El arquitecto de Sloviansk sentencia: «Ya hemos perdido»
Igor Girkin no es un tertuliano de sofá. Veterano del ejército ruso, exoficial del Servicio Federal de Seguridad (FSB) y organizador de grupos militantes de la República Popular de Donetsk, sostiene ahora que «la guerra continuará hasta la completa derrota de Rusia». Y remata la frase: «De hecho, ya hemos perdido, el resto es cuestión de tiempo».
La declaración no sale de un analista occidental ni de un portavoz ucraniano. Sale de quien fue pieza clave en la anexión de Crimea y en la guerra del Dombás, un nacionalista ruso
con Rusia a muerte y contra Ucrania que lleva meses cargando contra el mando militar de su propio país. Cuando alguien así pronostica la derrota, el diagnóstico deja de ser propaganda del adversario y se convierte en grieta interna.
¿Quién es Igor Girkin y por qué pesa tanto lo que dice?
Girkin dirigió a un grupo de militantes hacia Ucrania y participó en el asedio de Sloviansk. Durante la batalla fue ganando influencia hasta convertirse en el comandante militar de facto de todas las fuerzas separatistas de la región, lo que confirmó el entonces «primer ministro» de la República Popular de Donetsk,
Alexander Borodai, nombrándolo ministro de Defensa oficial.
El currículo lo es todo aquí. Quien habla de derrota no es un crítico de la operación, sino uno de sus arquitectos. Su paso por el este no fue simbólico: organizó a los militantes, coordinó el asedio y acumuló un poder que el propio Borodai tuvo que reconocer. Y ahora dice que no queda margen, que lo que resta es puro calendario, en un entorno donde, según se comenta en el propio debate, criticar al ejército se paga caro.
De ahí el comentario recurrente sobre un final poco natural. Después de declaraciones así, más de uno se pregunta si al autor le quedan muchos días de vida pública.
Lo que recoge la prensa rusa
El escepticismo no se queda en Girkin. Los análisis que publica
Greyzone, vinculados al Grupo Wagner, llevan tiempo siendo bastante más pesimistas que el relato oficial. Y, según recoge en el debate un forero que sigue la prensa rusa, hasta los medios alineados con el Kremlin empiezan a matizar: en la televisión de Kherson se preguntaba abiertamente por qué Kyiv eligió la dirección sur para la ofensiva, y un corresponsal militar de
KP glosaba qué amenaza la nueva operación en torno a Kyiv.
Conviene no confundir cabeceras.
Pravda.ru es un tabloide privado pero progubernamental, controlado por un personaje afín a Putin; Lenta suele ser más realista; y KP no es Pravda. Mezclarlas lleva a leer como parte de guerra lo que, según un forero, a veces es portada de cotilleos con Kirkorov y Pugacheva. Cuando un titular ruso se cita sin mirar de qué cabecera sale, el análisis se convierte en fe.
El tamaño de Ucrania y el espejo de Afganistán
El tamaño descoloca a más de uno. Según un participante en el debate, Ucrania es más del doble de grande que España y tiene una población similar, así que lo de «país pequeño» es engañoso. El argumento que relativiza la lentitud rusa mira a Afganistán: Estados Unidos estuvo allí veinte años y acabó saliendo por patas sin cumplir sus objetivos; el principal era acabar con Al Qaeda, hoy sombra de lo que fue.
Otros le dan la vuelta. Si una potencia con los recursos de Rusia apenas ha movido la línea quince kilómetros desde sus propias fronteras, el problema no es el tamaño del rival. Y hay un tercer marco que gana terreno: esto no es una guerra entre Ucrania y Rusia, es el arranque de un pulso entre dos bloques por los recursos limitados del planeta. Gana quien acapare materia prima. Y, de momento, el bando propio no parece ir primero.
En el lado opuesto hay quien sostiene que Moscú no podía quedarse de brazos cruzados mientras, según ese relato, se intentaba desrusificar a la fuerza el este de Ucrania. Es una justificación que la otra parte considera directamente propaganda.
Una fachada de Burgos con banderas rusas desde 2014
Para calibrar cuánto tiene de espontáneo el apoyo a Moscú, un forero aporta un detalle con fotos. En Burgos, una misma fachada de la plaza lucía una colección de banderas rusas en junio de 2018, durante unas obras de reacondicionamiento, y las mismas banderas estaban ya cuatro años antes. Según su relato, no es fervor bélico: llevaban ahí desde mucho antes del estallido. Al fondo, la Catedral permite situar la imagen sin discusión.
El dato que descoloca
Queda lo que no encaja en ninguna trinchera. El propio Girkin lleva meses anunciando catástrofes y describiendo el desastre de su ejército, y ahí sigue, sin que nadie lo haya retirado de la circulación. Un catastrofista profesional dentro de un régimen que no tolera el derrotismo no es ruido de fondo: es termómetro. Si el que organizó la guerra dice que está perdida, la discusión ya no es si se pierde, sino cuánto tardará el parte oficial en reconocerlo.