Estrangular a Ucrania para que el gas vuelva a precios de 2021
Hay una corriente de opinión que sostiene que la salida más rápida a la crisis energética europea pasa por cortar todo el apoyo a Ucrania y forzar su rendición. El planteamiento, expuesto sin rodeos por un participante en un foro de análisis geopolítico, propone que los países de Europa occidental comuniquen a Kiev el cierre total de exportaciones y de acceso por tierra, mar y aire. El objetivo declarado: precipitar el fin de la guerra y que Ucrania firme unas pérdidas territoriales que se consideran asumibles.
El paquete incluiría un giro de 180 grados en la política de sanciones. Se levantarían las restricciones a Rusia, se reconocería la anexión de los territorios ocupados y se reanudaría el flujo de petróleo y gas. A cambio, se espera una cascada de consecuencias macroeconómicas: combustible a 1,40 euros, deflación suave, gas a precios de 2021, euro fuerte frente al dólar,
euríbor en mínimos y los gasoductos Nord Stream funcionando a pleno rendimiento. En dos meses, sostiene el planteamiento, Europa entraría en invierno con la economía en expansión mientras Estados Unidos se deteriora.
Qué propone exactamente el plan de estrangulamiento
El núcleo de la propuesta es una ruptura unilateral con el statu quo. Los países de Europa occidental dejarían de enviar armas y suministros a Ucrania y bloquearían sus rutas comerciales. No se trata de negociar una paz, sino de asfixiar económicamente al país hasta que acepte un acuerdo en los términos que marca Moscú. La premisa es que Rusia no se va a retirar y que cualquier intento de forzar su salida provocaría una escalada nuclear que nadie quiere.
La segunda pata es el desmantelamiento del régimen de sanciones. Se levantarían las restricciones, se reconocería la anexión como definitiva y se reabriría el grifo energético. El argumento es puramente transaccional: Rusia se queda con su parte del territorio y Europa recupera el suministro barato. El planteamiento incluye un gesto explícito de desprecio hacia Washington, que se quedaría sin apoyos en su pulso contra Moscú.
El impacto que se atribuye a la vuelta del gas ruso
Los defensores de esta vía proyectan un escenario de normalización acelerada. Con el petróleo y el gas rusos de vuelta, el combustible bajaría a 1,40 euros, el gas volvería a precios de 2021 y la inflación daría paso a una deflación suave. El euro se apreciaría frente al dólar y el euríbor caería, aliviando las hipotecas variables. Los Nord Stream volverían a operar a plena capacidad.
El cálculo político también forma parte del paquete. Los gobiernos europeos salvarían los muebles y, posiblemente, las elecciones. El texto lo resume con una concesión irónica: «me jode por Pedro, pero es por el bien común». La idea de fondo es que el votante medio castiga en las urnas la factura energética, no las fronteras de Ucrania.
Las réplicas: neutralidad fingida y tratados incumplidos
La propuesta no tardó en recibir respuestas frontales. Varios participantes señalaron la contradicción de declararse neutral mientras se propone estrangular a un país invadido. «Tengo otro plan alternativo, ¿qué tal si el imperio moscovita se desmembra y así les levantamos las sanciones?», replicó uno. Otro fue más lejos: «No te deshaces de un abusón dándole lo que te pide. Solo conseguirás que luego te pida más y con más fuerza».
El argumento jurídico también entró en juego. Se recordó que Rusia firmó en 1994 un tratado comprometiéndose a respetar la integridad territorial de Ucrania, y que Estados Unidos y Reino Unido se comprometieron a proporcionar asistencia en caso de agresión. La respuesta del proponente fue que España no es firmante de ese tratado y que los garantes ya lo incumplieron en 2014, cuando no evitaron la anexión de Crimea. «Ese tratado se puede considerar nulo ya», zanjó.
¿Por qué se dice que Rusia no tiene capacidad nuclear operativa?
Una de las líneas más discutidas fue la que puso en duda el arsenal nuclear ruso. «Rusia no tiene una sola cabeza nuclear operativa», afirmó un participante, argumentando que mantener una cabeza nuclear activa durante 40 años exige un mantenimiento anual de alta especialización que Moscú no puede costear. «El arsenal atómico ruso está literalmente podrido», insistió, comparándolo con material soviético abandonado.
La tesis no está respaldada por ninguna fuente verificable y el propio proponente del plan la descartó como base para actuar: «Buena hipótesis, pero no creo que merezca la pena intentar comprobar si es cierta o no». El riesgo de que sea falsa convierte cualquier apuesta en un salto al vacío.
El coste real de la neutralidad española
El debate derivó hacia la posición española. El proponente sostuvo que la UE no obliga a mantener una política exterior común y que España no está vinculada por ningún tratado a defender a Ucrania. «Los Estados no entienden de ética», escribió. «Estoy a favor de vender armamento a quien nos lo pueda pagar bien». Como ejemplo de futuro, planteó que ante una invasión china de Taiwán lo sensato sería «sentarse a ver la lucha y luego hacer negocio».
La réplica fue que España pertenece a la OTAN, la UE, la OCDE y el Consejo de Europa, organizaciones que han condenado la invasión. Y que el argumentario ruso para justificarla incluye el acercamiento de la OTAN a sus fronteras. El debate quedó atascado en esa tensión: entre el coste económico de las sanciones y el coste reputacional de abandonar a un país invadido.
El factor energético español que nadie quiere mirar
Una intervención desvió el foco hacia los recursos propios. «En España hay gas para 70 años y petróleo en Canarias para 30. Uranio y litio, etc.», se afirmó, culpando a decisiones políticas de la dependencia energética. La tesis, sin verificar, apunta a que el problema no es solo la guerra, sino la negativa a extraer recursos domésticos.
El dato, si fuera cierto, cambiaría por completo el marco del debate. Pero no hay forma de confirmarlo con lo disponible. Lo que sí queda claro es que la discusión sobre Ucrania acaba siempre en el mismo sitio: la factura de la luz y el precio de la gasolina.
Con estos mimbres, la propuesta difícilmente se abrirá paso en Bruselas. Pero mide algo real: el cansancio de una parte del electorado europeo con una guerra que no siente propia y con una factura energética que sí paga. Si el invierno vuelve a ser caro, la presión para negociar cualquier salida —incluso una mala— crecerá. No porque el plan sea bueno, sino porque el coste de sostenerlo empieza a ser políticamente insostenible.