Brujas: el país que no las quemó y el mapa que lo niega
¿Existieron las brujas? La pregunta, formulada así, en seco, admite tres respuestas incompatibles y ninguna cómoda. Que eran charlatanas con un recetario de hierbas. Que eran víctimas de una histeria colectiva con jueces crédulos. O que detrás de la figura había algo más oscuro que el simple curanderismo rural. La discusión arranca con una tesis provocadora: si en España nunca hubo una caza de brujas como Dios manda, quizá el país pagó esa indulgencia con siglos de un feminismo mal entendido. La hipótesis es tentadora. Y, como casi todo lo tentador, se cae en cuanto se miran los números.
El mapa que se contradice solo
El dato más demoledor que circula es un mapa de persecución por regiones. Según ese mapa,
Vizcaya, Gipuzkoa y el norte de Navarra figuran como zonas de «fuerte persecución», cuando en realidad allí se documenta
una sola ejecución. En cambio, la divina Francia aparece como área de baja persecución… con
1.663 ejecuciones contabilizadas. El instrumento se refuta a sí mismo. No hace falta ser estadístico para ver que la escala está invertida.
Hay quien sostiene que el problema no es el mapa, sino el relato que lo acompaña. La búsqueda de «cazadores de brujas famosos» devuelve listas donde el
segundo cazador más importante de la historia sería Alonso de Salazar y Frías, el inquisidor que precisamente dictaminó que las brujas no existían y que todo el asunto de Zugarramurdi era una patraña. Poner al escéptico en el podio de los verdugos es un síntoma: la leyenda negra funciona en las dos direcciones.
¿Por qué España ejecutó tan poco y Francia tanto?
La respuesta corta: método. La Inquisición española operaba con garantías procesales heredadas del derecho romano, con lógica escolástica y con exigencia de prueba. El famoso
nihil obstat y la censura previa de libros convivían con un sistema donde el acusado podía rebatir. En los territorios protestantes, la autoridad religiosa era la comunidad local, y la comunidad local no necesitaba expediente para encender una antorcha.
Eso no convierte al Santo Oficio en un club de debate. Era, ante todo, un instrumento de poder. Cambie un chivatazo por brujería por uno por sospecha de criptojudaísmo y la maquinaria se ponía en marcha con toda su parafernalia. La diferencia es de procedimiento, no de bondad. Pero el procedimiento mata menos.
La brujería como negocio de la eterna juventud
La tesis más repetida en el análisis contemporáneo es que la brujería histórica era, en el fondo, farmacología rudimentaria: drogas, alucinógenos, ungüentos con los que se intentaba lo de siempre. Derrotar el muro. La eterna juventud. Hoy lo intentan masas de consumidoras con potingues y operaciones plásticas. La brujería se ha democratizado. Bienvenidos a la modernidad.
Ese hilo conduce a una observación incómoda: el pensamiento mágico tiene género. Las videntes, las tarotistas, las que compran cremas con promesas imposibles son mayoritariamente mujeres. No por incapacidad intelectual —hay opositoras a jueza— sino por otra cosa. La publicidad de cosméticos funciona como funcionaban las pócimas: vende esperanza a cambio de dinero.
El inquisidor que inventó el análisis moderno
Alonso de Salazar y Frías merece un párrafo aparte. Puso las bases del análisis moderno de la histeria colectiva antes de que existiera la psicología social. Lo citan con honor Julio Caro Baroja, H.C. Lea, Carl Sagan, Thomas Szasz, Marvin Harris, Gustav Henningsen, Menéndez Pelayo y Joseph Pérez. Ocho autores de primera fila. Y ni siquiera tiene una calle. La paradoja es perfecta: el hombre que desmontó la caza de brujas es menos conocido que las brujas que desmontó.
Su método era simple: ante la acusación, exigir prueba. ¿Dices que esta mujer voló? Enséñame el acta. ¿Que hizo un pacto? Muéstrame el documento. Sin prueba, no hay caso. Eso, en el siglo XVII, era revolucionario. Y sigue siéndolo.
¿Y si el problema no fueron las brujas sino lo que vino después?
La tesis de que el feminismo español nace de una caza de brujas inexistente se desmonta con cronología. Hasta los años 90 no se observa un grado especial de histerismo en la mujer española respecto a sus vecinas europeas. El fenómeno arranca después, con tres factores concurrentes: desarrollo económico acelerado, incorporación masiva al mercado laboral y un marco legal que premia la denuncia. Nada que ver con Zugarramurdi.
Queda la pregunta de fondo, la que nadie cierra: si la brujería era solo superchería, ¿por qué la figura persiste? ¿Por qué hay quien hoy practica rituales, invoca fuerzas o busca contacto con lo que no se ve? La respuesta fácil es que la estupidez es eterna. La difícil es que hay miedos atávicos que ninguna época de ciencia disuelve del todo. Y sobre eso, la estadística no dice nada.