Magnesio: piernas que dejan de doler y el miedo al exceso
Un mareo por la mañana, en plena jornada de trabajo, bastó para abandonar de golpe un suplemento que se llevaba tomando desde hacía una larga temporada. Ocurrió dos años antes de que arrancara esta recopilación de experiencias, y la duda quedó congelada: ¿fue el magnesio o fue cualquier otra cosa? Dos años después, la pregunta sigue abierta y a su alrededor se ha ido acumulando material heterogéneo: piernas que dejan de doler, formas farmacéuticas que se absorben mejor que otras, dosis cercanas al gramo diario y un temor al exceso que no termina de confirmarse. De fondo, la cuestión que nadie cierra: ¿es realmente necesario suplementar?
¿Por qué se dice que faltan minerales en los alimentos?
El argumento más repetido no apunta al magnesio, sino al suelo. Se sostiene que desde la llamada
revolución verde los alimentos llegan a la mesa con menos minerales, porque abonar con NPK —nitrógeno, fósforo y potasio— no equivale a hacerlo con estiércol, guano, gallinaza o compost. A eso se suma el regadío y la agricultura intensiva, que empobrecen la tierra y degradan la microbiota encargada de transformarla y hacer disponibles esos nutrientes. La conclusión que se extrae es simple: si el alimento no los trae, la vía del suplemento pasa a ser razonable. El razonamiento es plausible y está muy extendido, aunque en el material no aparece ninguna medición de suelo o de composición de alimentos que lo cuantifique.
Los efectos que describen quienes lo toman
El caso más detallado empieza con dolores en los huesos de las manos, el tendón de Aquiles y las rodillas, calambres y piernas que daban saltos solas por la noche. A los 20 minutos de carrera las piernas ya estaban listas. Tras empezar con el suplemento, esa persona describe una reversión progresiva de todo lo que tenía dañado hasta volver a correr una hora sin problemas. En otro relato, la mejoría se notó en el aspecto de la piel; en un tercero, en articulaciones e inserciones, combinado con colágeno. Hay quien lo toma por la noche porque ayuda a tranquilizarse, y quien lo asocia al sueño profundo, a veces junto al zinc. Frente a eso, conviene decirlo claro: no hay ningún ensayo clínico ni estudio controlado en el material. Son experiencias personales, y como tales deben leerse.
¿Por qué ayuda contra el estrés y la ansiedad?
La explicación que circula es doble. Por un lado, el magnesio actúa como cofactor de la vitamina D y se consume en procesos fisiológicos que se disparan con el estrés físico y mental. Por otro, se le atribuye efecto relajante muscular y nervioso, lo que justifica la pauta nocturna y esa sensación de descanso que varios describen. Se añade su papel como inhibidor de la calcificación vascular y su combinación con ácido ascórbico, presentada como una suerte de
seguro de vida cardio y cerebrovascular. Son afirmaciones atribuidas, sin datos propios que las respalden.
¿Cuál se absorbe mejor: citrato, cloruro o bisglicinato?
Circula una comparativa comercial que cifra la absorción del citrato en un 45%, frente al 25% del cloruro. El dato se replica, pero también se discute: se señala que el cloruro tiene mayor concentración de magnesio por molécula y que el artículo que lo menosprecia lo hace con interés en vender su producto. El preparado citado costaba casi 18 euros el bote. En el otro extremo, aparece el treonato como «el mejor» y el bisglicinato como lo que recomienda un cardiólogo que divulga en medios. El bisglicinato sale más caro; el citrato, más barato y con buena absorción. La comparación práctica entre 2.000 mg de citrato y dos cápsulas de bisglicinato quelado de 1.700 mg se salda del lado del citrato en profundidad del sueño, según quien lo probó.
¿Cuánto se toma y qué señales avisan del exceso?
Las dosis que se manejan son altas. Hay un caso concreto: dos dosis de 2 gramos de citrato de magnesio al día, unos 650 mg de magnesio iónico, más 350 mg de ion magnesio en bisglicinato por la noche, en total alrededor de un gramo diario. Otro preparado comercial declara 249 mg de magnesio por cápsula, en óxido y bisglicinato, junto a 1,6 mg de vitamina B6. Sobre el exceso, la respuesta dominante es que hacen falta dosis excesivamente altas para notar algo negativo y que la señal de alarma es un ablandamiento progresivo de las heces, efecto secundario que algunos consideran incluso beneficioso. No falta quien discrepa con su propia experiencia: gusto metálico, dolor de cabeza tras dos o tres semanas o un tic en el párpado derecho que llevó a dejarlo dos veces. La réplica a ese tic suele ser otra: falta de potasio o un episodio de estrés puntual.
Las sales de baño y las aguas termales
La pregunta sobre si el magnesio de las sales de baño sirve quedó sin respuesta técnica. Lo que apareció fue el relato de quien acude a baños termales, aprovecha los minerales del entorno y sostiene que la clave está en bajar antes la saturación del organismo y aliviar los órganos, porque tomarlos «sobre el cuerpo estándar», saturado de alimento y con las entrañas castigadas, acabaría en fiasco. La respuesta escéptica también está en el material: rascar la costra seca pegada a las paredes de un balneario no es un tratamiento. Nadie aportó un solo dato de absorción cutánea.
Ahí se atasca todo. No hay consenso sobre si hace falta suplementar, sobre qué forma elegir ni sobre qué dosis es prudente. El magnesio es barato y buena parte de los relatos son de mejoría, aunque no faltan los de molestias; pero el episodio que abrió la recopilación, un mareo en el trabajo, sigue sin explicación a día de hoy.