Frente Obrero y Roberto Vaquero: el retrato que dejó Ceuta
Mientras grupos de ultraderecha desplazaban militantes a Ceuta para escenificar su defensa de la frontera, la figura más mediática de la autodenominada disidencia patriótica seguía en los platós. La ausencia de Roberto Vaquero y de su Frente Obrero en la ciudad autónoma ha provocado una tormenta de críticas que mezcla la decepción de sus seguidores con la burla de sus adversarios. La pregunta es obligada: si su discurso es la autodefensa y el combate callejero, ¿por qué cuando la frontera arde no estaba allí?
La retórica del enfrentamiento se ha quedado en la pantalla. Vaquero ha construido su imagen sobre la preparación física, los campamentos de autodefensa y la promesa de plantar cara en la calle. Cuando la tensión migratoria en Ceuta llevó a varios colectivos a desplazarse hasta allí, el Frente Obrero no apareció. Sus críticos lo resumen con una fórmula contundente: hechos son amores y no buenas intenciones. Le reprochan, además, no haber desplegado la bandera nacional, un gesto que para ellos separa al patriota real del impostor.
La coherencia ideológica como coartada
Los defensores de Vaquero recuerdan que su partido, Reconstrucción Comunista, siempre ha mantenido una postura crítica con la presencia española en Ceuta y Melilla, a las que considera “remanentes coloniales”. Desde esa óptica, no acudir a defender una frontera que su ideario considera producto del imperialismo español no es una contradicción, sino la única postura coherente. Quienes le acusan de traición ignoran, según este sector, décadas de militancia anticolonial y antiimperialista.
El ruido conspirativo y el pasado judicial
En paralelo, se han difundido acusaciones que vinculan a Vaquero con el CNI o con supuestos encargos desde Moncloa, extremos que no cuentan con prueba alguna. Lo verificable es que el dirigente fue investigado por dos asuntos: la organización y financiación de un viaje de militantes de su partido para integrarse en milicias vinculadas al PKK/YPG contra el ISIS, y una supuesta pertenencia a un grupo criminal dentro de su propia organización. Según las informaciones publicadas, no habría sido condenado y habría pasado 40 días en prisión preventiva. Los pormenores de esa investigación, incluida la financiación de los viajes a Siria, siguen siendo un filón para quienes ven en Vaquero a un operador de estructuras ajenas a la disidencia real.
El coste político de la ausencia
La ausencia tiene una lectura estratégica. Mientras Vox, como partido parlamentario, se limita a declaraciones institucionales, el Frente Obrero se presenta como la alternativa que sí está dispuesta a ensuciarse las manos. Ese relato queda tocado cuando no se materializa en el momento clave. La crisis ha dejado al descubierto la distancia entre el mensaje y la acción, una distancia que sus rivales no han dudado en explotar. En un movimiento cuya militancia algunos cifran en no más de veinte personas, la pregunta es si esta polémica reforzará su núcleo duro o diluirá la marca. La frontera sur no vio a Vaquero, pero la imagen de su ausencia se ha quedado grabada en la conversación política.