Comprar vivienda ya: el consejo que nadie se cree del todo
¿Hay que darse prisa para comprar
vivienda? Ese es el mensaje que se atribuye al economista Gonzalo Bernardos y que ha desatado una mezcla de carcajadas y sudores fríos. La tesis, resumida: quien espere, se queda fuera. El problema es que la fuente de la advertencia —un artículo de prensa— no aporta ni una cifra que la respalde, y el personal ya ha aprendido a desconfiar de los expertos mediáticos que anuncian el lobo cada temporada.
La reacción mayoritaria no es pánico: es guasa. La idea de que un tertuliano con altavoz diga «ahora o nunca» se recibe con la misma credulidad que un anuncio de teletienda.
«Siempre hay que hacer lo contrario de lo que este tío dice», resume la corriente dominante. Otros directamente piden cambiar de gurú: mejor hacer caso a Borja Mateo, que lleva años pronosticando el catacrack.
El argumento que sí se sostiene: oferta que no crece
Donde el consejo de la prisa encuentra cierto eco es en el desequilibrio entre demanda y oferta. Se argumenta que si sigue entrando gente y no se construye, el precio no puede bajar.
«Si sigue entrando gente a este ritmo y no se construye... la demanda va a crecer y la oferta va a seguir siendo la misma», señala una de las intervenciones. Para que la vivienda cayera como en la crisis anterior, añade, habría que sacar de la ecuación a millones de demandantes.
A eso se suma el factor demográfico y electoral: la generación del baby boom tiene su
patrimonio metido en ladrillo y es mayoría en las urnas. Difícil que se apruebe nada que hunda el valor de lo que tienen. Es el argumento más frío del lote y, curiosamente, el que menos se discute.
La burbuja como estafa piramidal: la tesis incómoda
La voz más dura del análisis sostiene que las burbujas inmobiliarias son estafas piramidales cuyo objetivo final es el saqueo del Estado vía rescate bancario.
«Los cientos de miles de euros que costó el anterior, esa pasta no desapareció en el limbo sino en los bolsillos de los jefes de los políticos», se llega a afirmar. Es una acusación sin pruebas que aquí se recoge como lo que es: una opinión airada, no un hecho.
En la misma línea, se critica que mucha gente firma hipotecas descomunales creyendo que es una apuesta segura, y que si el piso baja o no pueden pagar, devuelven las llaves y a otra cosa. La realidad legal es bastante menos amable: el banco persigue la
deuda restante.
¿Y el dinero para pagarla?
La pregunta más repetida no es si conviene comprar, sino con qué.
«Sólo falta que diga de dónde sacar el dinero para pagarla», resume el escepticismo. Con los precios actuales, muchos compradores potenciales hacen números y concluyen que no sale a cuenta: hay quien prefiere una camper antes que pagar según qué morteradas, y quien calcula las horas de trabajo que cuesta un zulo y se le ilumina la bombilla.
El caso más ilustrativo es el de un profesional sanitario al que le ofrecen el doble de sueldo en la privada, en zona turística, y lo rechaza: tendría que dejar
2.500 euros en alquiler para estar a quince minutos del hospital. Prefiere ganar menos y ver a sus hijos.
El escenario que nadie descarta: inflación y activos
Hay una corriente que, sin comulgar con el gurú, admite que puede tener razón por la puerta de atrás. Si la guerra comercial se recrudece y el gasto en defensa se dispara, vendrá otra oleada de inflación que se reflejará en los activos. Ya pasa con el oro. En vivienda los ajustes tardan.
«Los pisos no es que no vayan a caer, es que no van a parar de subir», se llega a escribir, con la misma lógica que se aplica a la bolsa: el dinero no vale nada.
El contrapunto: llevan diciendo lo mismo diez años. Cuando aciertas doscientas veces el mismo vaticinio, alguna acaba entrando. Y a esta gente los panfletos la llaman y le dicen «tú di esto».
Al final, la pregunta de verdad no es si hay que darse prisa. Es cuánto de este consejo es análisis y cuánto es marketing personal de alguien que vive de que hablen de él.