Falla inventó el minimalismo con un clavecín en 1926
Manuel de Falla compuso en 1926 un concierto para clavecín que, visto con perspectiva, contiene el manual del minimalismo musical: repetición machacona, textura seca, cero concesiones a la emoción fácil. El procedimiento de Falla consistió en tomar música antigua de Antonio de Cabezón, desnudarla de adornos y convertirla en un ritmo hipnótico. Cincuenta y seis años después, Michael Nyman repitió la jugada con Purcell para la banda sonora de El contrato del dibujante: fragmentar, repetir hasta la extenuación, envolverlo en una textura obsesiva. La misma receta, dos autores, dos siglos.
Del Renacimiento español al minimalismo sin escalas
Falla no descubrió el minimalismo por casualidad. Su concierto para clavecín toma prestado el material de Cabezón y lo reduce a los huesos: sin grandilocuencia, con un clavecín como protagonista absoluto. Eso es exactamente lo que luego se atribuyó como genialidad a Nyman y a Steve Reich. La crítica etiquetó la obra de Falla como “mística y neoclásica”, un cajón desastre que ha impedido ver su verdadera naturaleza. A Reich nadie le discute el minimalismo de sus Salmos; a Arvo Pärt tampoco. A Falla, que llegó antes, se le encasilló en lo espiritual.
El parentesco incómodo entre Falla y Nyman
La comparación no es caprichosa. Nyman cogió música de Purcell, la fragmentó y la repitió hasta crear una atmósfera obsesiva y seca, idéntica al gesto de Falla con Cabezón. La diferencia es que Nyman llegó en 1982 y Falla en 1926. El minimalismo, como movimiento con etiqueta, nació en Nueva York en los sesenta. Pero sus raíces españolas, las que plantó Falla, siguen sin reconocerse en los manuales.
El asunto provoca un debate sordo: ¿por qué al andaluz se le recuerda como neoclásico y a los anglosajones como padres del minimalismo? La respuesta probablemente tenga más que ver con el mercado del arte que con la música. Pero el dato ahí queda: un clavecín y un compositor español se adelantaron medio siglo a los profetas de la repetición.