional detrás. Lo dice sin rodeos: quiere el papel porque en las ofertas de InfoJobs se lo piden. Ni siquiera le importa que en clase le enseñen cuatro rutinas. Su idea es que el título le abra la puerta a un primer empleo donde aprender de verdad. Reconoce que nunca ha programado nada serio: solo ha copiado y pegado código para bots de trading.
La duda sobre qué ciclo cursar —
Administración de Sistemas Informáticos en Red,
Desarrollo de Aplicaciones Multiplataforma o
Desarrollo de Aplicaciones Web— recibe respuestas dispares. Una corriente defiende ASIR como la combinación natural con ADE: soporte, sistemas, gestión de proyectos y trato con cliente encajan mejor con un perfil administrativo que el desarrollo puro. Otra señala que los ciclos de desarrollo son los más saturados y los que acumulan más candidatos por puesto.
¿Es viable estudiar un FP de informática a los 36 años?
La edad, sorprendentemente, no es el problema central. Hay casos que lo desmienten. Uno de los relatos más detallados del asunto describe a alguien que empezó ASIR con 34, terminó con 36 y encadenó las prácticas con un contrato. Otro arrancó con 38 y encontró trabajo nada más acabar. Un tercero cursó el ciclo de desarrollo con 40 y lo terminó a los 42, aunque fuera de España.
El problema es otro: el sector ha dejado de contratar juniors en volumen. La explicación que más se repite es la subida de tipos: con el dinero caro, las empresas solo aprueban proyectos con rentabilidad demostrable y tiran de perfiles senior que produzcan desde el primer día. Los puestos de entrada, los pocos que hay, se cubren a dedo. Un ingeniero con diez años de experiencia y harto de hacer entrevistas lo resume con dureza: no contrataría a nadie sin al menos un FP, pero tampoco a un autodidacta de bootcamp.
Lo que sí aparece son titulados recientes comiéndose los mocos. Uno de ellos, con DAM terminado y más de 40 años, se define como
cadáver laboral tras encadenar proyectos y frameworks por su cuenta. El caso más crudo que se cuenta es el de un veinteañero que acabó DAM, lo fichó la empresa de prácticas con un contrato de formación de cuatro meses a 800 euros al mes y quedó a la espera de pasar a plantilla. Menos del SMI, para un titulado.
¿Por qué el trabajo en remoto no está pensado para juniors?
Aquí el consenso es prácticamente total. El remoto se ha convertido en un premio de antigüedad, no en una condición de entrada. Quien lo defiende como estándar para recién titulados recibe la misma respuesta una y otra vez: para configurar un entorno, resolver un problema de seguridad, depurar e integrar el trabajo de otro, hacer un fork y luego un merge, hace falta alguien que ya haya pisado esos charcos. Un junior a distancia, con un mentor disponible por videollamada, es una carga de gestión que muchas empresas no quieren asumir.
Hay un matiz generacional que sí juega a favor del perfil veterano. Varias voces del sector sostienen que cada vez se ficha más gente mayor, con o sin experiencia previa, harta de niñatos que duran menos que un contrato. La experiencia laboral previa, aunque no sea técnica, cuenta. Un perfil de ADE que haya tratado con clientes, plazos y presupuestos no parte de cero.
¿Se puede teletrabajar desde Tailandia para una empresa española?
La respuesta corta es que no, y la larga también. Un profesional que ya trabaja en remoto desde Alemania lo dice sin adornos: ninguna empresa le deja teletrabajar desde otro país, y si lo hiciera ya se habría ido él. El motivo es fiscal y legal: cambiar de jurisdicción obliga a la empresa a resolver convenios de doble imposición, seguridad social y cumplimiento normativo. Nadie monta esa infraestructura por un junior.
La única puerta que se abre es la del
freelance. Facturar como autónomo a clientes extranjeros sortea el problema del país de residencia, pero exige una cartera propia que nadie tiene recién salido del ciclo. Quien lo ha logrado lo hizo con páginas para clientes pequeños, no con un contrato laboral.
Las alternativas que encajan con un perfil de ADE
Si el objetivo es el remoto y la formación es de un año, el desarrollo no es el camino más corto. Las propuestas más repetidas apuntan a tres direcciones. La primera es la analítica de datos y la ciencia de datos, donde las matemáticas y el perfil cuantitativo pesan más que la capacidad de picar código. La segunda es el ecosistema empresarial: SAP y Salesforce. La tercera es la gestión de proyectos, terreno donde el remoto es habitual porque los equipos están repartidos entre países y el perfil que buscan es precisamente el de alguien con experiencia laboral a la espalda.
También aparece una opción que nadie del sector tecnológico había considerado: un máster online de profesor de español para extranjeros. Quien la propone vive en Asia desde hace más de una década.
Quién lo ha conseguido y en cuánto tiempo
El caso que mejor mide la distancia entre el deseo y el resultado es el de un titulado en ASIR que empezó con 34 años. Terminó las prácticas en diciembre, se quedó en la empresa con una semana presencial y otra remota, cambió de compañía a los nueve meses y hoy trabaja al 100% desde casa. Cobró 16.000 euros de soporte, pasó a 20.500 al cambiar de empresa, subió a 22.000 al moverse a sistemas y ahora negocia 26.000 como coordinador de servicio. En total, menos de tres años desde el título.
Tres años para llegar al remoto desde un punto de partida privilegiado: una titulación ya en el bolsillo, un mercado que en ese momento sí absorbía juniors y una trayectoria sin interrupciones. El plan que abre este asunto asume doce meses de formación y un salto directo al otro lado del mundo. Entre una cosa y otra hay, según todos los relatos, un tramo intermedio de entre tres y cinco años que nadie dibuja en los folletos comerciales de los centros de FP.
Ahí se atasca la conversación. Nadie discute que el título se pueda sacar. Nadie discute tampoco que abra puertas a medio plazo. Lo que no aparece por ningún lado es el atajo: el primer empleo en remoto, desde España, sin experiencia previa, siendo junior y con 36 años. Ese puesto existe en teoría y no lo ha visto nadie en la práctica.