Estupor en la sanidad penitenciaria de Marlaska: 3.000 presos con trastornos graves y ningún psiquiatra contratado

Estupor en la sanidad penitenciaria de Marlaska: 3.000 presos con trastornos graves y ningún psiquiatra contratado
RESUMEN DEL MENSAJE INICIAL · elaborado con IA

La sanidad penitenciaria española se encuentra en una situación crítica, con una notable escasez de psiquiatras y médicos, lo que afecta gravemente a la atención de miles de internos con trastornos mentales. La ley que preveía su integración en el Sistema Nacional de Salud, aprobada hace más de 20 años, sigue sin cumplirse.

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La sanidad penitenciaria española se encuentra en una situación crítica, con una notable escasez de psiquiatras y médicos, lo que afecta gravemente a la atención de miles de internos con trastornos mentales. La ley que preveía su integración en el Sistema Nacional de Salud, aprobada hace más de 20 años, sigue sin cumplirse.

La ley olvidada de la sanidad en las cárceles

Hace ya más de dos décadas, en el año 2003, se aprobó una ley, la de Cohesión y Calidad del Sistema Nacional de Salud, que establecía algo que hoy parece casi un sueño: que la atención sanitaria dentro de las prisiones españolas se integrara en los servicios autonómicos de salud. La idea era sencilla: que un preso tuviera, en teoría, una atención médica similar a la de cualquier ciudadano. El plazo que se dio para esa integración eran apenas 18 meses. Han pasado 23 años y la cosa sigue sin estar hecha. La administración, al parecer, no ha cumplido con lo que la propia ley dictaba. Y mientras tanto, los profesionales sanitarios que trabajan en las cárceles llevan años avisando de que la situación va a peor.

La falta de facultativos es un problema gordo. Y no solo en psiquiatría. Hablamos de médicos de atención primaria, de especialistas que puedan hacer un seguimiento continuo. En algunos centros, la cosa está tan mal que directamente no hay médico y se tapan los agujeros con telemedicina. Es decir, se llama a un colega por videoconferencia para resolver una urgencia. La atención sanitaria en las cárceles, según quienes la conocen de cerca, se sostiene a base de "parches". Cada prisión es un mundo, y las soluciones varían desde convenios puntuales con hospitales cercanos hasta la contratación de profesionales privados que van de vez en cuando.

El déficit de psiquiatras, un problema de salud mental

El agujero es especialmente sangrante cuando hablamos de salud mental. Se estima que entre el 4% y el 5% de los internos en las cárceles españolas, lo que podría suponer entre 2.500 y 3.000 personas, sufren trastornos mentales graves. La mayoría de ellos se encuentran en prisiones ordinarias, sin un psiquiatra de plantilla esperándoles. Las plazas estructurales de psiquiatras se concentran principalmente en los dos hospitales psiquiátricos penitenciarios que hay en España, uno en Alicante y otro en Sevilla. Allí sí que hay profesionales, pero para el resto de las cárceles, la presencia de un especialista en salud mental no está garantizada.

Hay alguna experiencia puntual, como en Madrid, donde se intenta cubrir de alguna manera, pero no es la norma. Las únicas comunidades donde la cosa funciona algo mejor son Cataluña y el País Vasco, porque allí la sanidad penitenciaria ya está transferida a sus respectivos servicios de salud. En el resto, la falta de médicos y, sobre todo, de psiquiatras, es la tónica habitual. ¿Quién va a querer trabajar en una cárcel? Las condiciones no son las mejores, el sueldo suele ser inferior, no hay una carrera profesional clara y, además, cada vez hay menos compañeros para repartir el trabajo. Las convocatorias de empleo para cubrir estas plazas son un reflejo de la dificultad: salen 80 plazas y se presentan solo siete personas.

Un sistema que se desmorona por falta de personal

La situación actual, con miles de presos sufriendo trastornos mentales graves y sin acceso a la atención especializada que necesitan, pone de manifiesto un problema estructural que viene de lejos. La ley de 2003 contemplaba la integración en el Sistema Nacional de Salud, pero esa integración no se ha completado. La consecuencia es que el sistema penitenciario se ve obligado a improvisar, a "parchear" constantemente. Esto no solo afecta a las condiciones laborales de los profesionales sanitarios, que se ven desbordados, sino que pone en riesgo el derecho básico de cualquier persona privada de libertad a recibir una atención sanitaria adecuada.

La falta de personal facultativo en las prisiones es un problema que se agrava con el tiempo. Las dificultades para cubrir plazas, las peores condiciones profesionales y la pérdida progresiva de médicos han creado un caldo de cultivo para la crisis actual. La integración sanitaria en las prisiones, tal como se planteó hace más de dos décadas, no es solo una cuestión de eficiencia, sino de garantizar un derecho fundamental. Mientras tanto, la sanidad penitenciaria española sigue funcionando con un modelo precario que amenaza con dejar las cárceles cada vez más desprovistas de servicios médicos esenciales.

Datos clave
  • 3.000 internos con trastornos mentales graves.
  • Ley de 2003 sin cumplir en su totalidad.
  • 23 años desde la aprobación de la ley de integración.
  • 4-5% de la población reclusa con trastornos mentales graves.
  • 2 hospitales psiquiátricos penitenciarios.
Fuente: okdiario.com
Resumen generado con inteligencia artificial a partir del primer mensaje del tema.

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La sanidad penitenciaria española de Fernando Grande-Marlaska afronta una situación límite: faltan médicos, la atención primaria está deteriorada y los psiquiatras de plantilla prácticamente han desaparecido de las prisiones, salvo en los dos hospitales psiquiátricos penitenciarios y en aquellas comunidades donde la sanidad penitenciaria ya ha sido transferida, es decir, Cataluña y País Vasco. En algunos centros, incluso, se recurre a la telemedicina para cubrir determinadas urgencias ante la ausencia de facultativos.

Así lo denuncia José Joaquín Antón, presidente de la Sociedad Española de Sanidad Penitenciaria, que advierte de que la asistencia sanitaria en las cárceles se está sosteniendo a base de «parches». «No hay personal facultativo y, por lo tanto, la atención de salud mental, como la atención sanitaria en general, está muy deteriorada», señala.

La situación varía de una prisión a otra. En el centro penitenciario de Albolote, en Granada, por ejemplo, un psiquiatra del Servicio Andaluz de Salud acude una vez por semana gracias a un convenio que permite que un profesional sanitario pase consulta en la prisión. Pero no es una solución generalizada. «Cada prisión es un mundo», explica Antón. En otros centros se recurre a profesionales privados que acuden puntualmente y, en algunos casos, ni siquiera existe un psiquiatra disponible.

El problema, según el presidente de la Sociedad Española de Sanidad Penitenciaria, es estructural. «Mientras no se cumpla la ley y nos integremos en el Sistema Nacional de Salud, no va a haber solución», sostiene.

Una ley aprobada hace 23 años​

La integración de la sanidad penitenciaria en los servicios autonómicos de salud no es una reivindicación nueva. La Ley de Cohesión y Calidad del Sistema Nacional de Salud, aprobada en 2003, estableció en su disposición adicional sens que los servicios sanitarios de las instituciones penitenciarias debían integrarse en los correspondientes servicios autonómicos de salud en un plazo de 18 meses.

Han pasado más de dos décadas y esa integración continúa sin completarse.

«La Administración no cumple la ley», resume Antón. Desde entonces, advierte, los profesionales sanitarios de prisiones llevan años alertando de las consecuencias de una situación que ha ido agravándose: dificultades para cubrir plazas, peores condiciones profesionales y una pérdida pogre de médicos.

El déficit resulta especialmente llamativo en un momento en el que el sistema sanitario general también reclama más facultativos. «¿Quién va a venir a trabajar en una cárcel, ganar menos dinero, no tener carrera profesional y no poder ejercer tu profesión adecuadamente porque cada vez somos menos?», plantea.

La dificultad para cubrir las plazas queda reflejada, según Antón, en las propias convocatorias. «Es la única oposición en este país en la que salen 80 plazas y se presentan siete personas», afirma, en referencia a convocatorias anteriores del Cuerpo Facultativo de Sanidad Penitenciaria.

Sin psiquiatras de plantilla en la mayoría de las prisiones​

El déficit es todavía más acusado en psiquiatría. Las plazas estructurales de psiquiatras se concentran fundamentalmente en los dos hospitales psiquiátricos penitenciarios existentes en España, situados en Alicante y Sevilla.

En el resto de las prisiones, la presencia de especialistas no está garantizada. Existen experiencias puntuales en algunos centros, como en Madrid, pero la situación dista mucho de ser homogénea.

La excepción son Cataluña y el País Vasco,donde la sanidad penitenciaria está transferida y existen dentro de las propias prisiones profesionales y servicios de salud mental.

La consecuencia es especialmente relevante teniendo en cuenta la elevada prevalencia de trastornos mentales graves entre la población penitenciaria. Los hospitales psiquiátricos penitenciarios de Alicante y Sevilla acogen conjuntamente alrededor de 500 internos que cumplen medidas de seguridad de internamiento, no condenas ordinarias.

Pero el grueso de las personas con trastornos mentales graves permanece en las prisiones ordinarias. Según las estimaciones que maneja Antón, entre un 4% y un 5% de los internos podrían presentar trastornos mentales graves. Eso situaría la cifra en torno a 2.500 y 3.000 personas.

Y la mayoría de ellas, advierte, están ingresadas en centros penitenciarios ordinarios «sin psiquiatras de plantilla».

«Se está parcheando, parcheando y parcheando»​

El déficit no se limita a la salud mental. También faltan médicos de atención primaria y facultativos capaces de garantizar un seguimiento sanitario continuado.

Antón pone como ejemplo centros en los que directamente no hay médico y en los que determinadas necesidades se atienden mediante telemedicina. «No hay seguimiento de nada», lamenta.

La situación se resuelve de manera diferente en cada prisión: convenios puntuales con hospitales, profesionales que acuden una vez a la semana, contratación externa o telemedicina. «Se está parcheando, parcheando, parcheando», resume.

Para Antón, el problema no puede atribuirse únicamente a las comunidades autónomas. La integración prevista legalmente exige una actuación de la Administración central que permita transferir los recursos y garantizar la financiación necesaria.

Mientras tanto, la sanidad penitenciaria continúa funcionando con un modelo que, según los profesionales, amenaza con dejar cada vez más vacíos los servicios médicos de las cárceles españolas.

Una situación que lleva más de 20 años pendiente de solución y que afecta no sólo a las condiciones laborales de los profesionales, sino también a la capacidad del sistema penitenciario para garantizar un derecho básico: que una persona privada de libertad pueda recibir dentro de una prisión una atención sanitaria equivalente a la que tendría fuera de ella.

 

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