Twitter prohíbe los anuncios que nieguen el consenso climático
Twitter no permitirá anuncios que se opongan al consenso científico sobre el
cambio climático. La compañía lo comunicó en un escrito que recogió AP y con esa decisión se alinea con Google, que aplica una política equivalente desde octubre del año anterior. «Los anuncios no deberían restar valor a las conversaciones importantes sobre la crisis climática», alega la red social, que promete además dar en los próximos meses más información sobre cómo ofrecerá un contexto «más confiable y autorizado» a esas conversaciones, tomando como referencia al Panel Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático de la ONU. La restricción alcanza a la publicidad, no a lo que escriben los usuarios. Y es la letra pequeña la que ha encendido el asunto.
Qué prohíbe Twitter y en qué se diferencia de Google
El alcance es más estrecho de lo que sugiere el titular. Se bloquean anuncios que contradigan el consenso científico; no se borran mensajes ni se cierran cuentas. Desde el punto de vista del negocio, la lógica es defendible: ninguna plataforma quiere que su inventario publicitario financie mensajes que buena parte de sus anunciantes considera tóxicos.
Google lleva un año con un criterio parecido y algo más explícito.
No se puede monetizar contenido que presente el cambio climático como un engaño o una estafa, que niegue que las tendencias de largo plazo muestran un calentamiento global ni que las emisiones de gases de efecto invernadero o la actividad humana contribuyan a él. Fíjese en la construcción: no se exige aceptar una cifra concreta de temperatura, sino no llamar estafa al asunto. Una empresa privada puede fijar ese suelo editorial. Otra cosa es presentarlo como la frontera de lo discutible.
¿Existe un acuerdo científico que se pueda invocar?
La expresión ha sido lo más contestado. Los críticos responden con el mismo argumento: la ciencia no produce acuerdos cerrados, produce teorías provisionales, siempre expuestas a refutación, y ninguna definitiva. De ahí sale el argumento central: si la premisa es que
el clima cambia y siempre ha cambiado, el desacuerdo razonable no está en el hecho, sino en el peso de las causas y en la fiabilidad de los modelos. Hay quien sostiene que basta con cuestionar que la actividad humana sea el único factor, o el principal, para quedar fuera de la conversación.
El matiz importa. El criterio de Google no exige aceptar que la actividad humana sea el factor dominante, solo que contribuye. Existe además un problema técnico que, según quienes cuestionan la medida, se suele pasar por alto:
el estándar universal para medir temperaturas no se generalizó hasta los años cincuenta del siglo pasado, así que comparar series anteriores obliga a reconstrucciones estadísticas con muestras y métodos discutibles. El desarrollo completo de ese cálculo, con muestra, periodo y correcciones, es lo que casi nunca llega al gran público.
La lista de catástrofes que preceden al CO2
El argumento más repetido es cronológico. En el hilo se enumeran episodios anteriores a la industrialización masiva que arrasaron poblaciones, con las cifras que allí se citan: el terremoto de Lisboa de 1755, con más de 100.000 muertos; el huracán de San Calixto de 1780, con más de 25.000; el Invierno Sin Fin de 1816, con miles de fallecidos por nevadas y heladas durante casi todo el año; el tornado de los Tres Estados de 1925, con centenares de muertos, y la inundación del río Amarillo de 1931, con cuatro millones.
La inferencia que se extrae de esa serie es que el clima extremo no nació con las fábricas. Es un razonamiento retórico, no una prueba: esos episodios documentan variabilidad, no descartan la influencia humana. Funciona, en cambio, como recordatorio de la escala temporal, y explica por qué una parte del público recibe cada nueva advertencia con la sensación de haberla oído antes.
Del agujero de ozono al Ártico sin hielo
El segundo frente es el historial de predicciones. La capa de ozono, gran alarma de finales de los ochenta, desapareció del debate sin balance: según esta lectura, los valores fluctúan de forma permanente y el tema se dejó de contar cuando dejó de dar titulares. En el mismo saco entran, según esas críticas, los vaticinios de
un Ártico sin hielo a partir de 2008, asociados a Al Gore, o el documental que Channel 4 emitió en el Reino Unido en 2007 para cuestionar el relato dominante.
La conclusión que se repite: si los modelos fallan y nadie rinde cuentas, la carga de la prueba debería pesar sobre quien pide sacrificios, no sobre quien duda. Es discutible como principio, pero es el marco en el que se recibe cualquier prohibición publicitaria.
Agenda 2030, medios públicos y opinión única
Aquí el asunto deja de ser climático y pasa a ser institucional. Las nuevas reglas de las plataformas se leen como un capítulo más de una secuencia que arranca con la pandemia y sigue con la guerra de Ucrania: tres episodios en los que, según esta corriente, se penaliza la discrepancia antes de que existan conclusiones cerradas. Se apunta también a la producción audiovisual pública, con un documental emitido en La 2 que, a lo largo de
cincuenta minutos, presenta a quienes niegan el cambio climático con taras mentales y sin un solo argumento, según esa crítica. La Unión Europea aparece como maquinaria normativa y las tecnológicas estadounidenses, como sus ejecutoras.
Con ese fondo, discutir el alcance real de la medida resulta casi secundario.
El punto donde el análisis se atasca es siempre el mismo: nadie ha definido quién certifica el consenso, con qué procedimiento y con qué derecho a revisión. Sin esa pieza, cada nueva restricción de anuncios se leerá como lo que parece: cerrar el grifo antes de que la discusión haya terminado.