Galletas sin aceite de palma: qué marcas quedan y por qué el etiquetado engaña
La etiqueta dice «aceite vegetal». Detrás de esas dos palabras puede haber girasol, palma o una mezcla que el fabricante no está obligado a detallar. Ese es el punto de partida de una discusión que lleva años abierta entre consumidores que revisan el envoltorio con lupa y descubren que marcas antes fiables han ido cambiando la fórmula sin avisar. McVities, Gullón, Cuétara, Chiquilín: la lista de las que han ido cayendo se alarga, según denuncia un participante en el debate, y el comprador habitual de galletas se queda sin referencias claras.
El problema no es solo nutricional. Es de información. Cuando una caja pone «aceite vegetal» sin especificar cuál, el consumidor no puede decidir. Y cuando lo especifica, a veces lo hace con letra pequeña o con nombres que suenan a lo mismo pero no lo son: girasol alto oléico, palma, palmiste, grasas hidrogenadas. La confusión es el producto.
Qué marcas siguen usando aceite de girasol en 2026
No todo está perdido. En la gama Diet Nature de Gullón, varias referencias declaran aceite de girasol alto oléico, una variedad con más ácido oleico y mejor comportamiento a temperatura. También hay quien ha encontrado galletas con un girasol dibujado en el envase en lineales de Mercadona, y las Azucena, disponibles en supermercados Familia, se citan como alternativa. Las Birba, en El Corte Inglés, apuestan por mantequilla y se presentan como producto natural.
El problema es que estas excepciones no forman un catálogo estable. Dependen de la región, del proveedor y de la temporada. Lo que hoy es girasol mañana puede ser palma si el fabricante ajusta costes. La trazabilidad del aceite en bollería industrial es, en la práctica, opaca.
El aceite de palma no es el único problema: la hidrogenación sí
Aquí el asunto se complica. Hay quien sostiene que el aceite de palma, rico en grasas saturadas, resiste mejor el horneado y no genera ácidos grasos trans, mientras que el de girasol, poliinsaturado, se degrada con el calor. Es un argumento que circula con fuerza en foros de nutrición y que tiene base técnica: los saturados son más estables a alta temperatura. Pero el matiz importa: el problema no es la palma en sí, sino la palma hidrogenada, que sí puede contener grasas trans. Y el etiquetado no siempre distingue.
La discusión, por tanto, no es blanco o negro. Quien evita la palma por motivos ambientales tiene argumentos: el monocultivo genera deforestación en zonas tropicales. Quien la defiende por motivos culinarios también: aguanta mejor el horno. Y quien simplemente quiere saber qué come se queda atrapado entre las dos trincheras.
Hacerlas en casa: la alternativa que crece
La salida más repetida es la cocina propia. Con harina, mantequilla, huevos, azúcar y un horno se pueden hacer galletas tipo María en una tarde. No es una solución para todos —requiere tiempo, material y ganas—, pero elimina la incertidumbre del etiquetado. La receta básica no tiene misterio, y el resultado, dicen quienes la practican, es más sabroso y más barato que la caja industrial.
Para quien no quiera o no pueda, quedan los cereales, la avena o el salvado de trigo como sustitutos del picoteo dulce. No es lo mismo, pero el mercado de ultraprocesados no pone fácil lo contrario.
El dato que descoloca
El aceite de coco, que algunos señalan como el mejor para cocinar por su estabilidad, cuesta entre 20 y 30 euros el litro en herbolarios, según un cálculo que circula en el debate. La alternativa «sana» tiene precio de producto gourmet. Mientras tanto, la galleta con aceite de palma sigue costando menos de dos euros. Ahí está, quizá, la razón última de que siga en el lineal.