Rumores de intervención militar de EEUU en Venezuela
El P-8 Poseidon sobrevolando aguas venezolanas, tres destructores en la costa y una orden de captura contra Nicolás Maduro vigente desde 2020. Ese es el paquete con el que Washington ha vuelto a agitar el avispero caribeño. La pregunta que recorre cada conversación sobre el tema no es si hay despliegue —lo hay— sino si alguien va a apretar el gatillo. La mayoría de los análisis que circulan apuntan a un
ataque simbólico, sin botas en el terreno, al estilo del que se ejecutó contra Irán.
Qué se sabe del despliegue y de la orden de captura
El punto de partida es una orden de captura formal contra Maduro que EEUU mantiene desde
2020, cuando se le señaló como líder del supuesto «cartel de los Soles». Sobre esa base jurídica, funcionarios de la administración Trump han filtrado mensajes de presión: que Maduro «debería estar cagado», que «puede salir en una bolsa negra» y que no se descartan ataques con drones. Son declaraciones recogidas por
Axios y repetidas hasta la saciedad en los canales de seguimiento militar.
El despliegue material es más modesto de lo que sugiere el ruido. Según los datos que se manejan, el contingente total no llega a
4.000 efectivos y se apoya en tres destructores y aviones de reconocimiento. Con esa fuerza no se toma ni la isla de Margarita, y menos un país de casi 30 millones de habitantes con un ejército que, con todas sus carencias, nunca ha perdido el control territorial.
Tres escenarios sobre la mesa
El primero es el ataque de castigo sin consecuencias territoriales: bombardeo de una pista vacía, destrucción de un objetivo secundario y declaración de victoria. El segundo, un asesinato selectivo de un alto cargo —se especula con Diosdado Cabello por su perfil más radical— o del propio Maduro. El tercero es el más probable según buena parte de los escépticos:
nada. Puro humo para consumo interno.
El problema de vender humo es que tiene coste. Si Trump amenaza y luego no hace nada, eleva a Maduro a la categoría de estadista global. Ese es el riesgo que corren las repúblicas bananeras cuando se convierten en escaparate de una operación de imagen. Obama, Biden y Bush fueron mucho más prudentes con Venezuela. Trump, en cambio, se ha metido en un callejón donde cualquier retirada se lee como debilidad.
Por qué el petróleo lo cambia todo
El crudo venezolano llega al mercado a uno de los precios más bajos del mundo, por debajo incluso del ruso. EEUU compra, Venezuela vende, y el flujo de cientos de millones de dólares diarios no interesa romperlo. Quien controla ese grifo controla parte del precio internacional, y con la inflación estadounidense en el punto de mira, la Casa Blanca tiene pocos incentivos para incendiar el patio trasero.
Hay quien sostiene que todo esto es una operación de Marco Rubio, el halcón cubanoamericano que lleva años empujando una línea dura contra Caracas. Su peso en el Senado y su capacidad de filtrar a medios no explican por sí solos un despliegue militar, pero sí el tono de las filtraciones. La base MAGA, mientras tanto, mira con recelo cualquier aventura exterior que huela a
nation building.
El ejército venezolano: ni tan fuerte ni tan débil
La comparación con Panamá 1989 no se sostiene. Allí se desplegaron
26.000 soldados para capturar a Manuel Noriega. Aquí se habla de menos de 4.000. Y Maduro no es Noriega: tiene un poder de fuego muy superior, controla la totalidad del territorio y ha resistido durante años sin que ninguna oposición armada haya logrado establecerse. Para sacar a un líder como Saddam Hussein hicieron falta 500.000 efectivos.
El escenario de una invasión terrestre se antoja improbable. Una guerra de guerrillas en la selva venezolana sería un Vietnam en miniatura, con costes humanos y económicos que ninguna administración asume alegremente. La vía más plausible sigue siendo la presión, el cerco diplomático y, en todo caso, una operación quirúrgica de consecuencias limitadas.
Qué pasa con la oposición y con la población
El relato de que basta con un empujón exterior para que el régimen se desmorone choca con la realidad de un país donde la cúpula militar está integrada en la estructura de poder y donde la oposición ha sido sistemáticamente neutralizada. No hay unidad nacional, no hay religión que aglutine, no hay ideología que movilice. Solo intereses económicos y una maquinaria represiva que funciona.
Mientras tanto, la crisis migratoria sigue siendo el termómetro real. Millones de venezolanos han salido del país, y los que se quedaron han visto cómo los años más duros —entre 2017 y 2019— dejaron escenas de hambre y miseria que no se repiten con la misma intensidad, pero que tampoco se han resuelto. Un ataque militar no arregla eso. Lo empeora.
El dato que descoloca: con menos de 4.000 efectivos y tres destructores, EEUU no puede invadir Venezuela. Pero puede hacer algo peor para su propia credibilidad: amenazar y no cumplir. Y eso, en el tablero geopolítico, se paga más caro que una bomba.