Feijóo promete 200.000 viviendas y 600.000 empleos anuales
Ante setecientos empresarios, Alberto Núñez Feijóo desplegó su catálogo de promesas económicas: 200.000 viviendas al año y 600.000 empleos anuales. El anuncio, recogido por Demócrata, no tardó en toparse con la primera pregunta incómoda: ¿con qué dinero y en qué suelo se levantan esas casas? La respuesta más repetida entre quienes siguen la política económica gallega fue una sola palabra:
sotoboche.
El plan de vivienda choca con la red eléctrica
La promesa estrella —200.000 viviendas anuales— ignora un cuello de botella que no se resuelve con voluntad política. En varias comunidades autónomas, cientos de viviendas ya construidas no pueden engancharse a la red porque esta no soporta la carga. Antes de levantar un solo ladrillo habría que ampliar y reforzar la infraestructura eléctrica, una obra que ni se menciona en el discurso.
Hay quien sostiene que el PP ya demostró su capacidad de gestión en este terreno durante sus años de gobierno en Galicia, donde la construcción residencial avanzó con fuerza. El contraargumento es que Galicia no es España: extrapolar el modelo gallego a todo el territorio ignora diferencias de suelo, normativa y demanda.
600.000 empleos: ¿de dónde salen los trabajadores?
La segunda cifra del discurso, 600.000 empleos anuales, tiene una derivada que el candidato no abordó. Si se crean esos puestos, alguien tendrá que ocuparlos. Y ese alguien, según el análisis más repetido, no está disponible en el mercado laboral actual. La conclusión que se impone es incómoda: la política migratoria tendría que dar un giro de 180 grados respecto al discurso que el propio partido mantiene en otros foros.
La contradicción no pasó desapercibida. Prometer empleo masivo y, al mismo tiempo, endurecer el relato sobre la inmigración es sostener dos relatos que no encajan. Alguien tendrá que ocupar tantísimos puestos de trabajo, y no parece que vaya a ser la población autóctona en edad de trabajar.
El precedente de Zuckerberg y los 600.000 millones
La comparación con el anuncio de Mark Zuckerberg —600.000 millones de inversión— circuló rápido. El chiste se escribió solo: si el que promete es pobre, los 600.000 serán empleos y no millones. La ironía apunta a un patrón conocido: cifras redondas, impacto garantizado en el titular, letra pequeña inexistente.
El escepticismo no es gratuito. Los planes de vivienda pública anunciados en España rara vez han cumplido el calendario. Y cuando se incumplen, nadie dimite.
La factura eléctrica de la promesa
La red eléctrica es el punto ciego de todo plan de construcción masiva. Sin capacidad de enganche, los promotores no construyen. Sin construcción, no hay empleo. La cadena se rompe en el primer eslabón, y ese eslabón no se arregla con un discurso ante empresarios.
El anuncio de Feijóo llega con un lastre añadido: la sensación de que va tarde. Una temporada más en la oposición, y la promesa se queda en eso, en promesa.
La cuenta no cuadra. 200.000 viviendas necesitan suelo, red eléctrica y promotores. 600.000 empleos necesitan trabajadores que hoy no están. Y el dinero, ese que nadie menciona, sigue sin aparecer en el discurso.