Irak se asoma al abismo con milicias a tiros en Bagdad
La sensación de que Irak nunca salió del túnel no es una figura retórica. Es un patrón que se repite cada pocos años con puntualidad de calendario. La secuencia que ha devuelto al país a los titulares contiene una escena muy concreta:
dos facciones de milicias intercambiando fuego con armas pesadas en plena capital, con reportes del uso de
ametralladoras pesadas y bombardeos sobre la Zona Verde. No es un altercado callejero. Es un choque abierto en el corazón administrativo del Estado.
Qué se sabe del estallido en la Zona Verde de Bagdad
Los datos llegan fragmentarios, casi siempre a través de cuentas de seguimiento de conflictos. Se habla de un tiroteo a las puertas del
Parlamento iraquí, en el interior de la Zona Verde, con
cohetes lanzados y un balance de varios muertos que ninguna fuente oficial ha cerrado. Las imágenes que circulan muestran a manifestantes atrapados entre dos fuegos que no controlan.
El primer ministro habría declarado
día festivo nacional para el martes. Traducido: se pide a la población que no salga a la calle. Cuando un Gobierno cierra el país para que no estorbe, la lectura no es la de una jornada de descanso.
Quién ha encendido la mecha: las hipótesis que circulan
Aquí las versiones se separan sin remedio. Una corriente sostiene que el detonante es puramente interno:
milicias chiíes rivales que compiten por el control del aparato estatal y que, en cuanto se rompe el reparto, se disparan entre ellas. Bajo ese prisma, Irak no sería un tablero ajeno, sino un país cuyas propias estructuras armadas se han vuelto ingobernables.
Otra línea pone el foco fuera de las fronteras. Y en ese punto coinciden, por caminos opuestos, quienes señalan a Washington y quienes señalan a Moscú. El argumento del crudo aparece en varias de las explicaciones: quien influye en Irak influye en el mercado del
petróleo. Una de las formulaciones que circulan es que tanto
EEUU como Rusia son productores y que a ambos les conviene el desorden, mientras los grandes compradores —China y la Unión Europea— saldrían escaldados. Hipótesis elegante. Demostrarla es otra cosa.
¿Es Irak una preguerra civil o una guerra ya en marcha?
El término preguerra civil se queda corto para quien mira la serie histórica. El país acumula enfrentamientos armados intermitentes desde la caída del régimen baazista. Lo nuevo no es que haya violencia, sino dónde ocurre —en la Zona Verde, junto al Parlamento— y con qué medios:
ametralladoras pesadas y cohetes, no pistolas. Eso eleva el umbral del daño y multiplica el riesgo de que un choque local arrastre a más actores.
De la guerra con Irán a la invasión de 2003: la cuenta atrás que no termina
Para entender por qué el país se rompe hay que retroceder, y la historia reciente lo confirma. La guerra entre Irak e Irán en los años ochenta dejó al régimen de Sadam Hussein armado hasta los dientes con material soviético, francés y estadounidense. El reparto de aquel apoyo fue desigual:
Irán recibió en torno al 1 % de la ayuda, según los cálculos que se manejan, y entre el
80 % y el 90 % del material que llegó a Irak procedía de la Unión Soviética.
Aquella contienda terminó
tres años antes de la caída de la URSS. Desde entonces, Irak no ha vuelto a conocer un periodo de paz estable. Llegaron la invasión de Kuwait, la intervención internacional y la caída del régimen baazista
hace dos décadas. Con los que prometieron democratizar el país ya de vuelta en casa, el resultado es un Estado con milicias dentro y una Zona Verde que se convierte en campo de batalla cada cierto tiempo. Los nombres de esos grupos —brigadas, batallones, concilios— suenan a organización humanitaria y operan con ametralladora.
¿Por qué el petróleo vuelve a estar en el centro de todo?
Porque Irak es un país petrolero y cualquier cosa que ocurra en su suelo se lee en clave energética. Quienes defienden la tesis de la injerencia sostienen que la política exterior estadounidense en la región pasaría por empobrecer y sacar del mercado a los productores que no forman parte de su club de aliados. La lista de sospechosos que se maneja es corta:
Irán e Irak, frente al bloque del Golfo.
La explicación contraria es más prosaica y menos épica. Las milicias no necesitan inspiración extranjera para matarse entre ellas: tienen armas, presupuesto y una disputa por el reparto del poder que se renueva cada legislatura. Atribuir a una potencia exterior lo que es una guerra interna por el botín resulta cómodo. Y suele ser incompleto.
¿Sigue existiendo Irak como país?
Formalmente, sí: tiene Gobierno, Parlamento y ejército. Funcionalmente, el Estado compite con actores armados que responden a lealtades propias y que en determinados barrios son la autoridad real. Esa dualidad explica por qué el país aguanta sin desintegrarse y por qué se desangra sin romperse del todo.
La pregunta no es ingenua. Un territorio donde facciones rivales se enfrentan con armamento pesado en el centro del poder político tiene un problema de soberanía antes que un problema de orden público. Y ese problema no se arregla con un día festivo.
Si algo enseña la serie de episodios que acumula Irak, es que el fuego cruzado se apaga para volver a encenderse. Con el Parlamento en el centro de la diana y las milicias sin mando único, lo previsible es que la calma sea otro paréntesis. Pero conviene no cerrar el pronóstico: aquí los vaticinios se han equivocado siempre.