Daly y Wang Yi coinciden: no se puede pedir paz y enviar armas
La eurodiputada irlandesa Clare Daly sostiene que cuantas más armas entren en Ucrania, más ucranianos morirán, y que quienes las envían fingen simpatía hacia ellos. Lo dijo en el Parlamento Europeo, en una réplica al eurodiputado búlgaro Angel Dzhambazki sobre las sanciones a Rusia y el suministro de armamento. Su tesis no viaja sola: el ministro de Exteriores chino, Wang Yi, trasladó por teléfono a Emmanuel Bonne, consejero diplomático de Macron, que «uno no puede apoyar las conversaciones de paz en Ucrania y, al mismo tiempo, enviar armas» a ese país. Pekín añadió que busca «un alto el fuego lo antes posible». El asunto admite varias lecturas y ninguna cómoda.
El doble rasero: pedir paz y mandar munición
En su lectura, el volumen de armamento determina cuánta carne propia se sigue poniendo sobre la mesa. Daly no habló de
geopolítica abstracta, habló de muertos. El argumento es simple y difícil de rebatir sin incomodidad: los mismos gobiernos que dicen lamentar la muerte de civiles ucranianos son los que alimentan la maquinaria que los mata. La escena, una diputada hablando del coste humano mientras su interlocutor le da la espalda, resume mejor que cualquier comunicado el divorcio entre el lenguaje de la solidaridad y la contabilidad real.
¿Qué dijo exactamente China sobre las armas a Ucrania?
Que no se puede sostener a la vez el discurso de la paz y el envío de munición. Wang Yi lo formuló en una conversación telefónica con el principal consejero diplomático de Macron: apoyar las conversaciones de paz y mandar armas al mismo país es una contradicción, no una estrategia. Pekín se ofrece como parte interesada en el alto el fuego.
Hay quien ve en ese mensaje un cálculo propio: que la contienda consuma a Rusia y desgaste a Occidente mientras China se coloca en el papel de mediador. La hipótesis no se puede verificar con lo que hay sobre la mesa, pero tampoco es inocente. El timing de la llamada, con Europa discutiendo nuevos paquetes militares, invita a la suspicacia.
¿Qué prometió Josep Borrell en su viaje a Kyiv?
500 millones de euros más en armas y un «mensaje de solidaridad». El alto representante europeo viajó a la capital ucraniana junto a Ursula von der Leyen para escenificar el respaldo europeo, y lo hizo con las dos cosas en el mismo paquete: afecto institucional y material militar. Solidaridad y munición, sin desglose de a quién corresponde cada euro.
La ironía la señaló media conversación pública: se promete apoyo humano mientras se amplía el suministro que garantiza que la guerra siga teniendo combustible. En Bruselas eso se llama compromiso firme. Desde fuera, se parece bastante a una factura con dos conceptos.
El negocio: armas, vacunas y quién paga la cuenta
Detrás del relato humanitario aparece siempre la pregunta por el beneficiario. Se cifra en
75.000 millones de dólares la subida en Bolsa de la industria armamentística estadounidense en plena contienda. Y se repite sin pruebas una cifra de
36.000 millones de dólares para el contrato de la vacuna de Pfizer con la Unión Europea, con mención incluida del marido de la presidenta de la Comisión. Conviene decirlo claro: esa vinculación concreta es una sospecha recurrente y nunca demostrada, repetida en foros y redes sin pruebas aportadas.
Lo que sí es comprobable es la mecánica general. La industria de defensa cotiza al alza cuando hay conflicto, y el erario público paga la reposición del material donado. Quien firma los envíos no pierde; quien los financia, sí. Otra línea de comentario avisa de que el suministro acerca un escenario nuclear y reprocha a Bruselas haber clasificado la energía nuclear como verde en su taxonomía, lo que en el fondo es la misma discusión: quién define lo deseable y a qué precio.
¿Rendirse o resistir? La fractura del relato
Aquí se rompe cualquier consenso. Una parte defiende que Ucrania está plantando cara gracias a las armas y asesores que recibe de forma masiva, y que sin esa ayuda el ejército ucraniano no habría aguantado ni una semana: entregar ahora sería regalar la negociación. Otra responde que esas armas son precisamente lo que permite una paz equilibrada, porque los Estados que invaden solo entienden el lenguaje de la fuerza.
Enfrente, la tesis del coste: cada mes de contienda destruye un país que se queda sin hombres, sin infraestructura y sin futuro, y lo hace con la financiación de socios que no ponen bajas. La pregunta incómoda es a quién beneficia el alargamiento. Y hay una tercera vía, minoritaria y bastante cínica: si el objetivo fuera solo la paz, bastaría con dejar de alimentar el frente.
Si algo cabe anticipar, con la información disponible, es que el flujo de armas y la retórica del alto el fuego seguirán avanzando en paralelo, cada uno por su carril. Ninguna de las partes parece dispuesta a ceder primero, y una advertencia que recorre el hilo apunta a que la factura llegará en euros, vía impuestos y deuda, mientras los muertos se siguen contando en otra moneda.