Un campo de granados: 16.220 kilos que se quedan en 397 euros
16.220 kilos de granadas. 397 euros. La división sale a
0,024 euros el kilo, dos céntimos y medio. Es la liquidación que ha recibido un propietario de unos 800 granados repartidos en dos hectáreas, árboles jóvenes que daban su primera cosecha y que, por falta de calibre, la cooperativa destinó íntegramente a industria. En la misma estantería donde se vendía ese lote, la granada de mesa se ofrecía a
2,29 euros el kilo. Entre esos dos extremos hay un margen que nadie ha sabido explicar todavía con números.
El precio de la granada en origen: 0,024 euros el kilo
El productor no discute que la fruta sin calibre valga menos que la de mesa. Lo que le chirría es la magnitud. La cosecha se vendió
en el árbol: sin mano de obra de recogida, sin transporte, sin refrigeración y sin merma asumida por él. La cooperativa pesó y pagó. Ni siquiera conoció el precio antes de la recogida, y admite que, de haberlo sabido, habría dejado la fruta colgada o habría buscado otro comprador. Frente a esos 397 euros, un capítulo que sí controla:
600 euros de agua de riego y un recibo pendiente de unos 200.
El cultivo no se plantó para esto. Los granados sustituyeron a los naranjos con la expectativa de que el kilo se pagara a
60 céntimos, veinticinco veces lo finalmente liquidado. Arrancar los cítricos, plantar los nuevos, podarlos y mantenerlos se delegó en un técnico agrícola con experiencia que, sin embargo, nunca había comercializado granada. Se decidió así, sin estudio de viabilidad formal para dos hectáreas, con un objetivo modesto: que la finca cubriera sus propios gastos.
De 2 céntimos en el campo a 2,29 euros en el supermercado
Lo que más ha sorprendido a este productor es la clasificación. Lo que a él le califican como fruta sin valor es exactamente lo que ve en las cadenas de distribución españolas. Hay quien calcula que el margen de la granada se multiplica por cien entre origen y destino, y quien añade un factor de escala: 16 toneladas no son una caja ni un palé, son
un camión entero. A ese volumen no se le hacen favores; se le impone precio.
Aparece también la comparación internacional. Un consumidor que pasó el verano en Alemania describe fruta etiquetada como originaria de España, con calidad similar a la mejor de aquí, a precios algo inferiores a los españoles y con sueldos muy superiores. La conclusión implícita incomoda: alguien está pagando la ineficiencia del tramo intermedio, y no es precisamente el que pone el agua.
¿Por qué el agricultor no vende directamente su fruta?
La respuesta corta: porque no es gratis y no siempre compensa. Las propuestas van desde el mercadillo hasta el puesto compartido entre varios productores, pasando por la venta directa en redes de mensajería o el canal corto en un local comercial que abre dos días por semana y cede el resto a otros agricultores. El argumento económico tiene su lógica: si el supermercado vende a 2,29, un mayorista que compre a 50 céntimos sigue ganando dinero, y el campo ingresaría veinte veces lo cobrado.
El freno son los requisitos y la estructura. Carnet de manipulador de alimentos, alta en la Seguridad Social, registro sanitario y licencia municipal. Una parte de la discusión se centra en si el agricultor ya cumple varios de esos trámites por su actividad habitual. Otra parte avisa de lo obvio: montar un punto de venta exige trabajadores, transporte y embalaje, gastos que una producción pequeña no cubre. El propio interesado lo zanja: tiene otro negocio, no vive del campo y no va a abrir una frutería para dar salida a 16 toneladas.
El papel de las subvenciones y del arranque de cultivos
Otra línea de análisis sostiene que la rentabilidad real de muchos cultivos leñosos no está en la venta, sino en la
PAC y en los planes de reestructuración: arrancar una plantación y volver a plantar genera ayudas. Se llega a afirmar, sin ninguna comprobación, que quitar los granados dejaría más dinero que la propia cosecha. Es una sospecha genérica, no verificada en este caso concreto, pero circula con naturalidad en un sector donde el precio de liquidación y el precio final apenas se hablan.
Qué cuesta mantener una plantación joven de granados
Agua, poda, arranque de los árboles anteriores y plantación de los nuevos. Todo eso se pagó. El cálculo inicial era simple: con el kilo a 60 céntimos, la finca se sostiene. Con el kilo a dos céntimos, ni el riego. La pregunta que queda en el aire es si la primera cosecha de árboles jóvenes es un mal dato coyuntural o el anticipo del modelo.
Dónde se atasca la cuenta
El productor rechaza la etiqueta de damnificado: expone hechos, no denuncia, y espera que el año próximo haya más kilos y mejor calibre. Nadie ha dado aún una cifra que cierre la distancia entre los dos precios. No es por qué una granada sin calibre vale poco. Es por qué esa misma granada sin calibre, la que sale de la cooperativa a 0,024 euros, reaparece en la estantería a 2,29. Ahí se acaba el análisis disponible y empieza el de otro.