Café, agua y macarons en los Campos Elíseos: la cuenta que indigna
¿Merece la pena pagar 15 euros por un café solo porque lo sirven en la avenida más famosa de París? Es la cifra que se repite en la polémica, aunque no está confirmada. Un grupo de turistas españolas grabó su reacción al recibir la cuenta de una cafetería de los Campos Elíseos: varios cafés, una botella de agua y unos
macarons. La cifra que circula en la polémica ronda los
80 euros. El vídeo se ha convertido en la excusa perfecta para hablar de todo menos del café: turismo masificado, inflación,
postureo de clase y el precio real de las cosas en España.
Qué se pagó y por qué la cuenta escuece
El escenario es reconocible: una terraza de los Campos Elíseos, la avenida que une el Arco de Triunfo con la plaza de la Concordia. En la mesa, cafés, una botella de agua y macarons, el dulce que se elabora con almendra, clara de huevo y azúcar. La cifra que se baraja para el total ronda los
80 euros; el café, en torno a 15.
El asombro no viene del producto, sino del contexto. Un cálculo muy repetido compara lo que cuesta esa botella de agua en un supermercado —en torno a
1,5 euros— con lo que cuesta sentada en esa mesa. La diferencia no la paga el agua: la paga la ubicación. Y la ubicación, en una avenida turística, es el producto más caro de la ciudad.
¿Por qué cuesta tanto un café en los Campos Elíseos?
Porque lo que se paga no es el café. Se paga el alquiler de un local con escaparate a una de las avenidas más visitadas de Europa y la nómina de la plantilla. Como resume un participante en el debate:
si vas donde vas, te la clavan.
La alternativa existe y no queda lejos. En el Marais o en Montparnasse los precios son algo más altos que en España, pero nada parecido a esa avenida. Y quien quiera apretar de verdad el presupuesto tiene el metro: cruzar la ciudad a barrios de gente trabajadora abarata la factura. Es la vieja regla del turismo, la misma que aplica cualquier madrileño que evita la Puerta del Sol para tomarse una caña.
De Dublín a Venecia: lo que costaba lo mismo hace décadas
Las comparaciones históricas que se citan en la conversación no dejan bien a nadie. Según estos recuerdos, una pinta de Guinness en Dublín costaba
3 euros en 1988; una caña en los propios Campos Elíseos,
15 euros en 1987; un café en la plaza de San Marcos de Venecia,
30 euros en 1990, cuando todavía se pagaba en liras. La conclusión que se extrae es incómoda: la avenida parisina no sería una anomalía, sino la norma de los grandes escaparates turísticos.
También hay margen para matizar. Según los precios que detalla otro participante, en Friburgo de Brisgovia un helado costó
1,70 euros; en Basilea,
3,50 por dos sabores; en un municipio español,
3,20. Un plato en un Biergarten alemán salió por menos de 9 euros. Y los macarons tienen su propia lógica: materia prima cara y elaboración artesanal, como en cualquier pastelería fina, con la particularidad de que pesan tan poco que el precio por unidad se dispara.
Turismo masificado: cuando la queja se vuelve contra quien la hace
El segundo frente de la polémica no es económico, es de actitud. Una parte de las opiniones sostiene que ir a una capital europea con una semana de vacaciones y quejarse de que el centro turístico no tiene precios de barrio es no entender el viaje. El turismo masificado es igual en todas partes, y quien llega a un sitio del que todo el mundo habla es uno más de la cola.
De ahí sale la crítica más repetida: la foto. Hay quien sostiene que el café era lo de menos y que el objetivo real era grabarse para las redes sociales, con la cuenta como guion. La queja por el precio, en ese marco, deja de ser una denuncia de consumo y pasa a ser un contenido más.
El origen social, a debate
El vídeo ha activado otra pelea: la del origen social de las protagonistas. Hay quien las describe como aspirantes a
pijas sin recorrido; hay quien sostiene justo lo contrario, que vienen de un entorno acomodado acostumbrado a que les inviten y que han descubierto de golpe lo que cuesta una consumición. La estética —el tono, las expresiones, la muletilla que cierra cada frase— funciona como termómetro social más que el precio.
Y en el fondo aparece la paradoja española que señala otro forero: gente que presume de inversiones, de bolsa y de patrimonio y que después se lleva las manos a la cabeza por el precio de una botella de aceite de oliva. La apariencia de riqueza no siempre va unida a la capacidad de pagar la cuenta.
Con el café a 15 euros y un menú en el restaurante de la Torre Eiffel que, según un cálculo que circula, arranca en
200 euros, la pregunta ya no es si París es caro. La pregunta es por qué seguimos sorprendiéndonos. El café costaba lo mismo antes de que nadie encendiera la cámara; lo único que cambia con el móvil es cuánta gente se entera de que la avenida más elegante de Europa siempre cobró por la vista.