Francia congela las pensiones altas y destapa el recorte silencioso
Que Francia, con su historial de protestas ante cualquier reforma de las pensiones, ponga ahora sobre la mesa la congelación de las más altas para contener el déficit tiene miga. La medida, adelantada por Expansión, afecta a un colectivo reducido de pensionistas, pero la señal importa más que el ahorro: si Francia lo hace, el tabú de tocar las pensiones deja de serlo.
La paradoja es que en España ese recorte ya está ocurriendo sin necesidad de congelar nada. Cada año suben las bases máximas de cotización, pero la pensión máxima sigue topada. Quien más cotiza aporta más, y su futura prestación no sube en proporción. Es un impuesto encubierto a las carreras contributivas más largas, y en los últimos tiempos se ha sumado otro mecanismo: las pensiones bajas y no contributivas suben en torno a un 10%, mientras que las medias y altas se ajustan con un IPC que muchos consideran “cocinado” y que no llega al 3%. El resultado es una convergencia silenciosa hacia abajo.
Congelar máximas: ¿símbolo o punto de partida?
Los números invitan a la prudencia. Según los cálculos que circulan, los perceptores de pensión máxima apenas representan un 1,5% del total de pensionistas. Congelar su cuantía tiene un efecto presupuestario limitado y un efecto político enorme: normaliza la idea de que las pensiones altas pueden tocarse. A partir de ahí, el siguiente paso sería bajarlas, y después tocar las medias. La escalada es la gran preocupación de quienes cotizan más y esperan cobrar en proporción a lo aportado.
Hay, no obstante, quien sostiene que la congelación es una respuesta electoralmente cara. El precedente español de mantener la revalorización en el 0,25% durante la legislatura de Rajoy, con inflación negativa, desembocó en una reacción social que ningún gobierno quiere repetir. Por eso, la vía elegida en España no es congelar, sino disimular: subir menos a las altas y más a las bajas, topar la pensión máxima y dejar que el tiempo haga el trabajo de igualar.
La pregunta de fondo: ¿tiene sentido seguir cotizando más?
Si todas las pensiones convergen a una cuantía similar, el incentivo a cotizar por encima de la media se desvanece. Una corriente de análisis defiende que el sistema debería repensar la relación entre cotización y pensión, incluso abrir la puerta a que quien quiera pueda derivar parte de sus aportaciones a planes privados. Otra postura, en el extremo contrario, propone ajustar todas las pensiones al salario mínimo interprofesional y que quien quiera más ahorre por su cuenta. Entre ambos extremos, el consenso es escaso.
Lo que casi nadie discute es que el sistema está tensionado. Combinar tope de máximas, retraso de la edad de jubilación y ampliación del periodo de cálculo es la constatación de un problema estructural, no una anécdota. La deuda pública europea no crece al mismo ritmo de las promesas de pensiones, y alguien acabará pagando la factura. La pregunta es si el ajuste será ordenado o llegará cuando los mercados dejen de financiar al Estado a tipos razonables.
Mientras tanto, la congelación francesa tiene un valor de advertencia. Las barbas del vecino, que decía el refrán, se están recortando. Conviene mirarse las propias.