La trinchera grabada por un dron: rabia e impotencia bajo fuego
Un dron enemigo graba a un soldado acorralado en su
madriguera durante un ataque de artillería. El vídeo no tiene sangre y precisamente por eso golpea: dos emociones en crudo, la rabia —«¿me quieres matar?»— y la impotencia —«¿volveré a casa a ver a mis hijos?»—. El
pepino cayó unos metros más lejos. Si acierta, los mata a todos. Se libró ayer. ¿Y mañana?
El episodio ha reabierto la conversación sobre la
guerra de trincheras y sobre algo más incómodo: el destino de un hombre depende de un cálculo de tiro hecho por alguien a kilómetros de distancia. A partir de la imagen, el asunto se ramifica en cuatro frentes: qué calidad tiene el ojo que graba, cuánta potencia tiene hoy la artillería, quién provocó el conflicto y si un soldado puede negarse a combatir.
¿Por qué importa la resolución de un dron de reconocimiento?
Importa según el uso. Para corregir disparos sobre un objetivo que ya se ve, una imagen mediocre sirve; para encontrar lo que no se ve, lo cambia todo. Los cálculos que se manejan apuntan en la misma dirección: al escanear un bosque en busca de enemigos ocultos, más resolución equivale a más probabilidades de localizarlos, y lo mismo ocurre al evaluar daños sobre el terreno.
La comparación entre modelos rusos y ucranianos ha ocupado buena parte de las réplicas. Hay quien sostiene que la óptica de los drones rusos es claramente inferior, mientras otros recuerdan que juzgar una cámara por el pantallazo de una grabación recomprimida y reenviada por mensajería es un ejercicio aventurado: la misma imagen puede parecer mala o excelente según el archivo del que salga, y esos archivos se aprietan hasta extremos difíciles de creer. Se bromea incluso con los
chips de lavadoras reciclados que la industria rusa habría tenido que improvisar por falta de suministro.
Lo que no se discute es el cálculo de fondo. Un dron con poca resolución sigue siendo mejor que un soldado asomando la cabeza: puede atravesar varios kilómetros tras las líneas enemigas sin ser detectado y devolver información en tiempo real del despliegue contrario.
La artillería recupera la precisión que ya tuvo en Verdún
La artillería moderna ha vuelto por sus fueros, y nunca alcanzó tal precisión. Ese es el resumen que se repite al mirar el vídeo: el proyectil no mató a nadie por unos metros. La cita de Falkenhayn en vísperas de Verdún —«la artillería conquista, la infantería ocupa»— vuelve a circular como si se hubiera escrito ayer.
La frase tiene un siglo y sigue explicando el campo de batalla. La diferencia es que el ajuste de tiro ya no depende de observadores expuestos, sino de aparatos baratos que sobrevuelan la posición y transmiten la corrección en segundos. El soldado esconde la cabeza y espera. No hay nada que pueda hacer contra eso, y el vídeo lo demuestra mejor que cualquier manual.
Euromaidán y el pulso por el relato de quién empezó la guerra
Aquí la discusión sale de la trinchera y entra en la propaganda. Una parte del análisis sostiene que el conflicto arranca en 2014, con el cambio de gobierno en Kiev, y cita como prueba una conversación grabada entre responsables estadounidenses sobre el reparto de poder en Ucrania. Otra parte responde que ese mismo origen se puede contar de mil maneras y que la etiqueta de golpe de estado o de revolución depende de quién firme el relato.
El argumento más repetido en un lado es que Ucrania funciona como instrumento de terceros países para desgastar a Rusia. En el otro se recuerda que varias repúblicas exsoviéticas integradas en estructuras occidentales presentan niveles de vida superiores, lo que debilita la idea de que la única salida sea la órbita contraria. Las dos cosas se afirman con la misma seguridad y ninguna se puede comprobar en un vídeo de veinte segundos.
¿Se puede elegir no combatir?
Sobre el papel, sí. En la práctica, la respuesta que más se repite es la de un caso familiar: en la Guerra Civil española, hace casi un siglo, hubo quien combatió en los dos bandos sin elegir nada, subido a un camión con cuatro guardias armados y sin posibilidad real de saltar. La opción menos mala, vienen a decir, sigue siendo la única opción.
Quienes defienden que existe una salida real apuntan a los insumisos encarcelados y a quienes han huido del país. Quienes no la ven responden con lo obvio: también ellos son personas normales, y la mayoría de los que mueren no tienen nada que ver con las banderas ni con los intereses que se dirimen. Pobre gente, viene a ser la conclusión, y ni siquiera es una conclusión: es lo único en lo que coinciden todos.
Con estos mimbres, es difícil augurar cuánto aguantará la paciencia de quienes están
en el barro. Nada indica que la artillería vaya a perder puntería ni que los drones vayan a dejar de grabar. Probablemente veamos más vídeos iguales, igual de nítidos, y sigamos discutiendo la óptica.