La Reconquista no fue una limpieza étnica: los datos de población no cuadran
¿Fue la Reconquista la limpieza étnica más exitosa de la historia? La pregunta, que circula en foros de historia con cierta insistencia, parte de una premisa que los propios datos demográficos desmienten. En el momento de apogeo de Al-Ándalus se calculan entre 5 y 6 millones de habitantes. De ellos, se estima que unos 500.000 emigraron al poco de la Reconquista y 300.000 fueron expulsados en 1609. El resto, hasta completar la cifra total, se convirtió al cristianismo y se integró. La aritmética no sostiene la tesis del exterminio.
Lo que sí hubo fue una reorganización violenta, desigual y lenta. La población cristiana del norte bajó progresivamente hacia el sur, sustituyendo a los hispanogodos conversos al islam que habitaban las zonas reconquistadas. Pero ese proceso ni fue uniforme ni se completó de un día para otro.
Sevilla se reconquista 200 años antes que Granada, y los flujos migratorios internos no se comportaron como cabría esperar si la limpieza hubiera sido sistemática.
El mito de la pureza genética y los visigodos
Uno de los argumentos más repetidos es que los españoles siempre fueron blancos, incluso más que los galos. Se cita la Dama de Elche o la de Baza como prueba de rasgos eslavos. Pero la genética no respalda esa pureza. Los estudios de ADN antiguo muestran que un habitante de la Bética de hace 1.500 años y uno actual no son tan similares. El Imperio Romano, con su esclavismo y cosmopolitismo, ya había traído poblaciones de distintos rincones del Mediterráneo.
La cifra que se maneja para los visigodos es de
200.000 godos y 60.000 suevos sobre una población de 5 millones. No es una cifra menor. Y los moros que entraron en el 711 se estiman en unos 17.000, aunque el goteo por el Estrecho durante siete siglos pudo superar con creces esa cifra inicial. La idea de una España genéticamente homogénea hasta la invasión islámica es una ficción conveniente.
¿Qué pasó con los musulmanes que se quedaron?
Las condiciones para los musulmanes en las ciudades reconquistadas eran, según algunos análisis, sorprendentemente favorables. Podían seguir practicando su religión, conservar sus bienes, hablar árabe y regirse por sus propias leyes civiles. Las aljamas las gobernaban alcaldes musulmanes. La única carga era un impuesto especial, la pecha o capitación, equivalente a la yizia musulmana pero al revés.
Pese a esas condiciones, hubo sublevaciones de mudéjares. Y las conversiones voluntarias al cristianismo antes del siglo XV fueron minoritarias, quizá un 10% como máximo. El rechazo radical del islam a la apostasía explica que muchos prefirieran emigrar antes que convertirse. En Andalucía, en el siglo XIII, las cifras de emigrados fueron mayores. En Sevilla se marchó la mayoría.
El rastro genético que no desaparece
Los modelos genéticos actuales, como los que usan la herramienta G25, permiten desglosar componentes. Un individuo de la Bética en época republicana podría mostrar un 38,2% de sustrato ibérico vasco antiguo, un 17,2% belga del norte de Francia y un 9,6% tartésico. El componente extraeuropeo, entre magrebí antiguo, magrebí occidental e israelita, sumaría un 11,4%. Nadie niega que hubiera aporte. Se discute su magnitud y su origen.
La cuestión es si ese 11% en un individuo concreto es representativo de toda la población o un caso aislado. Los estudios de ADN antiguo apuntan a que el rastro genético de los invasores en el siglo XVI ya era mínimo. La razón principal no fue una limpieza étnica, sino el rechazo del islam a la apostasía y la emigración voluntaria de quienes no querían someterse.
La excepcionalidad murciana y el rompecabezas demográfico
Hay un detalle que descoloca el relato de la limpieza sistemática: la excepcionalidad murciana. En Murcia se mezclan los grupos poblacionales del norte y del sur, a pesar de la distancia geográfica. Si la limpieza hubiera sido planificada, no se entiende que el excedente castellano esperara 200 años para emigrar a Sevilla, ni que el excedente astur-leonés prescindiera luego de migrar a Granada.
El 80-90% de la población vivía en zonas rurales. Solo el 10-20% residía en núcleos considerados urbanos, y si se cuentan solo las localidades de más de 10.000 habitantes, el porcentaje cae al 5%. La red urbana sufrió una fuerte reorganización con la Reconquista, pero eso afectaba a una minoría. La mayoría campesina permaneció donde estaba, cambiara o no de religión.
Romanos, visigodos y el mito de la España vacía
Algunos análisis van más atrás y señalan a los romanos como los verdaderos importadores de población. Pasaron a pueblos enteros por la espada, esclavizaron a la población y establecieron campamentos de auxiliares magrebíes. Los visigodos, en cambio, fueron recibidos como libertadores según algunas fuentes. La negrización del norte de África no fue consecuencia de la conquista islámica, sino de siglos posteriores de importación de esclavos subsaharianos.
La discusión sobre si la Reconquista fue una limpieza étnica exitosa se topa con un problema de definición. Si por limpieza étnica se entiende la eliminación física o expulsión total de un grupo, los datos no la sostienen. Si se entiende como una reorganización violenta que marginó y acabó expulsando a una parte de la población, entonces hubo episodios que encajan, pero ni fueron los más exitosos de la historia ni se pueden comparar con genocidios modernos.
La cifra de 300.000 expulsados en 1609 es significativa, pero representa menos del 10% de la población estimada de Al-Ándalus en su apogeo. La mayoría de los musulmanes se convirtió, se integró y desapareció como grupo diferenciado por otras razones: prohibición de la apostasía, presión social, emigración voluntaria. La limpieza étnica más exitosa de la historia, si existió, fue la que hizo que hoy nadie se acuerde de que alguna vez hubo 5 millones de musulmanes en la península.