El libre comercio no construyó ninguna potencia: la historia tira la escalera
El liberalismo se vende como receta para el desarrollo, pero el registro histórico apunta justo en la dirección contraria. Los países que hoy predican el libre comercio —Estados Unidos, Alemania, Francia, Italia, Japón, Corea del Sur o Taiwán— comenzaron protegiendo sus industrias nacientes con aranceles y apoyo estatal. El caso del Imperio Otomano, que abrió sus mercados con aranceles de solo el 3%, terminó en la práctica con su artesanía local destruida y el imperio convertido en dependiente de las potencias europeas.
La escalera que nadie reconoce
La secuencia se repite en casi todos los casos: primero se protege la industria propia, se alcanza la competitividad, y solo entonces se descubre el evangelio del librecambio. Alexander Hamilton diseñó ese plan para Estados Unidos a finales del XVIII. Gran Bretaña, mientras tanto, combinó aranceles con un sistema colonial que convirtió el mercado indio en un coto privado. Cuando los británicos abrieron su mercado, fueron inundados por mercancías alemanas; la respuesta fue la ley “made in Germany”, un intento de usar el patriotismo para frenar las importaciones.
La ironía tiene nombre: la política comercial británica incluyó aranceles contra los paños flamencos y no fue hasta la conquista holandesa de 1688 cuando se les obligó a abrirse. Ni siquiera entonces les fue bien a todos: las colonias americanas, explotadas como mercado cautivo, acabaron independizándose.
Proteccionismo sin base también fracasa
España protegió la industria textil catalana con aranceles durante todo el siglo XIX, y el resultado fue una industria que jamás pudo competir fuera y un empobrecimiento general. Argentina aplicó un proteccionismo sin desarrollar antes las fuerzas productivas, sin fuentes energéticas propias ni minerales, y con una élite económica cómoda viviendo del mercado interno: el ingreso medio argentino duplicaba al italiano y triplicaba al español, pero no había ambición exportadora. Y Líbano, el único país que se lanzó al liberalismo casi puro, terminó de pena.
Los datos no dejan en buen lugar al relato del libre comercio como motor de desarrollo. Quizá la pregunta no es si una nación puede prosperar con él, sino quién se beneficia cuando la potencia que ya escaló la montaña predica el librecambio a los que vienen detrás.