Dos horas y media sin un solo aviso sobre el barranco del Poyo
A las 18:43 del 29 de octubre salió un correo desde la Confederación Hidrográfica del Júcar con una cifra pegada al asunto:
1.686 metros cúbicos por segundo bajando por el barranco del Poyo. Doce minutos después, a las 18:55, los medidores de caudal sencillamente se rompieron. El aviso geolocalizado a los móviles no llegó hasta las
20:11, cuando el agua ya estaba dentro de Paiporta, Catarroja y Aldaia. En medio, entre el correo de las 16:13 y el de las 18:42, no hubo absolutamente nada.
No es una sospecha de vecino cabreado. Es lo que el propio presidente del organismo, Miguel Polo, reconoció en un audio: en ese intervalo «no se transmitió información de la rambla del Poyo». Dos horas y media de silencio oficial mientras el cauce se convertía en otra cosa. Lo que la conselleria de Emergencias del Govern valencià sostiene, y la CHJ niega, es quién tenía que haber dado la alarma y por qué nadie la dio antes.
El apagón informativo que la Confederación admite
La confesión no es un detalle menor. Durante 150 minutos, el Centro de Emergencias de la Generalitat estuvo tomando decisiones sobre un barranco del que no recibía un solo dato. Mientras tanto, según sostiene la Generalitat, la atención del organismo estaba puesta en la presa de Forata y el río Magro, no en el barranco del Poyo.
La versión institucional se resquebrajó cuando el propio Polo declaró, tres meses después, que la Confederación «no somos los responsables de la riada». La Generalitat fue más lejos: Carlos Mazón aseguró que la CHJ
desactivó hasta en tres ocasiones la alerta hidrológica por peligro de desbordamiento ese mismo día. La jueza del Juzgado de Instrucción 3 de Catarroja ya ha requerido por dos veces al Gobierno información sobre las presas y ha reclamado a la CHJ los datos del intervalo exacto entre las 16:13 y las 18:42.
La cronología de los avisos: de 264 a 1.686 m³/s
Los registros que manejan ambas administraciones permiten reconstruir el día casi minuto a minuto, aunque difieran en las horas. A las
11:06 —12:09 según el MITECO— la CHJ comunica que el Poyo baja con 264 m³/s y tendencia ascendente. A las 12:20 Emergencias lanza aviso hidrológico a los municipios y obliga a constituir los CECOPAL. Y entonces parece que se apaga el asunto.
A las 13:20 el caudal cae a 120 m³/s. A las 14:35, a 55,86. A las 15:50, a 28,70. Números de arroyo domesticado. Sobre las 17:00 se celebra la reunión del CECOPI y, según la Generalitat, «en ningún momento la CHJ alerta allí de la subida brusca del caudal de la rambla del Poyo ni de las consecuencias especialmente peligrosas». Dice el MITECO que sí se notificó verbalmente un incremento generalizado de caudales, pero hablando del Magro y del Júcar. Nadie sospechó que la bomba venía por otro sitio.
A las
18:43 el dato se dispara hasta los 1.686 m³/s, más de cuatro veces el caudal medio del Ebro en Amposta. El presidente de la CHJ estaba en el centro de coordinación. Y aun así no hubo advertencia verbal alguna, según la versión del Consell.
3.500 m³/s, más del doble de una avenida de 500 años
Los cálculos posteriores ofrecidos por la CHJ hablan de caudales punta superiores a los
3.500 m³/s en el cruce entre el barranco del Poyo y la pista de Silla. Para ponerlo en contexto: la avenida con periodo de retorno de 500 años —es decir, la que se supone estadísticamente excepcional— está estimada en 1.420 m³/s. Lo ocurrido la duplicó con holgura.
Comparar ayuda más que cualquier adjetivo. El caudal medio del Ebro en Amposta es de 333 m³/s. El del Nilo, 2.830. La tarde del 29 de octubre, un barranco que la mayor parte del año no lleva ni una gota puso en el mismo cauce más agua que el río más largo del planeta. En las zonas arrasadas apenas llovía, y eso explica que la vida siguiera siendo normal: coches circulando, supermercados llenos, calles con gente. Lo que bajaba no era lluvia, era un frente de agua llegado desde las cabeceras.
Un cauce furioso documentado desde 1795
Nada de esto era un misterio geográfico. Las observaciones sobre el reino de Valencia que publicó Cavanilles en 1795 ya describían esta rambla como
furiosa en la página 194. Desde entonces, la Confederación Hidrográfica del Júcar contabiliza un centenar de inundaciones: un promedio de 2,5 avenidas al año que convierte el Poyo en zona de Alto Riesgo Potencial Significativo de Inundación (ARPSI).
Es decir, el cauce estaba clasificado, medido, catalogado y con plan. Sobre el papel de las administraciones, el riesgo era conocido y recurrente.
240 millones aprobados en 2010 y nunca ejecutados
El encauzamiento del barranco del Poyo se aprobó en 2010 con un presupuesto de 240 millones de euros. Nunca se ejecutó. El proyecto, obra del catedrático Félix Francés, planteaba reducir el impacto sobre los núcleos urbanos de l'Horta Sud; el ingeniero que debía dirigirlo lo resumió sin adornos: con la actuación hecha, el agua habría rebosado igual el 29 de octubre, pero apenas habría tenido impacto en los cascos urbanos.
Desde 1994 han fracasado nueve proyectos para proteger a los habitantes de la comarca. La patronal de constructores apunta al marco normativo: la Ley de la Huerta impulsada por el Botànic, y el compromiso del Ejecutivo central en el Senado en 2021 de iniciar las actuaciones que después no llegaron a licitarse. Hay quien sostiene que la factura de las obras pendientes en el Poyo apenas alcanza el 2% del presupuesto del ministerio; la cifra completa, desglosada obra a obra, deja un margen de discusión incómodo. Mientras tanto, Torrent ha anunciado que reconstruye el barranco por su cuenta, sin esperar fondos del Estado.
¿Por qué no avisó la CHJ? El reparto de competencias
Aquí se libra la batalla real. La AEMET vigila si llueve y cuánto; las riadas, en cambio, son competencia de las confederaciones hidrográficas. Un caudal creciente no es meteorología, es hidrología, y el instrumento que lo mide depende del Ministerio para la Transición Ecológica que dirigía Teresa Ribera. El sistema SAIH —Sistema Automático de Información Hidrológica— existe para eso: monitorizar y trasladar los datos en tiempo real.
El problema es que el propio creador del sistema, Juan Soria, ha explicado que cuando más llovió, en la tarde del 29 de octubre,
falló durante una hora. Y añade un detalle que incomoda: la CHJ tenía previsto desde 2023 un sistema de alertas más moderno, similar al del Ebro, que no llegó a instalar. La Confederación no lo aprobó hasta después de la riada.
Un sistema que se cae justo el día para el que fue diseñado, sin plan redundante, deja a cualquier centro de emergencias a ciegas. Y a ciegas, con 232 muertos —224 de ellos en la Comunidad Valenciana—, es difícil sostener según qué cosas.