Évole, Ternera y el blanqueo que no le salió como esperaba
¿Se puede sentar ante un exdirigente de ETA y levantarse sin haberle lavado la cara? Esa es la pregunta que atraviesa la entrevista de Jordi Évole a Josu Ternera y, sobre todo, las explicaciones posteriores del propio periodista. Évole ha venido a decir que esperaba encontrarse a un interlocutor
conciliador y que el resultado fue justo el contrario. La frase que más ha escocido es otra: que no puede juzgarle porque no le conoce en persona. A un hombre al que se señala como dirigente histórico de la banda y al que, en el hilo, se atribuye el asesinato de
siete niños, entre otras víctimas. Ahí se acabó la conversación amable.
Qué se le reprocha a la entrevista de Évole
La queja dominante no es que se entreviste a un exdirigente de ETA, sino cómo se hace. Buena parte de las réplicas apuntan a que el formato busca el perfil humano, la explicación, el matiz; es decir, la simpatía. Se sostiene que el entrevistado nunca se mostró arrepentido y que el entrevistador trató de convertirlo en cordero. La decepción confesada por Évole se lee, desde ese lado, como
teatrillo: una forma de salir bien parado después de comprobar que el intento no cuajaba.
El argumento de que nadie puede juzgar a quien no trata en persona tiene un reverso incómodo. Si ese fuera el criterio, ningún tribunal podría condenar a nadie, porque ningún juez comparte mesa con el acusado. Lo que se le pide al periodista, en el fondo, es el juicio que él mismo declina hacer: una valoración sobre el entrevistado que no dependa de la simpatía personal.
La otra lectura señala al periodista, no al terrorista. Si alguien ha dedicado su vida entera a una causa y no ha pedido perdón ni una vez, ¿por qué iba a aparecer conciliador en un plató? El fallo de partida estaría en el propio encargo: convertir una entrevista en una sesión de reconciliación que nadie había pedido. Un comentario lo resume con sorna:
el festival de Cannes acabará inaugurando su edición con la entrevista a un terrorista condenado.
Dos entrevistas, dos raseros: del exnazi al exetarra
El contraste más repetido es el del documental sobre un exnazi arrepentido. Allí el entrevistado disparaba contra su antigua ideología y el producto funcionaba como denuncia. Con Ternera, el objetivo parece el inverso: mostrar que todo tiene dos versiones, que hay que escuchar y que quizá no eran tan malos.
Dos entrevistas y dos varas de medir para dos personas que, sobre el papel, comparten pasado criminal.
Hay quien da la vuelta al argumento y apunta que el exnazi es el monigote perfecto para otra cosa: asociar cualquier disidencia con el chalado de turno. Es decir, que el problema no sería el rasero distinto, sino el uso interesado de los entrevistados. Bajo esa lógica, el personaje sirve al guion, y el guion casi nunca lo escribe el personaje. La pregunta que queda flotando es quién sale peor de las dos entrevistas, si el que disparó o el que le puso el micrófono.
Miguel Ángel Blanco y el día en que ETA perdió la calle
La conversación se remonta al punto de inflexión. Un testigo directo recuerda que el secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco cambió el clima social: la gente salió a la calle en el País Vasco y en el resto de España, la banda perdió el apoyo de los no politizados y parte de los suyos empezó a tener miedo. La misma persona relata que, la noche del desenlace, una multitud intentó asaltar la sede de una formación del entorno en la
calle Urbieta de San Sebastián y que la Ertzaintza lo impidió.
La respuesta a esa evocación es breve y afilada: a los hechos nos remitimos, hay condenados por
terrorismo con escaño. La discusión ya no es histórica, es sobre lo que vino después. Unos sostienen que aquello fue el principio del fin de ETA; otros, que fue el arranque de su reciclaje institucional. Entre medias queda una generación que aprendió a mirar para otro lado.
De la Herriko Taberna a las listas europeas
Ahí entra la política. En plena campaña de las europeas, un acto de apoyo a la candidatura
Ahora Repúblicas —EH Bildu, ERC, BNG y otras formaciones soberanistas de izquierdas— se anunciaba para las 19:30 en una Herriko Taberna, con nombres propios del independentismo vasco. Para una parte de la conversación, eso es la prueba de que la pistola se cambió por el escaño sin pasar por la vergüenza. Se recuerda incluso que el Parlamento Vasco designó a Ternera para presidir su comisión de derechos humanos, con los votos que se le atribuyen a
HB y PNV en aquella legislatura.
No todos lo ven igual. Se argumenta que identificar a las formaciones herederas de aquel entorno con la banda es un error de bulto: son izquierda independentista vasca, saben que con las armas no se conquista el poder y por eso llevan años jugando en las urnas. Sobre la mesa queda la otra mitad del asunto: que el Gobierno central pacte con esos grupos es, para el sector más crítico, el verdadero problema, y que la entrevista solo lo envuelve con papel de regalo. El asunto saltó además a las páginas de cabeceras generalistas como El Mundo y ABC.
Un final abierto
Lo que queda es una entrevista que, si pretendía acercar posturas, ha logrado lo contrario: cada cual ha vuelto a su trinchera con los argumentos de siempre y las víctimas siguen citadas de memoria. El único conciliador de todo el asunto era el guion. Y ni ese aguantó el plano.