Un toro muere a tiros en la calle en Coria y reabre el choque taurino
En Coria, un toro murió abatido a tiros en plena vía pública durante los festejos. El episodio, difundido en vídeo, desató un cruce de reproches que va mucho más allá del animal: de la gestión del encierro a la vieja guerra cultural entre tradición y bienestar animal. La escena —un disparo, público alrededor, un toro que cae— es la que ha encendido la mecha.
La primera reacción fue de rechazo frontal. Hubo quien lo leyó como una frontera más de lo que llaman humanizar a los animales, y quien directamente preguntó por qué se mata al bicho. La respuesta más repetida: no es diversión, es ejecución por seguridad. Un toro que se sale del recorrido, o que ya conoce los engaños, se convierte en un problema.
Se habla de que el animal se habría escapado del recorrido y de que la alternativa era peor.
¿Por qué se mata a tiros a un toro en un festejo?
El argumento que más circula es el de la seguridad. Un toro que ha aprendido —que ya no se queda quieto cuando le apuntan, que cambia de dirección, que reconoce a quien le maltrata— resulta muy peligroso si se reutiliza. Con las vaquillas ocurre algo parecido: tras varios reusos, aunque pesen menos que los participantes, dejan de dejarse atrapar. La psicología del festejo, se sostiene, es cualquier cosa menos simple.
De ahí que la explicación más repetida sea que
el animal se salió del recorrido y hubo que liquidarlo para que no causara daños. Hay quien añade que lo normal en esos casos es que lo haga la policía, sin público delante. Y quien apunta al ganadero: si vendió un toro ya aprendido, el problema venía de antes.
El sacrificio que no se ve: matanzas, corderos y ganadería
El contraste que más se repite es el del doble rasero. Se recuerda que en la ganadería intensiva se mata con un pistón neumático en la nuca, equivalente a un tiro, y que las matanzas del cerdo fueron durante generaciones un evento familiar y comunitario: necesidad de consumo y ocio, juntos. También los sacrificios rituales de otras confesiones, con degüello, generan menos revuelo.
La pregunta que sobrevuela es por qué unos sacrificios escandalizan y otros no.
La carne del toro se aprovecha y se vende, recuerdan varios: solomillos, hamburguesas, guisos. No hay desperdicio, dicen. El reproche va en las dos direcciones: a quien se horroriza por un toro y no por un cordero, y a quien convierte cualquier crítica en un ataque a la fiesta.
Tradición, voto y el reflejo anti-España
El asunto se enreda con la política. Se sostiene que en Coria hay una gastronomía entera alrededor del toro y una tradición muy arraigada, y que quien se meta ahí lo paga en las urnas. Frente a eso, la acusación de que el rechazo forma parte de un reflejo anti-España que reaparece cada verano: si la misma escena ocurriera en otro país, dicen, se aplaudiría como tradición ancestral.
La discusión derivó en un intercambio de etiquetas ideológicas y en un rosario de descalificaciones cruzadas que poco tiene que ver con el toro. El episodio quedó sin resolución pública: no consta expediente, sanción ni versión oficial cerrada sobre lo ocurrido.
Queda la imagen. Un toro, un disparo, gente mirando. Y la pregunta de siempre: ¿es esto una excepción por seguridad o la fiesta enseñando su mecánica cuando nadie mira?