Diez euros por un desayuno: el bar de barrio empieza a vaciarse
El desayuno en el bar ha dejado de ser un gasto pequeño. Un mollete, un zumo y un café bastan para plantarse en
10 euros, según el cálculo de un forero, y repetirlo a diario se lleva por delante 300 al mes, siempre según su cuenta. De ahí sale una retirada silenciosa de las terrazas: menos desayunos, menos aperitivos y más comida traída de casa. El precio explica buena parte del movimiento, aunque no lo explica todo.
¿Cuánto cuesta desayunar en un bar? La cuenta que ya no cuadra
La aritmética es tozuda. Un forero relata que dos molletes y dos cafés con leche, sin zumo, salen a
10 euros. Ese ticket multiplicado por los días laborables ronda los
300 euros al mes, una cantidad que, según otro usuario, pesa de verdad en un tramo salarial de entre 1.000 y 2.000 euros netos. Y no es el único importe que se ha estirado, según los casos que se citan en el hilo: una cerveza a 4 euros en un bar de barrio, dos cervezas con su tapa cerca de 8 euros en una zona obrera, un pitufo mixto con churros y agua con gas a
6,50 euros cuando hace un año costaba 4,50.
La comparación con el supermercado es la que más se repite. Por esos mismos 4 euros, cuenta un usuario, salen cuatro latas de cerveza y un bote de aceitunas para tomar en la terraza de casa. La cuenta no es ideológica: es de caja.
Ahí está el nudo del asunto.Del táper al café de máquina: cómo ha cambiado el desayuno fuera de casa
El cambio de hábito se nota en las cocinas de las oficinas. Donde antes no había nada —una pequeña cocina convertida en territorio desierto— hoy se montan táperes a diario. El patrón se repite: sándwich de casa y café de máquina a
0,45 euros para hacer el apaño, con la duda de recuperar la tartera también cuando toca quedarse hasta las cinco.
Un usuario sostiene que tres docenas de huevos por menos de 6 euros cubren desayunos para toda la semana, con más proteína que la bollería industrial de mostrador.
Ahorro y salud en el mismo gesto.
Ahora bien, las terrazas no están vacías a todas horas. Por la tarde y por la noche siguen con gente: la caña y la terraza aguantan como último reducto del ocio de barra. Lo que se cae antes es el desayuno y el aperitivo del mediodía.
El menú del día a 16,50 euros y el bar de polígono que se queda sin clientes
Un forero plantea el problema de fondo como una cuestión de márgenes: los desayunos y los menús del día son los productos que menos dinero dejan, exigen mucha mano de obra y no admiten subidas de precio sin espantar al cliente. Quien llena la caja son los copazos y las cenas informales, no el trabajador que desayuna de pie.
Según otro testimonio, hay polígonos que se han quedado sin bar restaurante de menú, con cartas que ya se mueven en los
16,50 euros y locales que no encuentran relevo. Un forero describe el caso de un establecimiento con terraza junto a una piscina pública y una fábrica de 60 trabajadores: los operarios van por turnos o llevan comida de casa, y la clientela no aparece ni en temporada alta.
Mientras, el relevo que llega no siempre es mejor. Un forero se burla de los bocadillos de jamón en máquina expendedora a
12 euros la unidad en aeropuertos y otro considera un timo las arepas de harina de maíz con queso a 7 euros. Los inventos de precio medio se multiplican.
¿Es el precio o es la calidad?
Hay una queja que va más allá de la factura. El café de una máquina mal limpia, la bollería que lleva días en el mostrador, el ambiente descuidado cuando no directamente hostil. Para esta corriente, la relación entre lo que se paga y lo que se recibe era mala incluso a precios antiguos, y el encarecimiento solo ha hecho visible lo que ya no compensaba.
La contrarréplica es que el mercado se está partiendo en dos. Donde se hacen las cosas bien —café cuidado, pastelería no industrial, local agradable— las mesas siguen llenas y hay que esperar. Se sostiene que el nivel gastronómico del cliente ha subido, que la cafetera de brazo se ha instalado en las cocinas domésticas y que el
bar Paco que no sabe tirar un café está condenado. En esa lectura, el cierre también es una forma de limpieza.
Franquicias, concentración y el pronóstico que nadie fecha
La lectura más pesimista tiene tres fases: primero desaparece el bar de barrio, después llega una guerra de franquicias y al final una concentración con pocos dueños. Quien lo plantea no lo ve como un fenómeno aislado, sino como la consecuencia de algo que, según él, estaba escrito de antemano.
El pronóstico no se puede cerrar todavía. Las terrazas nocturnas funcionan, buena parte del consumo de mediodía se ha trasladado a la oficina y al supermercado, y el cierre masivo de bares lleva tiempo anunciándose sin que llegue la fecha. Si los precios se estabilizan, parte de la clientela volverá por costumbre. Si no lo hacen, el desayuno fuera de casa se quedará donde está: en el terreno de lo excepcional.