Ucrania lanzó su mayor ofensiva en Jersón y ya la daban por perdida
A finales de agosto de 2022, Ucrania puso en marcha la que se presentó como su mayor ofensiva desde el comienzo de la guerra, con la ciudad de Jersón en el punto de mira. Al día siguiente ya circulaba el veredicto contrario: avance parado, columnas destrozadas, aldeas conquistadas a precio de carnicería. Un año después, el episodio se rescató para preguntar cómo había terminado. La cuenta sigue sin cerrarse.
El diagnóstico más difundido entonces fue tajante:
la mayor ofensiva ucraniana de toda la historia ha sido parada y mandada para casa. Frente a él, otra lectura sostiene que la operación nunca pretendió tomar Jersón de un golpe, sino desgastar al adversario con muchos ataques pequeños, la llamada estrategia de corrosión. Entre ambos relatos hay un hueco común: nadie ha publicado una contabilidad completa.
¿Fracasó la contraofensiva ucraniana en Jersón?
Depende de la fecha en que se formule la pregunta. La ofensiva arrancó el
29 de agosto, la fecha que maneja la reconstrucción hecha un año más tarde, y al día siguiente ya había análisis dándola por muerta. Esa velocidad para firmar el veredicto es, en sí misma, el dato más llamativo.
Las posiciones se ordenan en tres bloques. Uno sostiene que fue un error de manual: pasar a la ofensiva operacional desde una posición defensiva estratégica es la receta clásica del desastre, y la historia militar está llena de ejemplos. Otro responde que Ucrania no tenía alternativa razonable y que el avance, lento pero real, se mide en desgaste y no en kilómetros. Un tercero se limita a señalar que sin verificación independiente no hay manera de saberlo. El debate, un año después, seguía abierto.
Las cifras que circulan sin una sola imagen que las respalde
Se atribuyeron a la operación
500 soldados muertos, más de
50 tanques y blindados destruidos y hasta dos aviones derribados. La respuesta a esas cifras fue siempre la misma pregunta: ¿dónde están las fotografías?
La objeción no es menor. Se sostiene que no apareció ni una imagen de los blindados ni una de los aviones, y que esa ausencia convierte el paquete entero en propaganda. En el otro lado circulan números igual de gruesos y también sin contraste:
2.000 soldados ucranianos fuera de combate en solo dos días. Ninguno de los dos paquetes ha pasado por una auditoría seria, y quien exige pruebas para uno suele tragarse el otro sin pedirlas.
Vysokopillia, Ozerne y el túnel de la muerte: el mapa se movió en días
Mientras se discutían las bajas, el frente se movía. Un canal de seguimiento alineado con Moscú confirmó la pérdida del pueblo de
Vysokopillia, admisión que se leyó como señal de que la contraofensiva seguía avanzando. Del otro lado se anunciaban localidades liberadas y se difundían imágenes de prisioneros.
En el saliente de Andreevski la versión era la opuesta: tropas ucranianas castigadas a conciencia y parte de ellas cercadas al sur, en Komtroska, tras intentar seguir lo que se bautizó como el
túnel de la muerte. La expresión no era nueva; se había usado antes, en otro contexto, para describir una supuesta trampa mortal para el ejército ucraniano. Un año después, esa etiqueta sirve sobre todo para recordar quién pronosticó qué.
El otoño, las calefacciones y la paciencia rusa
Buena parte del análisis se apoyó en el calendario, no en el frente. El razonamiento: Rusia no tiene prisa, entra el otoño y en dos meses las calefacciones europeas van a tener que empezar a consumir hidrocarburos. De ahí a convertir el invierno en palanca de negociación hay un paso que se dio sin demasiado pudor.
La energía como arma fue, durante semanas, el argumento estrella para explicar por qué Moscú podía permitirse esperar.
El problema de ese razonamiento es que sirve para cualquier resultado. Si Ucrania avanza, Rusia está esperando el invierno; si Ucrania se atasca, Rusia estaba esperando el invierno.
Dos condiciones que ya no son las mismas
La comparación más interesante del rescate posterior no es de bajas, sino de logística. En la ofensiva de hace un año, la ventaja ucraniana se apoyaba en que el suministro ruso dependía de
tres puentes. En la del año siguiente, esa ventaja ya no existe: no son tres puentes los que limitan el cien por cien de ese suministro. Y los miles de hombres que murieron en la primera ya no están, como tampoco las decenas de miles enviados a la picadora de carne de
Bajmut.
Sobra una recomendación bibliográfica para quien quiera salir del parte de bajas:
Búhos de los hielos del este (Siruela), el relato de un naturalista que persigue unos búhos casi extinguidos en la región del Amur, escrito mucho antes de la guerra, que retrata los problemas de alcoholismo de la Rusia profunda.
Con esto, la contraofensiva de Jersón queda donde queda casi todo lo que se discute en caliente: ni la victoria que le suponen sus defensores ni la catástrofe que le adjudicaron en 24 horas. Quien cerró su intervención con un
dejemos que sea el tiempo quien dé y quite razones sigue teniendo, un año más tarde, exactamente la misma razón que el primer día. Ninguna.